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Kandy García viaja por el mundo a sus 91 años: “Nunca facturo, uso el transporte público y, para saborear la comida local, como en la calle” | La Vanguardia

Kandy García es conocida en redes sociales como ‘Abuelita Mochilera’. 
Cedida

“Prefiero cansarme que oxidarme”, dice la bio de Instagram de @abuelitamochilera, el apodo que le pusieron hace un cuarto de siglo a Kandy García cuando empezó a viajar sola, hospedándose en hostales humildes con una mochila ligera y una curiosidad insaciable. Por aquel entonces, todavía se pagaba en pesetas y a los jóvenes les asombraba ver a una mujer jubilada viviendo mil y una aventuras en solitario.

“Me crié en San Sebastián, donde mi familia regentaba un camping en la costa de Mutriku (Guipúzcoa), en una época en la que había pocos y todavía no estaba de moda; tuve suerte de conocer a mucha gente distinta y viajera”, rememora. Luego, se casó con un holandés, estudió Derecho con 30 años y ejerció como abogada en Granada hasta los 65. “Me prometí que cuando me jubilase, daría la vuelta al mundo. Y como era el sueño de mi vida, fui a por él”, relata con una energía contagiosa. “No sabía cómo hacerlo, pero justo en ese momento vi una agencia de viajes que vendía un billete para dar la vuelta al mundo. No creo en las casualidades: fue mágico. Comencé por Argentina y volví por la India, uno de mis países favoritos al que voy todos los años”.

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“Aunque viajes sola, nunca vas sola: te encuentras a nuevos amigos en el camino; cuando empecé, eran todo chiquillos de 20 años”, recuerda. Empezaron a hacerle entrevistas y artículos en los periódicos: Kandy se hizo “viral” en papel, en una época en la que las redes no existían. Los titulares decían: “Una abogada de Motril cambia la toga por una mochila”, y cosas así, rememora Kandy. “Cuando crucé el Estrecho de Magallanes en barco, el capitán me reconoció”.

Desde sus primeros pinitos de mochilera, Kandy ha dedicado un tercio de su vida a viajar por el mundo, sin ansia de notoriedad, ni ningún tipo de temor a hacerlo sola. “El miedo son las barreras que nosotros mismos nos ponemos. Creo que lo mejor que se puede hacer en esta vida es viajar. Podría haber hecho cualquier otra cosa con mi jubilación, pero nunca habría sido tan gratificante”.

Un día iba sola y unas mochileras jovencitas me dijeron: ‘Lo que daría mi mamá por irse de viaje así, pero no se atreve’. Y me sugirieron la idea

Kandy García/ 91 años

En su memoria y en los diarios que escribe al llegar a casa, más de 70 países recorridos: gran parte de Europa, Malasia, Irán, Emiratos Árabes, Perú, Colombia o Tailandia, entre muchísimos otros. Acaba de llegar a casa de Uzbekistán y ya está planeado lo siguiente, una nueva escapada a Vietnam, donde tiene montones de amigos. “Mi hijo subió a casa y ya me dice: ‘Mamá, ¿qué andas maquinando?’ Ya sabe que con dos o tres días de descanso ya quiero marcharme”, cuenta. Y siempre improvisa. “No sé cuáles serán mis próximos destinos. Seguramente en septiembre vaya a Sri Lanka, a ver cómo desovan las tortugas, un espectáculo maravilloso de la naturaleza”.

Al vivir en movimiento, cada día es una sorpresa nueva. Desde que cumplió 80, organiza viajes para que otras mujeres mayores se animen a vivir la experiencia. “Un día iba sola y unas mochileras jovencitas me dijeron: ‘Lo que daría mi mamá por irse de viaje así, pero no se atreve’. Y me sugirieron la idea”, destaca. Confiesa que se lo pasa pipa. “Acaba el día y nos juntamos: charlamos de nuestras vidas privadas y compartimos nuestras historias. Es como si fuera una película de cine”. 

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Nunca se olvidará de una mujer con la que viajó, que había perdido a un hijo y llevaba tres años de terapia psicológica. “Al despedirse, había cambiado: estaba alegre. Me dio un abrazo y me dio las gracias. A los cinco días me escribió su psicólogo para decirme que debería dedicarme a eso”.

En su opinión, la jubilación es la mejor etapa de la vida. “En el trabajo, todos los días son iguales. Tienes horario, vives con prisa, mirando el reloj. No saboreas la vida, pasas por ella; yo ahora tengo todo el tiempo del mundo, y no me canso de agradecer al universo estos años de hacer lo que quiera”, reflexiona. Sus hijos comprendieron y respetaron su espíritu aventurero. “Mi hijo me dio una chapa metálica con el número de teléfono de España para que lo avisen si me pasa algo”, se ríe.

Kandy, en la ruta de la seda. Cedida

En estas tres décadas viajando, no se ha librado de algún susto: dos noches en la cárcel —“una historia muy larga que no te podría contar ahora”—, o la vez que se desvió en bicicleta de madrugada por una montaña chilena repleta de monos aulladores —“pensé que no lo contaba”—. Pero las cosas buenas han sido muchas más.

Filosofía mochilera: fluir y desapegarse de lo material

Además, Kandy hace un apunte: “Una viajera y una turista son cosas totalmente distintas. Da igual que lleves mochila o maleta: el mochileo es un espíritu. Implica adaptarte a las circunstancias que vengan. Si la cama del hostel está mal, pues duermes en el suelo; hay que fluir”, señala Abuelita Mochilera, que solamente viaja con cinco kilos de equipaje, porque aprendió que no debes llevar a la espalda más del 10% de tu peso corporal. “Nunca facturo. Al final del día, lavo yo misma la ropa. ¡Qué más me da repetir vestido en las fotos, esto no es un desfile de modelos! Uso el transporte público de cada lugar y para saborear la comida local, como en la calle. Quien quiera ir a una estrella Michelin que vaya, yo no”.

Una vez que está en su destino, su filosofía es fluir. “Soy una persona libre total. El de la agencia de viajes me saca los vuelos internos y algunas excursiones, pero por lo demás, improviso. Además, me sé recorridos de memoria en muchas ciudades; les cuento a las demás curiosidades y anécdotas que no se explican en las visitas turísticas, porque yo me meto en los rinconcitos por los que las agencias pasan de largo”.

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Ha hecho amistades hasta en los pueblos indígenas. “Me encanta haber convivido con los maoríes de Nueva Zelanda, que me enseñen sus bailes, ceremonias y creencias. Me paso diez o veinte días con ellos y no me canso nada”. Cuando pasa por Chile, va a Temuco, un pueblo de mapuches. “La gente me dice: ‘Qué bobada, te podría gustar más ver Disneylandia o Nueva York’, pero prefiero estar en los pueblos nativos. Son distintas maneras de pensar”. Como explica, le marcó mucho conocer a los guaraníes en el norte de Argentina. “Una mujer me acompañó a buscar el autobús para ver las cataratas del Iguazú y me explicó que cada día deben hacer una obra de caridad. Desde entonces, yo también aplico su máxima”, relata.

Por todo ello, Kandy García reflexiona sobre el consumismo y el materialismo vacío actual. “He aprendido que estamos en un mundo de los deseos permanentes en el que nunca eres feliz con lo que tienes. A mí también me pasaba cuando trabajaba. Tienes 14 trajes y quieres 15. Ahora prefiero tener sellos en el pasaporte que joyas en el cuerpo, y mira que siempre he sido coqueta”, se ríe. Como se quedaba en hostels y pensiones en los que no había ni mesita de noche, decidió dejar de usar pendientes y tatuarse una ramita de un árbol en una oreja y una flor en la otra. “El tatuador que me lo hizo en Chile me dijo: ‘Señora, esto es para toda la vida’, y yo le respondí que menos mal”. Su lugar favorito en el mundo es el sur de la India. “La alegría y la serenidad de la gente son contagiosas allí: he ido cerca de treinta veces”.

Estamos en un mundo de los deseos permanentes en el que nunca eres feliz con lo que tienes; a mí también me pasaba cuando trabajaba

Kandy García / 91 años

Abuelita Mochilera usa las redes únicamente para compartir sus aventuras. “Me hice blog, llegué a 5.000 personas en Facebook y abrí un perfil en Instagram hace muchísimos años ya. Hoy tengo 118.000 seguidores y las marcas me llaman para hacer negocio y publicidad, pero ni hablar; yo ya tengo mi pensión y ya trabajé muchos años”, afirma con rotundidad. “Como no bebo alcohol, cuando las mujeres con las que viajo se quedan tomando una cervecita, yo me voy al hotel y me pongo al día con mis redes”. En cuanto al resto de sus costumbres, cree que su longevidad y su estupenda salud no se deben a ningún hábito especial. “Siempre he comido poco, porque no me encanta comer, y dejé de fumar hace un par de años para cuidarme más”.

Cuando regresa a casa, redacta su cuaderno de bitácora para no olvidarse de nada. Viaja todo el año, salvo julio y agosto. “Esos meses son un agobio: yo espero que la gente vuelva a su trabajo y vuelvo al ruedo”, relata. “Siempre hay cosas que hacer: el otro día había un árbol triste en mi jardín, que ya estaba muerto, y cogí pintura de colores y lo pinté”. Además, aprovechará esas semanas estivales para escribir un libro sobre todo lo que ha vivido de mochilera.

Ha visitado una setentena de países. Cedida

Y tiene un mensaje para todas las personas mayores: “La vida empieza en la jubilación. Haz lo que siempre has querido; no tiene necesariamente que ser viajar. Gimnasia, un proyecto artístico, una maratón, una carrera universitaria. Solo necesitas una motivación”. En su caso, y a sus 91 años, no piensa parar de viajar. “Tengo tantas cosas que hacer que no me da tiempo a envejecer”. 

Fuente: https://www.lavanguardia.com/vivo/longevity/20260620/11562313/kandy-garcia-viaja-mundo-91-anos-nunca-facturo-transporte-publico-saborear-comida-local-calle.html

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