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Con todos ustedes, el tratamiento de longevidad más placentero, económico, transformador y magnético: la cultura | TELVA

La «píldora antienvejecimiento perfecta» ya existe. La cultura no tiene efectos secundarios negativos, su sobredosis solo produce más conocimiento, los centros de distribución ya existen y consumida regularmente, según la ciencia, reduce la edad bilógica y el riesgo de muerte prematura.

Como Jeanne Damas, podemos encontrar siempre un hueco para leer, un acto cultural de gran impacto en nuestra biología. Instagram @jeannedamas

LAURA RODRIGÁÑEZ / TELVA

Pensemos por un instante en la tarde de ayer, por ejemplo. ¿Pudiste escuchar el podcast que fichaste por la mañana de vuelta a casa? Tal vez no, pero si pudiste añadir a tu biblioteca de Spotify el álbum Kind of Blue de Miles Davis, considerado el mejor de la historia del jazz. Esas acciones pequeñas, íntimas, casi imperceptibles no requieren una alfombra roja, ni una cotizada entrada en el patio de butacas de la ópera de Salzburgo, pero tienen una repercusión increíble en tu biología. Es cultura y como acto de erudición no sólo mejora tus capacidades cognitivas, sino que te rejuvenece biológicamente.

La cultura cotidiana se cuela por las rendijas del día a día si no le ponemos obstáculos. Del coro parroquial a la sintonía de una tertulia radiofónica que despierta nuestra curiosidad crítica, la cultura se mueve en muchos espacios. La cuestión es encontrarlos en una escena social plagada de placeres insulsos que roban tu atención. Tampoco hay que esforzarse mucho, simplemente hay que dar prioridad lo que enriquece y, tal como acaba de demostrar la ciencia, retrasa tu reloj biológico.

Intelectuales por zombis

Durante décadas, la gerontología tradicional contempló el consumo de arte como un mero adorno del espíritu, un pasatiempo sofisticado para quienes ya gozaban de buena salud y una posición desahogada. Una suerte de placebo emocional. Sin embargo, en el último lustro, la medicina molecular, la neurociencia y la epidemiología genética han dado un vuelco absoluto a esta percepción. La cultura ha dejado de ser un lujo aparente para convertirse en una intervención biomédica de primer orden.

En noviembre de 2019 la Oficina Regional para Europa de la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un documento que marcó un antes y un después en la historia de la salud pública: el informe ¿Qué datos hay sobre el papel de las artes en la mejora de la salud y el bienestar?» donde se analizó minuciosamente más de 3.000 estudios clínicos y epidemiológicos publicados en todo el mundo para concluir que las actividades artísticas y culturales no solo previenen la aparición de dolencias mentales y físicas, sino que son una herramienta de gestión terapéutica insustituible para retrasar la fragilidad asociada a la vejez.

A partir de ese hito, los médicos anglosajones comenzaron a acuñar el concepto de la «receta cultural». En lugar de limitarse a doblar la dosis de un ansiolítico o prescribir estatinas de forma automática, los doctores de atención primaria empezaron a recomendar de manera formal la inscripción en un coro vecinal, las visitas pautadas a las galerías de arte locales o los talleres de arcilla. Poco después, la prestigiosa revista científica British Medical Journal (BMJ) aportaba una primera gran base estadística a la tesis con un macroestudio liderado por el University College de Londres (UCL). Los investigadores siguieron de cerca la vida de 6.710 adultos mayores de 50 años durante 14 años resultando que aquellas personas que se exponían a actividades culturales «receptivas» (como ir al teatro, pasear por museos o asistir a conciertos) de manera regular tenían un 14% menos de riesgo de mortalidad prematura. Y aquellos que asistían de manera frecuente (los que acudían cada pocos meses) tenían un 31% menos de probabilidades de morir antes de tiempo.

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El escudo cerebral

A medida que envejecemos, el cerebro tiende a atrofiarse; pierde volumen, las conexiones sinápticas se vuelven más perezosas y las neuronas se aíslan. La práctica cultural activa opera como un entrenador de alta competición. La neurociencia actual sostiene que disciplinas complejas como tocar un instrumento musical o cantar en una agrupación coral obligan al cerebro a realizar una especie de coreografía bilateral masiva. Áreas auditivas, motoras, visuales y emocionales deben encenderse al unísono. Esto alimenta lo que los académicos denominan la reserva cognitiva, una especie de fondo de ahorro neuronal que permite al cerebro sortear el desgaste del tiempo e incluso camuflar los primeros zarpazos de enfermedades degenerativas como el Alzheimer.

«El arte y la cultura no son un lujo, son una necesidad biológica», sostiene con firmeza la Dra. Susan Magsamen, fundadora y directora del prestigioso International Arts + Mind Lab de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins. «Cuando participas en las artes, tu sistema nervioso se reconfigura: reduce los niveles de cortisol circulante, aumenta la plasticidad sináptica y optimiza las defensas de tu sistema inmune. El arte reescribe el guion biológico del envejecimiento», añade.

Varios estudios científicos lo han demostrado. El grupo de investigadores liderados por la neurocientífica Kaoru Sekiyama demostró mediante neuroimagen que los adultos mayores (con una media de 73 años) que se involucraban en el aprendizaje de un instrumento lograban detener el encogimiento del putamen y el cerebelo, dos regiones estructurales críticas que habitualmente se marchitan con la edad. Sus cerebros se negaban a menguar porque se sentían útiles, desafiados, vivos.

No a todo el mundo le apetece aprender a tocar un instrumento, pero si que la música ha demostrado bastante protagonismo en esta relación cultural. Otros estudios clínicos descubrieron como el canto coral favorece un incremento formidable en la conectividad funcional entre la corteza prefrontal y el hipocampo, el sagrado almacén de nuestra memoria episódica. Cantar sería, biológicamente, un refugio inexpugnable. Pero hay muchas más actividades culturales que nos dan salud.

Los relojes de ADN

En los últimos tres años, los laboratorios han descendido al terreno de la medicina molecular para responder a la última frontera del conocimiento: ¿puede el arte rejuvenecer la materia pura, la sangre, las células, el mismísimo ADN? Entre 2021 y 2023, diversos estudios basados en el prestigioso English Longitudinal Study of Ageing (ELSA) comenzaron a analizar el impacto de la cultura en el estado de inflamación crónica de bajo grado que, de manera silenciosa, destruye nuestros tejidos a medida que cumpliños años. Al medir las proteínas del suero sanguíneo de miles de pacientes, los científicos descubrieron que los amantes de las actividades culturales presentaban una reducción drástica en los niveles de Proteína C Reactiva (PCR) y fibrinógeno. Es decir, al rebajar el estrés emocional a través de la contemplación estética o la creación manual, el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal disminuía la segregación de cortisol, apagando el incendio inflamatorio que envejece arterias y debilita órganos.

En 2025, una investigación publicada en los Annals of the New York Academy of Sciences, con una muestra de 4.467 adultos demostraron que los ciudadanos culturalmente activos se mantenían 2,2 años más jóvenes fisiológicamente en comparación con sus coetáneos sedentarios de espíritu. Su presión arterial, su capacidad pulmonar y su fuerza metabólica se resistían a cumplir los años que dictaba el documento de identidad.

Pero ha sido en mayo de 2026 cuando se ha hecho pública la evidencia más revolucionaria, vanguardista y sobrecogedora en el campo de la epidemiología epigenética. Un equipo del University College de Londres, analizando los datos de 3.556 individuos, decidió someter la rutina cultural al juicio de los «relojes epigenéticos» de última generación, como el algoritmo DunedinPACE, que mide el ritmo de envejecimiento celular en tiempo real observando los patrones de metilación del ADN. La conclusión fue que aquellas mujeres y hombres que realizaban actividades artísticas o culturales de forma semanal conseguían ralentizar el ritmo de su envejecimiento celular en un 4%. Al medir su edad biológica absoluta, resultaron ser un año entero más jóvenes que el resto.

«Descubrimos que participar en actividades artísticas se asocia de forma independiente con un ritmo de envejecimiento biológico más lento», declaró con rotundidad la doctora Daisy Fancourt, epidemióloga del UCL y una de las mentes detrás de esa investigación. «El impacto de las artes y la cultura en la ralentización del envejecimiento celular es de una magnitud similar al impacto que tiene realizar actividad física de forma regular».

Moldear arcilla como Demi Moore en la película "Ghost" es una activación cultural muy interesante para reducir la edad biológica.
Moldear arcilla como Demi Moore en la película «Ghost» es una activación cultural muy interesante para reducir la edad biológica.Fotograma Ghost.

Eligiendo cultura y arte por salud

Llegados a este punto, no se puede evitar analizar como se consume y entiende la cultura. A día de hoy, acudir a determinados espectáculos, como un concierto, se ha convertido en un artículo de lujo. Pero si el acceso a la cultura se restringe, también se limita una herramienta de salud pública. Sin embargo, ese elitismo tiene más que ver con el FOMO (miedo a perderte alto, no estar donde está todo el mundo) que con la cultura en sí.

La longevidad que describen los estudios no reside en un palco VIP, ni en esa serie de conciertos que todo el mundo muestra en Instagram. Como señala el neurólogo Stefano Cappa, los beneficios cognitivos del arte están al alcance de cualquiera: desde una visita a un museo público hasta un taller creativo en un centro cultural de barrio. También en esa cultura que adopta formas mucho más amplias que las consagradas por el canon: tejer, bordar o trabajar la cerámica favorece la atención plena; la jardinería combina ejercicio, creatividad y contacto con la naturaleza; la cocina entendida como creación estimula la memoria y la curiosidad; y los clubes de lectura, los pódcast o los audiolibros reactivan la imaginación y el placer de compartir relatos. Y aunque existe el postureo cultural, en líneas generales, este tipo de actividades no alcanzan para limitar el acceso según la billetera.

Con el respaldo de los científicos de Harvard y los laboratorios de Londres, ahora sabemos que la cultura y el arte frenan el envejecimiento. No dejemos que el elitismo nos robe el derecho a la salud. Busquemos conocimiento musical en casa y el arte en las calles (que lo hay) de vuelta a casa. Cantemos, aunque sea en la ducha y pintemos sin miedo a dejar que el pincel nos muestre el camino (sin ser -ni aspirar a ser- un artista reconocido), porque no importa el resultado, sino la actividad en sí misma y el disfrute que conlleva. Consumamos cultura sin medida, no tiene ni un solo efecto adverso en su prospecto. Es el tratamiento antienvejecimiento más placentero, económico, transformador y magnético. Cuidemos en qué gastamos el tiempo porque el ADN lo nota.

Fuente: https://www.telva.com/bienestar/2026/06/20/6a33d6ea01a2f102308b4584.html

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