El ensayista neoyorquino dice que en los países desarrollados impera el descontento hacia las redes y que las empresas no deberían tener acceso a enganchar a los niños

Sergio C. Fanjul / ideas
Jonathan Haidt (Nueva York, 62 años) piensa que la psique humana se conforma por un gran elefante, que son los procesos emocionales, libidinales, intuitivos, y un pequeño jinete (la razón) que trata de guiarla y que es como su jefe de prensa: su trabajo es racionalizar y justificar sus posturas ante el mundo. A partir de esa idea ha intentado entender el enfrentamiento entre posturas políticas en un mundo cada vez más polarizado, como escribe en La mente de los justos. Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata(Deusto, 2012).
Haidt es psicólogo moral y catedrático en la Universidad de Nueva York. Su primera obra, La hipótesis de la felicidad(Deusto, 2006), trata de recuperar la idea del bienestar en una psicología centrada en tratar malestares y explorando doctrinas como el budismo y el estoicismo, muchos de cuyos principios son aplicables a las personas perdidas en el marasmo contemporáneo. La última es La generación ansiosa. Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes(Deusto, 2024), que ha levantado gran revuelo fundamentando algo que muchos sospechaban: que la tecnología está arruinando la psique y la socialización de la juventud.
Sobre estos asuntos vino Haidt a hablar en la madrileña Fundación Rafael del Pino. Aprovechó para visitar a algunos políticos de alto rango: el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo. “Ambos coinciden en que es necesario subir la edad de acceso a las redes sociales”, dice Haidt, partidario de no permitir el uso de redes hasta los 16 años.
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Pregunta. ¿Es usted un tecnoescéptico?
Respuesta. Sí, empecé siendo un tecnooptimista producto del siglo XX. Uno de mis primeros recuerdos es la llegada a la Luna. Siempre quise ser astronauta o científico. Como psicólogo social he estado interesado en cómo la tecnología cambia la forma en la que vivimos, pensamos y nos relacionamos: han surgido problemas, pero los hemos solucionado. Así que estoy abierto a la idea de que la tecnología puede mejorar el mundo.
P. ¿Pero?
R. Creo que tecnologías como las redes o la IA pueden tener efectos tan profundos que no seamos capaces de adaptarnos.
P. Parece que hoy en día es la tecnología la que nos maneja y no al contrario.
R. Exactamente. Cuando el iPhone salió era una increíble navaja suiza con linterna y calculadora, pero no lo diseñaron para hacernos usarla todo el rato. Luego llegaron las redes y las notificaciones, y lo que era una increíble herramienta se convirtió en la pieza central de la economía de la atención. Ahí se convirtió en un perjuicio para la humanidad.
P. Nos lo vendieron como la libertad, pero era una cadena muy larga.
R. Es una invención de la que no te puedes alejar, incluso si lo intentas, sientes la compulsión de volver para beneficio de alguien. Suena a servidumbre o esclavismo.
P. Antes no vivíamos en internet.
R. Steve Jobs decía que los ordenadores eran bicicletas de la mente. El primer internet parecía un milagro: vimos que podría derribar tiranos en las primaveras árabes.
P. ¿Pero?
R. Pero apareció el lado oscuro. Con Cambrigde Analytica vimos que las redes podían usarse para manipular. Vimos que empezaban a ser dañinas y empezamos a preguntarnos ¿qué les hemos hecho a los jóvenes y a nosotros mismos? Hoy hay una sensación de descontento con las redes y la tecnología en los países desarrollados.

P. Los niños hoy no conocerán cómo era el mundo sin internet, quizás piensen que la adicción al móvil es la forma normal de vivir.
R. La infancia ha sido reprogramada. Los humanos evolucionaron para vivir en la sabana y el bosque, trepando árboles, en un mundo natural. No está bien que los chavales crezcan con una pantalla, tienen que explorar, tocar, correr, mirar a la gente a los ojos.
P. Se ha enfocado usted al efecto de la tecnología sobre los niños, pero ¿no deberíamos limitar también las redes a los adultos?
R. También los adultos son dañados, claro. Pero me enfoqué en los jóvenes por dos motivos. El primero es que el daño es mayor en la pubertad, por eso retrasar el uso de las redes puede tener enormes beneficios. Segundo, los adultos necesitan las redes sociales, tienen utilidad para ellos, pero los chavales realmente no las necesitan. No se perderían nada. Hay una tercera razón: las empresas no deberían tener acceso a los niños. Si los adultos eligen apostar o drogarse, es su elección. Dejamos que tomen malas decisiones. Pero no deberíamos permitir que las compañías enganchen a los niños.
P. ¿La inteligencia artificial?
R. Al principio ChatGPT era divertido, no escribía demasiado bien, esperábamos que creciese poco a poco, pero lo hizo cada vez más rápido, su capacidad se dobla cada tres o cuatro meses. La posibilidad de que se ocupe de la mayoría de los trabajos es muy real. Por eso causa rechazo: las sociedades occidentales eran proclives a la tecnología, pero ya no. EE UU es la sociedad más antitecnológica de todas, incluso entre los universitarios; siempre apoyaron estas innovaciones.
P. A veces me enfada ver cómo padres dan el smartphone a niños muy pequeños, para desentenderse. ¿Qué debo hacer?
R. No les puedes decir nada. Pero siempre le digo a los gobernantes que urgen regulaciones y campañas de salud pública contra el “chupete digital”. Tenemos evidencia del daño que hace la tecnología a los más pequeños y vemos normal dar tabletas a niños menores de cinco años y carritos de bebé con sistemas para sujetar las pantallas. Así el cerebro no se desarrolla bien.

P. ¿Hoy importa más la emoción que el pensamiento racional?
R. Siempre ha sido así. Solo hay ciertas condiciones muy especiales donde eso no es cierto. ¿Conoces estas gigantescas máquinas en los laboratorios de física donde pueden crear plasma? Puedes crear otras formas de materia en condiciones muy especiales. Así, las universidades pretenden primar el pensamiento racional, también los fondos de inversión. Fuera de ahí, las emociones son las que mueven el mundo.
P. ¿Sucede hoy en la derecha algo similar al efecto de cancelación de la izquierda?
R. Sí, con ideas que nacieron en el seno de la extrema izquierda, como la idea de microagresión: los académicos que estudiaron el concepto alertaron de que podría ser adoptado por la derecha. Y así ha sido.
P. Parece que las expresiones religiosas y espirituales están volviendo. ¿Por qué?
R. Sé que, entre la gente joven, sobre todo varones, y al menos en EE UU, se está viendo ese regreso. Los hombres no están eligiendo algún protestantismo progresista, sino el catolicismo o la Iglesia ortodoxa, opciones más duras y restrictivas que requieren más sacrificio. Creo que es porque los jóvenes están perdidos en un pozo de anomia y falta de sentido, desesperados por una guía moral, algo que estructure el mundo para ellos.
