El auge de las torres hiperestrechas para milmillonarios se impone en ciudades como Nueva York o Dubái, con proporciones que desafían las leyes de la física

Por Irene Hdez. Velasco / El Confidencial
«Nunca se es lo suficientemente rica ni lo suficientemente delgada». Esa espantosa frase, atribuida a Wallis Simpson, duquesa de Windsor, hace tiempo que quedó enterrada. Sin embargo, el mercado de la edificación de ultralujo la ha abrazado con un fervor casi religioso. En el negocio inmobiliario global el éxito y el más difícil todavía ya no se mide en altura, sino en delgadez. Pura anorexia arquitectónica.
El último y más radical exponente de esta corriente es la torre Muraba Veil, un descomunal estilete de acero y hormigón proyectado en el corazón de Dubái por el prestigioso estudio de arquitectura español RCR Arquitectes. Sus cartas de presentación rozan el delirio técnico: 380 metros de caída vertical —una cota similar al Empire State Building— sustentados sobre una base de apenas 22,5 metros de anchura. El resultado es una inverosímil proporción (o más bien desproporción) de 1:17 entre su planta y su cúspide que dinamita los manuales tradicionales de construcción.
En un ecosistema urbano saturado de excentricidades, el rascacielos ‘lápiz’ se postula como la enésima pirueta para captar la atención, planteando de paso un importante dilema técnico: cómo evitar que esa sílfide no termine partiéndose en dos ante la primera racha de viento.
Levantar un bloque de pisos con una sola vivienda por planta y una anchura total que apenas equivale apenas a la longitud de un autobús urbano exige adoptar soluciones de la industria aeroespacial y náutica. El gran enemigo a batir en estas estructuras de esbeltez extrema no es el peso del edificio, sino las traicioneras fuerzas dinámicas laterales que provocan la torsión y el balanceo.
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Para blindar la torre contra el azote del viento y evitar que sus milmillonarios inquilinos sufran mareos por movimiento del edificio, los ingenieros de Muraba Veil han fragmentado el clásico y masivo núcleo central de hormigón en cuatro columnas vertebrales de alta resistencia repartidas estratégicamente a lo largo de la estructura. Este esqueleto hiperrígido trabaja en simbiosis con amortiguadores de masa sintonizados —gigantescos péndulos de acero colocados en las plantas más altas que se desplazan en dirección opuesta a las embestidas del viento— y disipadores hidráulicos que absorben los latigazos de la atmósfera, estabilizando la oscilación general como si de la suspensión de un monoplaza de carreras se tratara.
Aunque el desierto de los Emiratos Árabes abandera hoy este despliegue de músculo técnico, la receta original del rascacielos hiperdelgado se fraguó en el asfalto de Manhattan, con edificios tan icónicos como el situado en el 432 de Park Avenue (con un ratio de 1:15) o el que se encuentra en el 111 West 57th Street —este último con un ratio estructural de 1:24— demostraron hace una década que la delgadez extrema era un negocio redondo.

En la Gran Manzana, este fenómeno nació como una hábil —y casi maquiavélica— argucia legal para regatear la escasez de suelo. Nueva York limita por ley cuántas plantas se pueden construir en cada terreno, pero permite un truco: comprar a los vecinos las plantas que no han edificado. Si la normativa permite levantar diez plantas y el dueño de la parcela de al lado tiene una casa de solo dos, puede vender las ocho plantas virtuales que nunca construyó. Los promotores de la Billionaires’ Row (como se conoce al conjunto de rascacielos residenciales de superlujo situados a lo largo de la calle 57 y los alrededores de la zona sur de Central Park) se dedicaron a comprar a golpe de talonario esas plantas no levantadas de teatros, iglesias y demás edificios bajos de los alrededores. Y como los solares que adquirían eran minúsculos, la única forma física de empaquetar todos esos miles de metros cuadrados comprados era apilarlos verticalmente hacia el cielo, dando origen a estos estiletes imposibles.
El caso de Dubái es diametralmente opuesto. Al emirato no le falta suelo edificable, allí el rascacielos lápiz responde al puro deseo de destacar en un mercado saturado de estructuras con voladizos imposibles y coronas de diamantes.

Un delirio visual que, en realidad, esconde una fría vuelta de tuerca del capitalismo inmobiliario. Históricamente, la rentabilidad de un gigante del cielo dependía de maximizar el número de oficinas o apartamentos por metro cuadrado. Las torres delgadas se basan en la estrategia inversa: reducen la oferta al mínimo para que la exclusividad total dispare el precio de manera exponencial. Al situar un único apartamento por planta a cientos de metros del suelo, los promotores venden el activo más cotizado del mercado global: una panorámica limpia de 360 grados sobre el golfo Pérsico. Con precios por unidad que superan holgadamente las decenas de millones de dólares, basta con cerrar un puñado de operaciones selectas para financiar la totalidad de la obra y garantizar márgenes de beneficio estratosféricos.
El reverso de esta fiebre del ladrillo es un paisaje urbano desalmado. Estas torres no nacen con vocación de ser habitadas ni de albergar comunidades, sino para operar como auténticas cajas fuertes de hormigón, depósitos flotantes de riqueza extranjera y activos refugio para fondos soberanos y gestores de fondos de cobertura. Un modelo de especulación en las alturas que ya mantiene medio vacíos los códigos postales más caros de Nueva York y que ahora busca su réplica en Oriente Medio, justo cuando el propio horizonte macroeconómico de Dubái empieza a emitir sus primeras señales de incertidumbre.