
Por José Abrahám Rojas
Alfonso Sánchez Anaya fue gobernador de Tlaxcala al tiempo que mi abuelo era secretario de comunicaciones y transportes en Puebla. Por tanto, tuvieron relación gubernamental y política frecuente. Cierto, Sánchez Anaya era priísta; mi abuelo siempre lo fue: él nunca aceptó invitaciones de otros partidos políticos. Visto en retrospectiva, eso es importante.
Frecuentemente, gente empresaria o emprendedora dice en podcasts donde les entrevistan que no les gustaría tener como socio/a a alguien que sea infiel a su pareja porque, si ése es el comportamiento que tienen con su vínculo más íntimo, ¿qué comportamiento puede esperarse en una sociedad de negocios? Tal vez en la política aplique un postula similar.
Que conste que no critico la incorporación de Sánchez Anaya al PRD. Ciertamente, hay casos y ocasiones en las que no solamente es lógico o racional hacerlo sino a veces inclusive justo. Con lo anterior, en lo que hago énfasis, es en la decisión de mi abuelo por siempre militar en el mismo partido cuando otros más tuvieron propuestas para él. Me parece que, en esos casos en los que un/a político/a tenga genuina e intensamente un interés y hasta una ilusión por poner su trabajo al servicio de la demarcación que aspire a gobernar, puede ser válido cambiar de partido si aquél en el que inicialmente milite, como se dice, «le cierra las puertas». Dicho esto, por lo que mi abuelo me platicaba, Sánchez Anaya y él mantuvieron una buena relación. Y, aclaro, jamás tuvieron algún vínculo comercial, financiero o económico de cualquier clase a expensas de hacer malversación de recursos públicos. Desde luego, habrán tenido, en todo caso y hablando en términos de dinero, una relación presupuestal consustancial al ejercicio de sus respectivos cargos públicos. Lamentablemente, tampoco tenemos –salvo, quizá, mi abuelo– ni hemos tenido relaciones personales ni sociales con Sánchez Anaya o su familia.
Efectivamente, quienes hemos sido personas servidoras o funcionarias públicas debemos tener una mayor tolerancia a que la sociedad en la que vivimos conozca aspectos patrimoniales y legales de nuestras personas y actividades, y esa misma mayor tolerancia aplica para quienes son o hemos sido familiares, amistades o personas cercanas a alguna persona servidora o funcionaria pública. Eso, en cualquier lugar que se precie de democrático, republicano y donde rige el Estado de Derecho, debe ocurrir. Ahora bien y no obstante lo anterior, también ocurre que en el sector público se gesten amistades auténticas, que trascienden intereses personales o partidistas, y que tienen su base precisamente en eso: en ser amigos/as. Se da, sí; y no porque se dé quiere decir que hay conductas ilegales detrás de ellas. Así como mi abuelo tuvo una comunicación cordial con Sánchez Anaya, la tuvo con otras personas de izquierda, y la tuvo con personas de la derecha. Porque de eso va la política.
Actualmente, en México y en el mundo, se generó una dinámica en ver hasta con odio y rencor a quien piensa diferente y apoya o secunda a instituciones o personas políticas con las que no comulgamos. Y eso es verdaderamente trágico y lamentable. Eso no permite construir sociedades. No permite construir comunidades. No permite solucionar lo que sea necesario arreglar ni mejorar lo que se esté haciendo bien. Es necesario que todas las partes políticas se escuchen y atiendan con respeto, tolerancia, comprensión e inclusive con compasión. Por eso, habiendo sido mi abuelo militante del PRI y alguien que dialogaba con cualquier persona independientemente de su filiación o ideas políticas, para mí es muy triste, molesto e incómodo ver cómo hay gente del PRI, e incluso a nivel institucional del propio PRI, que trata con desprecio y hasta con burla a personas u organizaciones que difieren de lo que el PRI propone. De lo que el PRI ha hecho. Porque sí, los gobiernos y personas políticas del PRI, así como en no pocas ocasiones transgredieron a personas y a la vida pública, así también construyeron un legado importante en el país, en diversos ámbitos. Un partido que se jacte con sentido social no debe ni puede hacer eso. Puedo entender que lo hagan personas o instituciones de un corte más elitista o que perciban que tienen unas características morales tradicionales superiores. Pero no el PRI.
Sánchez Anaya falleció. Y con tristeza leo varios comentarios hasta ofensivos en las notas que dan a conocer este hecho. Repito: quienes hemos tenido, de una u otra manera, relación con el servicio público, en efecto, debemos tener una mayor tolerancia ante el escrutinio público. Pero como parte de esta polarización que comenté líneas arriba, también noto que el debate público y la manera en que cada persona presenta sus ideas, sean cuáles sean éstas, ha perdido sustancia. Por ejemplo, comentarios del tipo «Una rata menos». Sin meter las manos al fuego por nadie: ¿con base en qué se dice eso? ¿Hay alguna suposición o solamente un prejuicio? ¿Se dice haciendo referencia a algún hecho real o presunto, o solamente como una generalidad? E inclusive si lo planteamos de una manera cínica y suponiendo que la persona aludida, efectivamente, haya cometido algún ilítico –sobre todo en materia económica o patrimonial–, quien dice comentarios como ése que menciono, ¿en su cotidianidad y en sus ámbitos laborales, sociales, académicos o del tipo que sean, en su persona misma, es gente que actúa de manera honesta, con probidad, de manera cívica y responsable?
Necesitamos, también, elevar el nivel de la conversación. ¿Por qué no, en vez de decir «Una rata menos», se menciona algo como «Durante la gestión de esta persona, se tuvo el conocimiento real o la presunción de que en este punto en específico –programa público, obra de infraestructura, designación de cargos, etcétera– se cometió éste y este otro delito o ilícito». La gente que es servidora o funcionaria pública actualmente, los gobiernos y poderes pero también las personas, tengamos el carácter de ciudadanas o sean todavía menores de edad o extranjeras viviendo en México, y desde luego las comunidades y sociedades, tenemos que ser responsables, conducirnos con respeto y tolerancia.
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