El músico que triunfó en todo el mundo con sus sinfonías, ballets y conciertos de desbordado romanticismo guardó siempre un secreto: su condición homosexual.

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Verónica Maynés / Historia National Geographic
Piotr Ilich Tchaikovsky, el primer compositor ruso que alcanzó fama internacional, nació en un entorno familiar feliz, de clase acomodada. El abuelo era médico; Ilia, su padre, era ingeniero de minas y director de una siderúrgica. Su madre, por su parte, descendía de un francés que había llegado a Rusia probablemente huyendo de la Revolución francesa.

Ya de niño Tchaikvosky mostró un carácter hipersensible que lo hacía particularmente receptivo a la música. Cuando tenía cuatro o cinco años, tras una velada musical en casa, se fue a dormir en estado de máximo nerviosismo y presa del llanto. Cuando su institutriz, una alsaciana llamada Fanny Dürbach, le preguntó qué le ocurría: «¡Oh, esta música, esta música! ¡Líbrame de ella! ¡Está aquí, está aquí, nunca me deja en paz!», respondió señalando su cabeza.
Tchaikovsky sufrió un trauma al separarse de su madre para ir a estudiar en San Petersburgo
En 1850, con solo diez años, Piotr ingresó como interno en la Escuela Imperial de Derecho de San Petersburgo. Muy unido a su madre, para Tchaikovsky fue un trauma tener que abandonarla y aún más su muerte cuatro años después, víctima del cólera. Entregado a sus estudios en el Instituto, es probable que fuera durante esos años cuando Tchaikovsky tuvo las primeras
relaciones homosexuales.
Pasión musical
Tras graduarse en 1859, Piotr ingresó como funcionario en el Ministerio de Justicia. Iniciaba así lo que parecía una carrera segura y cómoda en la burocracia del Imperio ruso. Pero en 1862, la inauguración del Conservatorio de San Petersburgo, el primero en la nación, le ofreció una oportunidad inesperada para cultivar su vocación musical. Tchaikovsky se matriculó inmediatamente y al año siguiente anunció a su familia su decisión de abandonar las leyes para dedicarse íntegramente a la música. Sus dotes pronto se hicieron evidentes y en 1865 obtuvo una medalla de plata por una cantata sobre la Oda a la alegría de Friedrich Schiller.

Al término de sus estudios, gracias a su maestro, el pianista y compositor Nikolái Rubinstein, fue nombrado profesor de armonía del recién fundado Conservatorio de Moscú, puesto que ocupó durante doce años. Rubinstein lo alojó en su propia casa, le compró ropa nueva y lo alentó a componer. Tras diversos ensayos, escribió el poema sinfónico Romeo y Julieta, la obra que reveló su genio. Escrita a propuesta de Mili Balakirev, pionero de la música clásica en Rusia, la obra se estrenó en 1870 sin ningún éxito, pero, tras ser publicada a instancias de Rubinstein, pronto le granjeó fama entre los entendidos de toda Europa.
Un amor secreto
La intensidad expresiva de la obra estaba probablemente relacionada con el encuentro entre Tchaikovsky y su alumno de composición Eduard Sack, quien se suicidaría en 1873, con solo 19 años, disparándose con una pistola. Catorce años después, Piotr confesaba en su diario: «No puedo concebir la idea de que ya no exista […]. Siento que nunca he amado a nadie con tanta fuerza como a él. ¡Dios mío! No importa lo que me dijeran entonces, ni mis propios intentos de consuelo, ¡mi culpa ante él es terrible! Y al mismo tiempo lo amé, es decir, no lo amé, sino que lo amo todavía, ¡y su recuerdo es sagrado para mí!».
Durante esos años en Moscú, Tchaikovsky forjó su personalidad musical. Sus obras mostraban un dominio absoluto de la orquesta, admirable en cuanto al equilibrio de las familias instrumentales y a la capacidad descriptiva, pero sobre
todo cautivaban por la inventiva melódica y su fuerte carga emocional. El crítico Hermann Laroche, amigo suyo, resumió la impresión que causaban sus composiciones en el público: «No es solo que nos guste su música; es que nos duele. Tchaikovsky tiene la llave de nuestros sufrimientos secretos. Cuando escuchas sus melodías, sientes que él sabe exactamente lo que tú has llorado a solas».
Su música, sin embargo, no siempre era comprendida. Es lo que sucedió con una de las obras más extraordinarias del músico ruso, el Concierto para piano
y orquesta nº 1. Piotr lo tocó en privado ante Rubinstein, esperando su aprobación, pero la respuesta de este fue demoledora.
Tal como relató el propio Tchaikovsky: «Toqué el primer movimiento. ¡Ni una palabra, ni un solo comentario! Me armé de paciencia y toqué hasta el final. Silencio de nuevo […].Entonces Rubinstein prorrumpió en un torrente de comentarios […]. Que mi obra era mala y vulgar, que solo había dos o tres páginas que podrían valer la pena». Rubinstein le propuso revisarlo totalmente, pero el autor se negó: «¡No revisaré ni una sola nota, y voy a publicarlo exactamente en la forma que se encuentra ahora!». Unos meses más tarde, en octubre de 1875, el concierto se estrenó en Boston con gran éxito. El propio Rubinstein cambiaría de opinión e interpretaría a menudo la obra en las salas de toda Europa.
Éxitos y fracasos
El éxito no siempre acompañó a sus creaciones. Por ejemplo, de sus tres grandes ballets, hoy clásicos indiscutidos del género, solo el segundo, La bella durmiente (1890), triunfó en su estreno. En su presentación en el teatro Bolshoi de Moscú en 1877, la música de El lago de los cisnes fue criticada por ser demasiado compleja para un ballet, aunque el verdadero problema era la pobre coreografía; la obra solo triunfó en 1895, ya tras la muerte del compositor, gracias a una nueva coreografía de Lev Ivanov y Marius Petipa. Igualmente, Cascanueces solo alcanzaría popularidad décadas después de su estreno en 1892.

Tchaikovsky hizo muchos viajes por Europa, en los que absorbió los modelos musicales del momento. Italia, Alemania y Francia le estimulaban para alcanzar una expresión sonora universal. El objetivo de traspasar fronteras se percibe en la variedad de géneros que practicó: canciones, piezas pianísticas, conciertos, ballets, óperas, sinfonías.
Esto hizo que algunos críticos lo tildaran de demasiado occidental, pero él siempre se sintió identificado con Rusia. «Soy ruso en el más profundo sentido de la palabra». Y recordaba que desde niño estuvo empapado en la música rusa: «En cuanto al factor nacional en mi obra y su comunión con las canciones populares presentes en mis melodías, se debe a mi infancia en el campo, que estuvo impregnada de la belleza característica de nuestra música popular rusa».

Tchaikovsky, en efecto, buscó combinar los modelos occidentales y la inspiración rusa. Así se advierte en sus dos óperas más conocidas. Estrenada en 1879, Evgeni Onegin, basada en un relato costumbrista de Aleksandr Pushkin, destacaba por fusionar la tradición operística italiana con el folclore musical ruso.
Gran admirador de Carmen de Bizet, que vio en París tras su estreno en 1875, Tchaikovsky aceptó el encargo del empresario del Teatro Mariinsky de San Petersburgo de componer una Carmen a la rusa. Con La dama de picas (1890), basada de nuevo en una historia de Pushkin, el compositor ruso logró una obra innovadora, que mezclaba el estilo de Mozart (un músico que lo fascinó toda su vida, desde que a los doce años asistió a una representación de Don Giovanni) con canciones tradicionales rusas.
En 1876, cuando volvía del Festival de Bayreuth (donde la música de Wagner le pareció aburrida e interminable), Piotr contrajo una seria depresión nerviosa debida a las continuas obligaciones profesionales que pesaban sobre él. Era ya famoso en toda Europa, pero no por ello dejaba de pasar apuros económicos. Fue entonces cuando entró en contacto con él una rica viuda, Nadezhda von Meck, que se había convertido en gran admiradora de su música. «Sus composiciones son una autobiografía, y lo que allí se lee, ¡Dios mío, qué bello, noble y sublime es! En su música no solo oigo sonidos espléndidos. En ella habla un alma como no existe otra igual en el mundo», le escribió.
El peor error de su vida
Durante catorce años Tchaikovsky y Nadezhda intercambiaron más de mil cartas. Además, Nadezhda le concedió una pensión anual de seis mil rublos y le permitió alojarse en sus diferentes propiedades repartidas por Europa. La única condición era que no se encontraran nunca cara a cara. La relación llegó a su fin en 1890, cuando Nadezhda, presionada por sus hijos, dejó de ayudarle económicamente.
Tchaikovsky intercambió con Nadezhda von Meck más de mil cartas
En 1877, poco después del inicio de su relación con Von Meck, Tchaikovsky sufrió una de las peores crisis de su vida. Desde hacía un tiempo sopesaba la conveniencia de casarse para ocultar su homosexualidad. «Hay personas que no pueden remediar el despreciarme a causa de mi vicio. Deseo, por medio del matrimonio o de algún lazo público con una mujer, cerrar la boca de esas despreciables criaturas», escribió a su hermano Modest. Recibió entonces una carta en la que una antigua alumna del conservatorio, Antonina Ivanova Miliukova, le declaraba su amor. Piotr, que unos años antes se había encaprichado brevemente de una cantante francesa, Désirée Artôt, no experimentaba ningún sentimiento por Antonina, pero aun así pidió su mano.
El matrimonio fue su desgracia. Tras apenas seis semanas de vida en común Piotr abandonó el hogar y poco después intentó suicidarse metiéndose en las heladas aguas del Moscova. Modest lo salvó del fingimiento conyugal enviándolo a San Petersburgo. Antonina rechazó el divorcio y más tarde obtuvo de su marido una pequeña pensión.

El músico viajó a Italia y Suiza para superar la depresión en que le había sumido la farsa matrimonial. Su congoja emocional se manifestó en la trágica Sinfonía nº 4, estrenada en febrero de 1878 y dedicada a su benefactora Nadezhda. Un mes después vio la luz el brillante Concierto para violín y orquesta, luminosa pieza que mostraba un halo de esperanza en el espíritu del autor. Pese a ello, Tchaikovsky en esos años debía calmar su nerviosismo con el abuso del alcohol.
Una muerte misteriosa
El 25 de octubre de 1893, apenas ocho días después de que dirigiera el estreno de la Sinfonía nº 6, «Patética», que él mismo consideraba su obra más personal, Tchaikovsky falleció. Esa muerte repentina ha dado lugar a muchas hipótesis. Según su hermano Modest, Piotr, en un tiempo en que San Petersburgo sufría una epidemia de cólera, se contagió al beber un vaso de agua sin hervir. En la década de 1980 los musicólogos Alexandra Orlova y David Brown sostuvieron que Modest quiso ocultar la verdad y que en realidad su hermano se suicidió con arsénico, por haberse descubierto una relación con un joven cuyo tío escribió una carta al zar denunciando al compositor. Una tesis rechazada rotundamente por el biógrafo reciente más autorizado del compositor, Alexander Poznansky, quien considera que la causa de la muerte fue el cólera.
Sus funerales fueron una inmensa manifestación de duelo colectivo. En San Petersburgo decenas de miles de ciudadanos acudieron a despedir al músico que con su «música de una dulce tristeza» (como dijo Vladimir Gerard en el discurso fúnebre) había sabido conquistar el corazón de los rusos.