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Ricardo Moreno Otero, médico internista: «En el antiguo Egipto existía la figura del guardián y pastor del ano del faraón» | El Mundo

Cuenta el médico internista y digestólogo Ricardo Moreno Otero en su libro ‘Loa al intestino fiel’ que el enema «es la única terapia de todas las culturas antiguas que ha llegado hasta hoy». La obra usa este procedimiento como hilo conductor de la historia de la medicina, desde los papiros egipcios hasta la actual investigación sobre la microbiota intestinal

El médico Ricardo Moreno Otero, autor de ‘Loa al intestino fiel’. Sergio G. Valero

Probablemente la palabra clister a más de uno no le suene a nada. Lavativa ya es otra cosa, aunque es exactamente lo mismo pero dicho de forma popular (clister es argot culto). En ambos casos nos referimos al enema, humilde remedio a menudo objeto de burla y chascarrillo, que al médico internista y especialista en Aparato Digestivo Ricardo Moreno Otero le sirve como hilo conductor de la historia de la medicina en su libro Loa al intestino fiel (Celya, 2025), donde realiza un recorrido histórico y bien documentado de ese procedimiento.

El que fuera responsable del Servicio de Aparato Digestivo en el madrileño Hospital de La Princesa -antes, investigador en los Institutos Nacionales de Salud estadounidenses (NIH), en Bethesda- y catedrático de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid, reconoce que como «jubilado tranquilo» ha disfrutado del proceso sin presiones: «Buscar datos fue como ir de pesca, a ver con qué me topo hoy», comenta sobre una investigación que lo llevó a sumergirse en «las culturas médicas irania, ayurvédica y taoísta» y en su huella sobre la tradición occidental. Pero no se detiene ahí, pues prosigue hasta nuestros días, en los que hidroterapia de colon y la microbiota intestinal acaparan, respectivamente, la atención social y científica. El resultado es un ensayo que partiendo de la «aurora aboral sonrosada», en las irónicas palabras del autor, confirma una vez más cómo «ciencia y cultura siempre han ido de la mano».

PREGUNTA: ¿Cómo se le ocurrió que el enema merecía un ensayo?

RESPUESTA: Más bien la leyenda del clister, enema o lavativa sirve como sinécdoque de la historia sanadora. Este remedio ancestral actúa de hilo conductor desde las tablillas babilónicas y los papiros egipcios al prodigio de la actual medicina científica a la carta con fármacos específicos. El punto de partida está en que es la única terapia citada en todas las culturas antiguas que ha llegado hasta hoy. También mi especialidad en Aparato Digestivo y las tareas asistenciales de estos pacientes obligaban a una relación habitual con el procedimiento, por ejemplo, los enemas de lactulosa para tratar la encefalopatía hepática de los enfermos con cirrosis o los enemas de limpieza previos a la colonoscopia.

P: Como dice, de los tres grandes remedios clásicos, la purga, la sangría y los enemas, este último es el único que ha sobrevivido a lo largo de los siglos. ¿Cuál es hoy su utilidad?

R: Los avances terapéuticos modernos han marginado muchas de las indicaciones de los purgantes y las sangrías. Por el contrario, los microenemas de un solo uso que ofrecen las farmacias son eficaces y seguros para resolver los episodios de estreñimiento, especialmente en niñosembarazadas y, sobre todo, en personas ancianas que tienen una vida sedentaria y en su alimentación no se incluye una dieta rica en fibra vegetal.

P: El origen del enema es incierto, pero usted explica que aparece en las crónicas de todas las culturas conocidas. En el Antiguo Egipto, hay constancia de la figura del «guardián del ano del faraón». ¿Qué fue primero: el arte de embalsamar o el de los enemas?

R: La medicina egipcia mereció la consideración de ser la más avanzada de su época, así lo acreditan los historiadores griegos Heródoto de Halicarnaso y Diodoro Sículo. Se estableció por ley que las prácticas sanadoras se realizarían por especialistas según los distintos órganos, como los citados en la columna de la diosa Isis: oftalmólogo de palacio y médico del vientre de palacio o guardián y pastor del ano del faraón. Los textos médicos de distintas épocas recogen que desde tiempos remotos, los egipcios se ponían irrigaciones durante tres días cada mes, siguiendo el hábito del pájaro ibis, que insertaba su largo pico curvo en el ano para limpiarse el intestino.

Se desconoce qué fue lo primero, la higiene y la sanación o las momificaciones. En los papiros médicos de Ebers y de Chester Beaty se alude a la putrefacción interna de los alimentos como origen de algunas enfermedades y atribuyen a los enemas un efecto curativo; posteriormente se inició la momificación irrigando enemas licuefactivos de aceite de cedro y natrón para extraer las vísceras y desecar las carnes del cadáver.

P: A lo largo de la historia, la figura de los profesionales dedicados a velar por la salud del vientre en palacios y cortes, como esos guardianes del ano egipcios, se mantiene.

R: En el imperio romano los médicos eran considerados ciudadanos de rango inferior, con un estatus casi asimilable al de los esclavos. Es comprensible que los más sabios y expertos buscaran la protección de los poderosos, unos cuidando la salud del emperador y otros, como el griego Dioscórides, ejerciendo sus tareas sanadoras en las campañas de los ejércitos de Nerón. Esto se prolongó a lo largo de los siglos, basta con repasar el diario de los médicos de cámara del Rey Sol donde se detalla desde los miles de purgas y lavativas que recibió, hasta la operación de fístula recto-anal practicada por el cirujano real Félix de Tassy.

P: Ya que lo menciona, es curioso cómo el relato que hace de la corte del Rey Sol, que vivió una edad de oro del enema.

R: En efecto, Luis XIV fue también el Rey Sol del clister. Al monarca le atormentaba con frecuencia un ligero flujo de vientre y el primer médico de la corte, Antonie Vallot, le procuraba alivio con lavativas de «aceite de almendras dulces, miel, extracto de violetas y electuario lenitivo disueltos en una decocción de cebada». Su primer ministro, el cardenal Mazzarino, se hacía irrigar una lavativa antes de iniciar cada consejo de estado para despejar la mente y afinar la toma de decisiones. Y Guy Patin, cirujano real que ganó fama recetando lavativas con orina del propio paciente para combatir el insomnio, asignaba al clister la capacidad de curar todas las enfermedades e incluía sustancias nutritivas, como los derivados de vino, para reconfortar a convalecientes debilitados.

P: De ese ambiente de ‘clistermanía’ era inevitable que surgieran las lavativas «gozosas y cortesanas». ¿Cómo se convierten los enemas a fenómeno cultural?

R: El siglo de oro del clister brotó en la corte francesa con una retahíla de virtudes y nuevas aplicaciones del remedio laxativo, y se pusieron de moda los enemas higiénicos, estéticos, hedonistas y gozosos, recreativos, reconstituyentes, carminativos y sanadores de fiebres y de males del ánimo. El Rey Sol decide incluir el clister en el ceremonial cortesano con el consiguiente entusiasmo de familiares, amantes y súbditos, imitadores todos de la clistermanía del monarca. Se cuenta que la escritora Ninon de Lenclos, tenida por reina del amor, y otras damas palaciegas recibían varias irrigaciones diarias a base de flor angélica, bergamota y esencia de rosas para guardar el frescor y la tersura del cutis.

P: Tan extendido está el enema que tiene hasta su propio patrón.

R: En el Medievo el piadoso Fiacro sanaba las almorranas con gordolobo blanco, designada después por Linneo con el epónimo hierba de san Fiacro. Tales fueron los prodigios curativos que las hemorroides recibieron el nombre vulgar de el mal de san Fiacro o los higos de San Fiacro. La muerte Fiacro causó desolación entre los enfermos, quienes recurrían a curarse invocando Las imploraciones a San Fiacro. Por cierto, que en los libros médicos por error se escribe imprecaciones, que es justo lo contrario, pues significa maldición, anatema o reniego. Los descreídos dudaban del milagro sanador de la oración y acusaban a los enfermos de tener miedo a la intervención de los cirujanos: «Exteriorizar las almorranas con un gancho metálico para seccionarlas con el cuchillo y cauterizarlas después con unas pinzas de hierro al rojo vivo».

P: Volviendo al presente, al hablar de calidad de vida, a menudo se olvida la defecación. En una sociedad que presume de desinhibida, ¿es el último tabú?

R: Entre las condiciones físicas, emocionales o psicológicas que hacen la vida más agradable, se encuentra el normal funcionamiento gastrointestinal, tanto en la ingestión de alimentos como en la eliminación de residuos. La prevalencia de estreñimiento se cifra en el 15% de la población general y puede alcanzar el 40% en ancianos sobre todo de sexo femenino. Los trastornos crónicos del ritmo intestinal, uno de los grandes síndromes geriátricos, deterioran la calidad de vida, pero está demostrada la existencia de remedios terapéuticos eficaces y accesibles con independencia de la edad o los recursos de cada paciente. Es decir, hay que eliminar los tabúes que lastran o alteran el necesario bienestar de vida.

P: Para otras personas, en cambio, no es una fuente de vergüenza, sino de recreo…

R: Los beneficios sanadores de clister, enema o lavativa son evidentes, pero también tiene posibles efectos nocivos secundarios a los usos anómalos, como en la desviación erótica llamada clismafilia y las lavativas de drogas ilegales y alcohol, la banalidad de los enemas de humo de tabaco o las fatalidades del clister de café para curar el cáncer que formó parte de la llamada terapia antitumoral Gerson ideada a finales del siglo pasado por este funesto médico americano.

P: El conocimiento de la microbiota intestinal -la comunidad de microorganismos que pueblan nuestro intestino- está revolucionando la medicina; hoy se estudian posibles aplicaciones del trasplante fecal, ¿pero cuáles son antecedentes?

R: En el 2013 se publicaron en el New England Journal of Medicine los datos positivos de un ensayo clínico que determinó que se aprobara la indicación del trasplante fecal para el tratamiento de la colitis por Clostridium difficile. En la actualidad se está investigando sus ventajas terapéuticas en otras patologías. Pero este remedio viene de antiguo pues en la medicina popular china (Ge Hong, siglo IV) se recomendaba la ingestión por vía oral de heces frescas, secas o fermentadas, lo que llamaban sopa amarilla o sirope dorado, para tratar los trastornos del intestino; y hacia el siglo XVI Li Shizhen, el médico más reconocido de su tiempo, inició la irrigación de la sopa excrementicia mediante lavativas.

PL Y en cuanto a la hidroterapia de colon o «lavativa eufemística», como usted la llama, cuyo uso se ha popularizado en los últimos años, ¿realmente tiene beneficios?

R: En esencia, consiste en una irrigación intestinal durante unos 30 o 45 minutos, mediante un sistema de entrada y salida de agua que permite eliminar restos fecales. Desde un punto de vista puramente mecánico, es cierto que limpia el intestino, eso no se puede negar. Ahora bien, el problema viene con las promesas que suelen añadirse después: mejoras en el estado de ánimo o efectos duraderos sobre la salud general. Eso ya entra en el terreno de lo que podríamos llamar creencias sin base científica sólida. El paciente puede sentirse mejor momentáneamente, pero en gran parte porque experimenta alivio tras evacuar, algo completamente natural. Es una práctica que responde más a una demanda que a una necesidad médica real, y cuyos beneficios más allá de la limpieza puntual del colon no están demostrados. En cuanto a los riesgos, hoy en día es una técnica sencilla y segura, si se realiza en centros adecuados y con personal cualificado.

P: ¿Qué nos enseña la historia del enema sobre la evolución del pensamiento médico?

R: La historia nos enseña el valor decisivo de la investigación científica. Cómo el esfuerzo continuado a través de los siglos por mejorar el bienestar humano ha fructificado en las investigaciones rigurosas en ciencias de la salud que nos traído una esperanza de vida creciente. Hemos aprendido a cuidar el cuerpo, a moderar los hábitos alimentarios sustituyendo el exceso de hidratos de carbono y de grasas saturadas de origen animal por vegetales ricos en fibra. Y hemos aprendido a fiarnos de la medicina, de sus remedios terapéuticos y del valor de la profilaxis con vacunas que ha conseguido la erradicación de infecciones devastadoras.

Fuente: https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/salud/2026/04/17/69d8bbc8e9cf4a84418b45a0.html

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