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Rasputín, el monje curandero que fascinó a los zares y abrió la puerta al fin del imperio ruso | Ideas

Este campesino de Siberia no llegó a tener cargo oficial en la corte del zar, pero tras frenar aparentemente un ataque hemofílico del hijo de Nicolás II, se metió a la zarina en el bolsillo. Su influencia en la pareja real fue enorme y acabó conduciéndolos a su final, como cuenta el historiador británico Antony Beevor en el libro ‘Rasputín y la caída de los Románov’, del que ‘Ideas’ adelanta un extracto

Rasputín junto a la emperatriz Alejandra, sus cinco hijos y, sentada a la derecha, la institutriz María Vishnyakova, en 1910. Imagen del Archivo Estatal de la Federación Rusa (GARF)Fine Art Images / Heritage Images / Getty Images

Antony Beevor / Ideas

“Era un hombre único — comentó sobre Rasputín una famosa escritora rusa—. Sin igual, como un personaje de novela: vivió una vida de leyenda, tuvo una muerte de leyenda y su recuerdo está envuelto en la leyenda”. Nadiezhda Lojvítskaya, más conocida por su seudónimo Teffigozó de la rara distinción de ser leída y apreciada tanto por el zar Nicolás II como por Vladímir Ilich Lenin. Curiosamente, aunque también fue una de las muchas mujeres a las que Rasputín intentó seducir, con Teffi Rasputín se encontró desde luego con la horma de su zapato.

La figura de Rasputín me fascina desde hace mucho tiempo, antes incluso de empezar a investigar para mi libro anterior: Rusia. Revolución y guerra civil. ¿Cómo diablos un campesino de Siberia, poco más que analfabeto, pudo provocar un efecto tan devastador en el curso de la historia? No tenía ningún cargo oficial. No tenía fuerzas a su mando. Era un monárquico devoto, no un revolucionario. Y, sin embargo, sin pretenderlo, contribuyó más que ninguna otra persona al hundimiento de la mayor autocracia del mundo.

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El poeta Aleksandr Blok, que trabajó en la Comisión Extraordinaria que abordó el asunto en su totalidad justo después de la revolución de febrero de 1917, escribió: “Quienquiera que este hombre fuese, su esfera de influencia fue enorme. Sus días transcurrieron entre un ambiente único de adoración histérica y odio permanente; algunos le rezaban, otros intentaron destruirlo. El carácter único del libidinoso muzhik que fue asesinado con un tiro en la espalda en la fiesta con gramófono de Yusúpov se debió por encima de todo al hecho de que la bala que lo mató impactó en el corazón mismo de la dinastía reinante”.

Esta imagen de la bala que destruyó el régimen zarista es poderosa, pero también demasiado simplista. Las heridas mortales fueron acumulativas y en realidad ya se habían asestado antes.

El cuerpo de oficiales del Imperio estaba tan desmoralizado por las noticias exageradas sobre la corrupción política y financiera —por no decir nada de los rumores, falsos en su totalidad, sobre el libertinaje de Rasputín con la emperatriz e incluso con sus hijas— que, en 1917, cuando estalló la Revolución de Febrero, apenas se alzó ni una sola espada en defensa del zar. En la cadena de causas y efectos de la historia, raramente se ha visto una influencia tan fuerte de un solo hombre de orígenes humildes, así como de los rumores infundados. La importancia de Rasputín ofrece una perspectiva distinta e intrigante sobre la teoría de la historia que se basa en lo que se ha dado en llamar “los grandes hombres”.

Hay otro aspecto de lo que Teffi calificó como “la leyenda” de Rasputín que no es menos intrigante. Los mitos y las mentiras que se arremolinaban a su alrededor eran las fake news del momento. El propio Rasputín fue en parte responsable de ellas, por lo mucho que se jactaba de sus contactos con la familia imperial. Pero las consecuencias ponen de manifiesto un fenómeno que los historiadores pasan por alto demasiado a menudo: los rumores y las teorías sobre supuestas conspiraciones pueden producir efectos aún más poderosos que la realidad.

La relación extraordinaria entre el campesino siberiano y la familia imperial sirve para hacer hincapié en la tierra de nadie que separa la verdad de los mitos, los hechos de las fantasías, que es una parte esencial tanto de la historia de Rasputín como, cada vez más, de nuestro propio presente.

Cuando, a principios de 1868, la emperatriz viuda estaba embarazada de su primer hijo —el futuro zar Nicolás II—, se cuenta que quedó traumatizada por una predicción o un sueño: le aterrorizaba que su hijo moriría asesinado por un campesino ruso, un muzhik. Según escribieron el profesor Aleksandr Bojánov y otros, “vivió bajo la presión de la profecía” durante toda su vida. Por eso cuando, treinta y ocho años después del sueño, tuvo de pronto noticia de que su hijo y su nuera andaban locos por un campesino llamado Rasputín, quedó horrorizada. En el seno de la familia Románov, ella lideró la oposición a la influencia de Rasputín en la corte.

En 1919 María, la hija de Rasputín, le contó a Nikolái Sokolov, encargado de investigar la masacre de la familia imperial, que la zarina le había dicho al propio Rasputín que sabía que un campesino la asesinaría. Según el profesor Bojánov, la emperatriz viuda había escuchado tal predicción de boca de una anciana innominada. Sin embargo, en el archivo central estatal de Rusia se conserva un Diario de Rasputín que narra el sueño con todo detalle y dramatismo, supuestamente según la emperatriz Alejandra se lo habría referido a Rasputín. En esta versión la madre del zar pidió a una vieja nodriza de la familia que lo interpretara. Los expertos han denunciado que este supuesto Diario —depositado en el archivo en los primeros años de la década de 1920— es falso, pero aun así el relato posee un claro componente de veracidad. Sin duda el falsificador conocía muy bien a Rasputín o algún miembro de su entorno más cercano. Sea como fuere, toda la historia era bien conocida entre la familia real. Una vieja amiga y vecina nuestra en el campo, la princesa Olga Romanoff, tuvo noticia del sueño de su bisabuela por medio de su padre, el príncipe Andréi, quien a su vez era casualmente hermano de la bella gran duquesa Irina, casada con el príncipe Yusúpov, el asesino de Rasputín.

Por todas estas razones, el sueño, tanto si es cierto como si era falso, es un buen ejemplo del comentario de Teffi sobre la vida de Rasputín “envuelta en la leyenda”. Por encima de todo hace hincapié en el hecho fundamental de que, en lo tocante al efecto de Rasputín sobre el transcurso de los acontecimientos, la percepción era mucho más poderosa que la realidad.

Su ascenso vertiginoso a una posición de influencia era tan improbable que atrapó la atención general no solo en la Gran Rusia, sino también en el extranjero. La mayoría de las noticias de prensa expresaban alguna forma de disgusto. Pero por fortuna para el historiador, diversos hombres y mujeres de gran inteligencia lo observaron de cerca y nos legaron relatos que son muy esclarecedores. Las obras que el propio Rasputín publicó estaban tan corregidas por quienes lo rodeaban, incluida la propia zarina, que apenas quedó nada del caos que las caracterizaba. Las únicas excepciones —que aun así deben manejarse con mucha cautela— son un puñado de entrevistas periodísticas.

No olvidemos que, según dijo el gran poeta decimonónico Fiódor Tiútchev, no se puede entender Rusia tan solo con la razón. Tampoco a Rasputín. Combinaba la inocencia espiritual con una lascivia extrema; una fe religiosa intensa con un oportunismo cínico; la jactancia con la paranoia; el altruismo innato con la codicia; el conocimiento de sí mismo con la fantasía. Se convenció a sí mismo de que amaba genuinamente a las mujeres, pero en ocasiones las violaba. Todas las paradojas de su carácter, al igual que la asombrosa historia de su vida y su muerte, son un desafío a la lógica convencional.

Antony Beevor (Londres, 1946) es historiador. Este extracto es un adelanto editorial de su libro Rasputín y la caída de los Románov, de la editorial Crítica, que se publica este 13 de mayo.

Fuente: https://elpais.com/ideas/2026-05-13/rasputin-el-monje-curandero-que-fascino-a-los-zares-y-abrio-la-puerta-al-fin-del-imperio-ruso.html

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