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Quién fue Gloria Steinem: la vida en movimiento | Vogue

Tras el fallecimiento de la madre del feminismo contemporáneo, es urgente preservar su legado. Así la contaremos

Gloria Steinem con un cartel que reza ‘Venceremos’ Getty Images

Por Patricia Moreno / Vogue España

Tenía 92 años. Casi un siglo de vida. Toda ella en lucha por la igualdad. Gloria Steinem (Toledo, Ohio, 1934) era consciente de que el final de su vida terrenal estaba cerca. En sus últimos años creó Gloria’s Foundation en su icónico apartamento neoyorquino, sede de asambleas feministas desde finales de los años sesenta, y este mes está prevista la publicación de su nueva autobiografía, An Unexpected Life: A Memoir. Galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2021, se describía como escritora, activista y organizadora; esto último encierra, en la acepción inglesa del término, un matiz que la sitúa como catalizadora de encuentros, creadora de redes y articuladora de un movimiento social mucho más grande que ella.

En la última década, la más reciente ola del feminismo permitió a las nuevas generaciones descubrir su figura. Ella nunca trató a las recién llegadas a la lucha con desdén: entendía que su pervivencia, inevitable en un mundo con muchas injusticias todavía por resolver, dependía de su permeabilidad a los nuevos tiempos, formatos y lenguajes. Una buena hornada de películas y series post-MeToo aproximaron sus primeros años de activismo al mundo de hoy: desde Mrs. America (2020), la serie protagonizada por Cate Blanchett en la que Rose Byrne le dio vida y que reconstruía la batalla por la ratificación de la Enmienda de Igualdad de Derechos en los años setenta, hasta The Glorias (2020), un recorrido por su vida en el que distintas actrices, entre ellas Alicia Vikander y Julianne Moore, la interpretaron en diferentes etapas.

Gloria Steinem en un retrato reciente en su apartamento neoyorquino.

En 2015 publicó unas primeras memorias. My Life on the Road hablaba de una vida en movimiento. Primero, de la mano de su nómada padre, su primer referente, por su carisma, su sinvergonzonería y su estilo de vida poco convencional. Para pasar al segundo acto de su vida, necesitó mover el foco. Preguntarse por el papel de su madre. Por el de una mujer con talento que acabó perdida en las tinieblas que la sociedad de los años cuarenta reservaba para las mujeres ambiciosas. Steinem tardaría años en comprender que aquella mujer a la que había visto como una madre enferma y dependiente había sido antes una periodista, una mujer que había trabajado y viajado y cuya vida se había ido estrechando hasta hacerla desaparecer dentro de ella. Mirar a su madre como mujer, y no solo como madre, cambió también la manera en que entendía su propia historia. Ahí germinó su feminismo.

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Un viaje a la India la aproximó a la realidad de mujeres lejos del bienestar que empezaba a conocer Occidente. También a un estado de conciencia mayor. Antes de ese viaje, había decidido dar un giro de guion a su propia vida: viajó a Londres para interrumpir un embarazo no deseado a los 22 años. El médico que le procuró clandestinamente la intervención le pidió dos favores: que no revelara nunca su nombre y que hiciera con su vida lo que quisiera hacer con ella. Qué gran vida. A él le dedicaba ese primer libro.

Gloria Steinem con su icónico look en los albores de la segunda ola del feminismo.

Líder del feminismo de los 70

A su vuelta a Estados Unidos, instalada en Nueva York a finales de los años cincuenta, se encontró con dos compases: el de la prosperidad de posguerra y un sueño americano que pronto encontraría en Kennedy una de sus grandes encarnaciones; y el que finalmente la atrapó, el de los movimientos sociales que reivindicaban a quienes habían quedado fuera de esa promesa de bienestar. Como periodista, trató de hacerse espacio en un mundo de tiranía masculina que reservaba a las mujeres determinados temas y las mantenía lejos de los espacios de poder editorial.

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Fue la voz de una generación de mujeres que no se conformaban con lo que la sociedad les ofrecía.

Su primera firma en una revista de alcance nacional llegó en Esquire, en 1962, con un artículo sobre anticoncepción y las decisiones a las que se enfrentaban las jóvenes que debían elegir entre el matrimonio y una carrera. Escribió también para Vogue, donde retrató, entre otros, a James Baldwin y Julie Andrews, y para GlamourLife y The New York Times Magazine. En 1968 se convirtió además en una de las firmas de la recién creada New York Magazine: desde sus páginas empezó a unir de manera cada vez más clara periodismo y activismo.

Pero fue la revista Ms. la que convirtió esa unión en una revolución con nombre propio. Frente a Miss y Mrs., que identificaban a una mujer como soltera o casada, desde su portada, la cabecera presentaba toda una declaración de intenciones: Ms. proponía un tratamiento equivalente al Mr. masculino, uno que no necesitara explicar su estado civil ni definirla por su relación con un hombre. Steinem había conocido el término a través de la activista Sheila Michaels, que llevaba años reivindicándolo.

Fundada en 1971 por Steinem junto a un grupo de periodistas y activistas feministas –una de sus reuniones fundacionales tuvo lugar precisamente en su apartamento–, nació primero como un número especial insertado en New York Magazine y llegó a los quioscos como publicación independiente en 1972. Frente a unas revistas para mujeres todavía volcadas en enseñarles cómo encontrar marido, conservarlo, criar hijos o elegir electrodomésticos, con Ms. se propuso algo radicalmente distinto: utilizar una revista para dar voz nacional al movimiento feminista. Aborto, violencia sexual, discriminación laboral, lenguaje sexista… Asuntos confinados hasta entonces al terreno de lo privado entraban en sus páginas como cuestiones públicas.

En un evento de ‘Ms. Magazine la revista que fundó con activistas y periodistas.

Pero su figura no estuvo exenta de controversia. Ya en los setenta, reconocida como líder del movimiento, se criticaban su apariencia normativa, su gusto por la moda –aunque ha contado muchas veces que sus emblemáticas gafas eran una estrategia contra su pavor inicial a hablar en público– y su posición acomodada. Considerada por muchos la feminista mainstream, si una parte del movimiento veía en ella la versión amable que el sistema estaba dispuesto a aceptar, otra entendía que era precisamente así como podía romperse desde dentro.

También fue cuestionada cuando se casó. Había pasado toda su vida criticando una institución que había colocado legal y económicamente a las mujeres en una posición de dependencia. Steinem llegó a comparar el matrimonio tradicional con una forma de esclavitud. “Yo no cambié. El matrimonio cambió”, explicaría años después. Fue gracias, de hecho, a su lucha. “Pasamos treinta años cambiando las leyes matrimoniales”. Tenía 66 años cuando se casó con el activista David Bale, padre del actor Christian Bale, en casa de su amiga Wilma Mankiller. Estuvieron juntos hasta la muerte de Bale, apenas tres años después.

Nadie fuera de la lucha

La palabra igualdad, en su caso, no se circunscribía a la de mujeres y hombres. Ya en los años sesenta encarnó lo que décadas después llamaríamos un feminismo interseccional, entendiendo que la desigualdad de género no podía desligarse del racismo, la clase, la orientación sexual o, más adelante, la identidad de género. Esa amplitud de miras la enfrentó también a algunas de sus compañeras de movimiento. Betty Friedan, autora de La mística de la feminidad y otra de las grandes figuras de la segunda ola, había construido buena parte de su discurso alrededor de la frustración de la mujer blanca, heterosexual y de clase media, y llegó a considerar que la creciente visibilidad de las lesbianas podía perjudicar al movimiento. Steinem tomó otra dirección.

Con Mortimer Zuckerman empresario y editor con quien Steinem mantuvo una relación sentimental durante varios años.

Frente a un feminismo que corría el riesgo de reproducir sus propias exclusiones, entendió que la liberación de las mujeres no podía construirse dejando a otras atrás. Su cercanía a activistas negras como Dorothy Pitman Hughes, con quien recorrió el país dando conferencias, y a líderes nativas americanas como Wilma Mankiller, así como su defensa de los derechos de las mujeres lesbianas, fueron ensanchando una idea de igualdad que en sus últimos años abrazó también al colectivo trans. No siempre fue así. En los años setenta, Steinem había escrito sobre la transexualidad desde posiciones que décadas después ella misma consideraría superadas. En 2013 quiso revisar públicamente aquellas palabras en un artículo para The Advocate: “Creo que las personas trans, incluidas aquellas que han transitado, están viviendo vidas reales y auténticas. Esas vidas deberían celebrarse, no cuestionarse”. Reconocía entonces que lo escrito décadas atrás ya no reflejaba lo que sabíamos sobre el género e instaba a abandonar las categorías binarias de lo masculino y lo femenino. Una rectificación que decía mucho de su capacidad para permitir que el propio movimiento transformara también sus ideas.

El mundo que deja

Gloria vio cómo el nuevo siglo acercaba a una mujer como nunca antes a la presidencia de Estados Unidos. En las primarias demócratas de 2008 apoyó a Hillary Clinton frente a Barack Obama, no sin antes defender que ambos representaban avances históricos y advertir del peligro de comparar la lucha contra el racismo y contra el sexismo. A la hora de elegir, pesó para ella la experiencia de Clinton, una mujer cuyo paso por la Casa Blanca, Steinem nunca entendió como el de una mera primera dama. “El género es probablemente la fuerza más restrictiva de la vida estadounidense, tanto si la pregunta es quién debe estar en la cocina como quién puede estar en la Casa Blanca”, escribió entonces. Cuando Obama fue designado reptresentante demócrata, Steinem se volcó en apoyarlo y celebró después el enorme significado simbólico de ver a un presidente negro, junto a Michelle Obama y sus dos hijas, entrar en una Casa Blanca construida en parte por esclavos. En 2013 sería el propio Obama quien le impondría la Medalla Presidencial de la Libertad.

Gloria Steinem junto a Barack Obama durante la ceremonia de entrega de la Medalla Presidencial de la Libertad en la Casa...

Gloria vivió para ver –y promover– la llegada de una nueva ola del feminismo en una sociedad global y digital. Estuvo ahí cuando el #MeToo convirtió la violencia sexual en una conversación planetaria; cuando las calles de ciudades de todo el mundo empezaron teñirse cada Día de la Mujer de mareas moradas; y cuando conceptos como consentimiento, brecha salarial, corresponsabilidad o violencia de género se instalaron definitivamente en las agendas públicas y privadas. Sin embargo, también vio cómo el feminismo se convertía en eslogan, campaña publicitaria y estrategia de marketing, no siempre acompañado de transformaciones reales. Y, sobre todo, comprobó que ningún derecho conquistado era irreversible. En 2022, casi cincuenta años después, el Tribunal Supremo estadounidense eliminó la protección constitucional federal del derecho al aborto por la que su generación había luchado. “La libertad reproductiva es un derecho fundamental, como la libertad de expresión”, defendió hasta el final de sus días.

El mundo que deja Steinem es uno capaz de acariciar el progreso y, años después, deshacer derechos que parecían ganados; de retransmitir genocidios en tiempo real donde las mujeres y la infancia siguen sufriendo de manera desproporcionada la violencia sexual y la vida, para otros, sigue su curso. De repetir los mismos errores, al fin y al cabo. “Di lo que el mundo que te rodea necesita más de ti —ya sea seguridad u honestidad, afecto o rabia, o todo lo anterior—. Encuentra a personas que te comprendan y te apoyen, y tú las comprenderás y apoyarás a ellas”, dijo una vez, preguntada por un consejo para las nuevas generaciones. El movimiento, parece recordarnos con su marcha, nunca debe detenerse.

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Fuente: https://www.vogue.es/articulos/quien-fue-gloria-steinem-la-vida-en-movimiento

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