Una excavación ligada al nuevo tren entre Ciudad de México y Querétaro saca a la luz un espacio funerario que revela la vida, la muerte y las redes de poder del mundo teotihuacano.

Víctor Heredia Vía.Instituto Nacional de Antropología e Historia
Lucía Fernández Moreno / Historia National Geographic
El trazado de una nueva línea ferroviaria en México ha abierto una grieta inesperada en el tiempo. Bajo la zona norte de Tula, arqueólogos han recuperado una necrópolis vinculada a la expansión de Teotihuacán: ocho individuos enterrados en contexto ritual, decenas de vasijas en miniatura y restos de un antiguo complejo residencial que funcionó hace más de quince siglos. El hallazgo, lejos de ser un episodio aislado, dibuja una geografía oculta de asentamientos, intercambios y prácticas funerarias que conectaban esta región con una de las grandes capitales del mundo prehispánico.
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Una tumba reutilizada durante generaciones
El descubrimiento fue realizado por investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH), que desde septiembre de 2025 trabaja en una superficie de más de 2.400 metros cuadrados a lo largo de la futura vía ferroviaria. El equipo, liderado por el arqueólogo Víctor Heredia Guillén, identificó cinco tumbas en forma de pozo y otros enterramientos integrados en lo que habría sido un complejo residencial prehispánico.

La estructura más relevante apareció en el lado norte de una habitación doméstica. Allí se localizaron los restos de ocho individuos de distintas edades, la mayoría adultos. Seis de ellos habían sido colocados en posición sentada, una práctica funeraria documentada en diversos contextos mesoamericanos. Los otros dos conjuntos óseos mostraban alteraciones, señal de que la tumba fue reutilizada en distintos momentos. Los investigadores explican que, al introducir nuevos enterramientos, los restos anteriores eran desplazados para liberar espacio dentro del mismo recinto funerario.
Entre los objetos recuperados destacan un adorno de concha y fragmentos de un colgante semicircular de nácar, materiales que apuntan tanto a redes de intercambio como a un fuerte componente simbólico. La directora de campo, Laura Magallón Sandoval, confirmó la presencia de niños, juveniles y adultos, entre ellos un menor de entre 8 y 11 años.
47 vasijas y una red bajo Teotihuacán
Uno de los elementos más singulares del hallazgo son las 47 vasijas en miniatura encontradas alrededor de los cuerpos. Su disposición sugiere un acompañamiento ritual cuidadosamente organizado, como si el enterramiento hubiera sido sellado en un único gesto ceremonial y no en episodios aislados. En otra tumba cercana aparecieron recipientes grabados que fueron extraídos en bloque junto con la tierra que los rodeaba, una técnica que permitirá su estudio posterior en laboratorio sin alterar el contexto original del hallazgo.

Las tumbas han sido fechadas entre las fases Tlamimilolpan (225-350 d.C.) y Xolalpan (350-550 d.C.), en pleno periodo de expansión de Teotihuacán, situada a unos 90 kilómetros del yacimiento. Más allá del componente funerario, el hallazgo refuerza la hipótesis de una red territorial compleja.
Según el arqueólogo Jonathan Velázquez Palacios, la región de Tula habría tenido un papel clave en la extracción de cal, materia prima esencial para el estuco que cubría edificios en la gran ciudad. Este sistema sugiere la existencia de asentamientos satélite y zonas de producción especializadas que alimentaban el crecimiento urbano y ceremonial de Teotihuacán.