
Por Dr. Fidencio Aguilar Víquez
A mi hermano Filo,
a mi compadre Tito de la Torre
y a la memoria de mi suegro,
don Rodolfo Ruiz,
por sus cumpleaños.
¿Qué significa cumplir sesenta años de edad? En el bosque de nuestra existencia nos encontramos constantemente en esa tensión entre “el desesperado querer ser uno mismo” y “el desesperado no querer ser uno mismo” (1). Tal dinámica no siempre es “desesperada”, puede darse con cierto “solaz” o indiferencia, pero de una u otra forma, la persistencia es, por un lado, el buscar conocernos, saber quiénes somos; por otro lado, reconocernos; y por otro lado más, realizarnos con lo que somos; cosa nada fácil.
Es verdad que buscamos conocernos, saber quiénes somos, qué y para qué estamos en esta existencia temporal, consciente, con deseos de infinito, pero en esa búsqueda nos perdemos fácilmente si solo confiamos en nuestras fuerzas; más aún, “desesperamos”, precisamente porque queremos que ya, con sólo ordenarlo, “decretarlo”, alcancemos ese autoconocimiento sin aceptar el trabajo arduo que ello supone. No es fácil conocerse a sí mismo, aunque nos “tengamos” a la mano.
“En efecto, para mí mismo no sólo soy obvio, sino también sorprendente, enigmático, incluso: desconocido: tanto que pueden ocurrir dos cosas como ésta: miro un día al espejo y me pregunto extrañado (¡qué reveladora es la palabra “extrañado”, herido por la extrañeza, devuelto a la extrañeza; pero fijémonos: extrañeza entre mí y mi imagen!), me pregunto, pues: ¿quién es ese? (…) ¿No debería decir con la misma razón: Yo no soy yo, sino que espero llegar a serlo? ¿No me tengo a mí, sino que estoy en camino hacia mí?” (2).
De ese trecho entro lo que somos —que no lo sabemos con total certeza— y lo que esperamos ser —que tampoco lo sabemos con certeza— brota ese ánimo “desesperado”: como no tenemos certeza ni de lo uno ni de lo otro puede morir nuestra esperanza. De ahí que podamos decir que buscamos “desesperadamente” ser lo que somos. Y a veces ocurre que cuando descubrimos lo que somos, no queremos ser lo que somos; entonces, volvemos a “desesperar” para dejar de ser lo que somos.
Por ello, aunque somos los que más nos conocemos a nosotros mismos —supuestamente—, en el fondo, somos los que más nos desconocemos a nosotros mismos. Nos conocemos más que nadie, pero somos, al propio tiempo, los más enigmáticos para nosotros mismos. En ese sentido el espejo, además de mostrarnos los rasgos de la edad, nos muestra esa discrepancia. No es rara esa extrañeza que nos sorprende un buen día mientras nos miramos al espejo: “¿Quién eres tú?”, decimos.
El primer desconocido es nuestro propio yo; es el primer otro, es el primero con el que nos damos cuenta de la otredad. Yo soy para mí mismo, otro, incluso a veces ese otro se me presenta como un abismo: “Balcón al voladero dentro de mí”, dice un poema de Octavio Paz (3). Pero se trata de otro que, en el fondo, soy yo mismo. Y para conocer a ese otro, como para conocer a cualquier persona, es preciso “salir” de nosotros mismos y, también, “regresar” a nosotros mismos, no quedarse “fuera”, sino ir dentro.
Un cuento jasídico nos habla de lo primero: salir de nosotros mismos. El rabino Aizik de Cracovia tiene un sueño recurrente; él, que es pobre y carente de recursos, sueña que, en Praga, debajo de un puente hay un tesoro escondido. Decide ir. Ubica entonces el puente de su sueño y acude todos los días, viendo dónde puede estar el tesoro, pero hay soldados vigilando siempre. El capitán de éstos, le pregunta qué busca. Aizik le cuenta su sueño y los esfuerzos que tuvo que hacer para llegar a Praga.
El capitán se ríe y le cuenta que él mismo ha soñado que en Cracovia, en una casa de un tal Aizik —se la describe—, debajo de una estufa, hay un tesoro. “Pero es sólo un sueño, y no estoy loco para ir allá por un mero sueño”, le dice. El rabino comprende, entonces, que se trata de su casa. Regresa a ésta, ubica el lugar que le había dicho el capitán, cava y encuentra el tesoro (4). Salir de nosotros mismos es relevante para que otro, incluso un desconocido, nos indique dónde escondemos nuestro propio tesoro.
Es conveniente salir de nuestro lugar (a veces físicamente, pero sobre todo existencialmente), mas también “regresar”, no quedarse “fuera”, en las cosas exteriores, aparentes, no esenciales. Como aconseja san Agustín: a) “Noli foras ire” (“No vayas fuera”, “no te quedes fuera”); b) “Rede in te” (“Regresa a ti mismo”); y si descubres que eres finito; c) “Trascende et te ipsum” (“Trasciéndete a ti mismo”) (5). No hay que quedarse en el yo aparente, externo, sino ir al yo interior, nuestro tesoro.
Esto puede sonar muy subjetivista, pero el tercer momento agustiniano rompe tal posibilidad: ¡“Trascende et te ipsum” (“Trasciéndete a ti mismo”)! Nosotros con nuestras propias fuerzas no podríamos hacerlo: Encerrados en nosotros y ensimismados, luego de decepcionarnos de los demás, no podríamos trascendernos. Es aquí donde aparece una luz, la luz de la verdad: Aunque vivimos en este mundo finito y nosotros mismos morimos en él, nuestro deseo de infinito prevalece.
Claro, podríamos decir, como el capitán de Praga, que ese deseo, es un sueño, una locura y que no vamos a emprender esa búsqueda porque no hay otro mundo más que este. Pero tendríamos que concluir con Calígula, el personaje de Camus: “Los hombres mueren y no son felices” (6). O, bien, podríamos admitir que hay otra probabilidad: que un Dios hecho humano sea “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), que haya muerto y resucitado, y nos diga: “El que cree en mí, aunque muera vivirá” (Jn 11, 25).
Acabo de cumplir sesenta años de edad. Llego con gratitud, asombro e incertidumbre. Con gratitud por todo lo que Dios me ha dado en la vida, que me ha permitido llegar hasta este momento; con asombro porque no dejo de percibir ciertos momentos curiosos como este: Salía yo de una consulta médica y la guardia del hospital me abrió la puerta diciéndome: “¿Tercera edad?” (Esto por no hablar de mi credencial del INAPAM); con incertidumbre porque ante el espejo sigo preguntándome: “¿Quién eres tú?”, y porque me asomo a un nuevo horizonte desconocido: la tercera edad.
No sé si en esta edad prevalezca el deseo de volver a ser niño como sugiere Cornelia Funke en El señor de los ladrones. Sí sé que me gustaría, como lo hizo mi papá conmigo y mis hermanos, y como lo hice con mis hijos, contarles historias a mis nietos. Me gustaría conservar la curiosidad, la admiración y el asombro para seguir aprendiendo. Como los jóvenes, sin ya serlo, me gustaría mantener el sentido de justicia y de verdad. Y arrancarme, con lo que soy y estoy llamado a ser, a tomar la vida entre mis manos.
La muerte es ineludible, hoy, en cinco, diez, veinte años o más, me llegará sin lugar a duda. ¿Cómo? No lo sé; me gustaría que fuera leyendo o escribiendo; o estando con mi mujer. ¿Y si fuera sorpresivamente? ¿Inesperadamente? ¿Trágicamente? Recuerdo unas palabras (no sé quién las dijo, ¿uno de mis hermanos, un amigo, lo leí?): “No importa tanto el modo de morir como el modo de vivir”. Con Amado Nervo, me gustaría decirle a la vida: “Estamos en paz”. Pero más me gustarían las palabras del siervo a su Señor: “Dos talentos me diste, aquí tienes otros dos que con ellos hice.” (Mt 25, 19-27).
Referencias
1. Helmut Thielicke, Esencia del hombre. Ensayo de antropología cristiana, Herder, Barcelona 1985, pp. 51ss y 63ss.
2. Romano Guardini, La aceptación de sí mismo/ Las edades de la vida, Librería Parroquial, sle,1964, pp.17-18.
3. Octavio Paz, Pasado en claro (1974), en Un sol más vivo. Antología poética, Era, México 2014, p. 241.
4. NBI, El sueño del rabino Aizik, cuento jasídico, 27/oct/2018, https://goo.su/ldWJRt.
5. Agustín, san, La verdadera religión, 39, 72, en Obras de San Agustín, tomo IV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1975.
6. Albert Camus, Calígula, Acto I, escena V, Omegalfa 2018, pp. 8-9.
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