
Por Dr. Fidencio Aguilar Víquez
Hemos constatado recientemente con azoro tres hechos que muestran cómo el poder pretende opacar al derecho y sustituir a la verdad: 1) El ataque del presidente Trump al papa León XIV, molesto porque éste ha señalado que no puede usarse el nombre de Dios para justificar decisiones bélicas; 2) La molestia y revire del gobierno mexicano a la decisión del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU de llevar a la Asamblea General el caso de México; 3) La decisión del gobierno poblano de llevar a cabo a fortiori el Cablebús y otras obras, sin medir consecuencias ecológicas ni sociales. Estas decisiones parecen tener un rasgo común: saltar la dignidad humana.
Estos hechos tienen diferente dimensión, pero acaso la misma inspiración: la fuerza del poder. El primero es de orden global, el segundo nacional y el tercero local. En otros tiempos, las decisiones del poder político solían tener más cautela, juego multilateral, o se daban en contextos de pluralidad y reconocimiento de otros sectores, grupos o partidos, incluso minoritarios. La búsqueda del consenso, sobre todo de las partes discordantes, era una premisa relevante. El derecho contenía incluso a los poderosos.
Hoy han cambiado las cosas. La irrupción de los neopopulismos de diverso cuño en varias partes del globo ha tenido sus efectos que parecen romper el derecho internacional y el Estado de derecho como formas de convivencia civilizada. Aparece, en su lugar, la voluntad de poder como justificación de las estrategias y decisiones políticas, con un ingrediente autolegitimador: la verdad no está más allá del poder, sino que la genera el poder mismo. Es decir, la verdad es el poder y viceversa.
¿Cómo aparece esa identificación entre la verdad y el poder? ¿Cómo se llegó a esa conclusión? Históricamente hay algunas experiencias, particularmente dos: 1) La Inquisición; 2) Los totalitarismos modernos. Añadiría yo, para nuestros días, el fenómeno de los neopopulismos, tanto de izquierdas como de derechas. Estos acaecimientos históricos pretenden partir de una premisa: “El fundamento de mi autoridad es divino, mis decisiones tienen ese carácter, por tanto, están justificadas”.
Hay en dicha premisa un trasfondo mítico-divino-teológico. En la Antigüedad era muy visible: el faraón o el emperador eran “hijos de la divinidad”, eran divinos. Por tal virtud mandaban no sólo civilmente, sino religiosamente, eran dueños de la vida y de la conciencia de sus súbditos. De hecho, Jesús de Nazareth desmitificó esa identidad entre la verdad y el poder, y pide a sus seguidores: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21). Con ello, la conciencia no pertenece al poder. Más aún, la conciencia es un dique, un tope, un alto al poder, a todo poder (A).
San Agustín, al plantear las dos ciudades, la de Dios y la del hombre (o del mundo o del diablo), expandía a otros ámbitos la tesis de su maestro: al ámbito histórico, moral y político. Se trata del corazón humano, de la interioridad, ahí donde las dos ciudades disputan la libertad humana. “Dos amores han dado origen a dos ciudades; el amor a a sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor” (B). La falta de distinción o su confusión de dichas ciudades generó la Inquisición.
Se trata, dice P. Ricoeur, de la síntesis clerical que, en nombre de la unidad de la verdad, generó violencia al no aceptar que la búsqueda de dicha verdad es paulatina, lenta, a veces recesiva y regresiva, “porque siempre se quiere rizar el rizo demasiado pronto. La unidad realizada de lo verdadero es precisamente la mentira inicial. (C). Y añade: “La autoridad no es culpable en sí misma. Pero es la ocasión de las pasiones del poder.” (D). Es la impaciencia (violenta) de que la verdad se realice ya, aquí y ahora.
Con el secularismo moderno, cuando la fuente legitimadora del poder ya no era divina, sino secular, no hubo otra instancia de autoridad que el pueblo, la voluntad popular. Y aquí es donde, siguiendo al mismo Ricoeur, aparece en la historia la síntesis política, la de los totalitarismos, cuya premisa era la misma: la verdad tiene que realizarse aquí y ahora, en este momento. “La verdad una se va haciendo y se hará; todas las contradicciones se disolverán en una síntesis superior” (E). Es la revolución.
Luego del fracaso de esas síntesis, la confusión entre verdad, autoridad y poder ha prevalecido con la irrupción de los neopopulismos y las nuevas formas de identificación de verdad, autoridad y poder en la figura del líder político. Éste habla, entonces, en nombre de Dios, de la verdad y de la nación. Sus seguidores lo miran, entonces, como profeta, como hombre elegido por Dios para llevar a cabo sus planes. Ya no hay una conciencia moral que pueda detenerlo, increparlo, corregirlo.
No entiendo de otra manera que el presidente Trump haya lanzado sus críticas al papa León XIV, sin reconocer que éste porta una conciencia moral del poder, de todo poder que pretenda ir más allá de la dignidad humana, sobre todo de los más vulnerables. Ese halo de divinidad, de verdad absoluta —aquí y ahora—, envuelve al gobierno mexicano, sobre todo cuando, más allá de la dignidad de las víctimas y sus familias, no acepta algunas medidas justamente para esclarecer la verdad de los desaparecidos. A nivel aldeano esa misma actitud se muestra en el gobierno estatal con decisiones arrebatadas, sin reconocer la realidad.
Referencias
A. Joseph Ratzinger, Iglesia, ecumenismo y política. Nuevos ensayos de eclesiología, Biblioteca de Autores Cristianos (BAC), Madrid 1987, pp. 93-98.
B. Agustín, san, La ciudad de Dios, XIV, 28, en Obras completas de San Agustín, tomo XVII, 2º, BAC, Madrid 1988, p. 137.
C. Paul Ricoeur, Historia y verdad, Encuentro, Madrid 1990, p. 155.
D. Ib., p. 156.
E. Ib., p. 162.
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