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Opinión | ¿Cuánto vale tu paz? México frente a la hidra que aprendimos a medir

@ojedapepe

¿Cuánto vale tu paz? Como padre de familia, empresario, trabajador, estudiante o simplemente como un mexicano de a pie que busca vivir con tranquilidad, ¿cuánto vale salir de casa sin miedo, abrir un negocio sin amenazas o saber que tus hijos pueden volver seguros?

La pregunta puede sonar simple, pero no lo es. Durante años hemos hablado de la violencia en México como si fuera una sombra inevitable: algo que todos padecemos, pero que muchas veces evitamos nombrar con precisión. Y ahí empieza parte del problema. Cuando una realidad no se nombra, tampoco se mide; y cuando no se mide, difícilmente se corrige.

Nombrar importa. Cuantificar también. Las medias tintas y los zigzagueos cansan. Como ya se ha vuelto sabiduría popular, para un barco sin rumbo cualquier puerto parece bueno. En política pública ocurre lo mismo: si no sabemos hacia dónde queremos ir, cualquier discurso puede presentarse como estrategia.

En la saga de Harry Potter, podemos encontrar un ejemplo poderoso: Voldemort era “el que no debe ser nombrado”. El miedo empezaba justamente ahí: en no atreverse a decir su nombre. Los protagonistas avanzan cuando entienden que enfrentar el mal exige nombrarlo. Con la violencia pasa algo parecido. No basta con padecerla; hay que decir qué es, cuánto cuesta, dónde golpea y qué instituciones se requieren para enfrentarla.

Hace un año, al observar la crisis de violencia en Sinaloa, escribí que la inseguridad en México parecía una hidra de mil cabezas: aquella criatura mitológica a la que, al cortarle una cabeza, le crecían otras más. La imagen no era exagerada. La violencia mexicana no opera como un fenómeno lineal; se desplaza, se fragmenta, muta y encuentra grietas ahí donde el Estado llega tarde, débil o dividido.

Hoy, a la luz del Índice de Paz México 2026, elaborado por el Instituto para la Economía y la Paz, podemos decirlo con claridad: aquella advertencia no estaba fuera de lugar. México mejoró 5.1% en paz durante 2025, la mayor mejora registrada en la historia del índice. Además, la tasa de homicidios disminuyó 22.7%, casi siete mil muertes menos que en 2024. Son datos relevantes y deben reconocerse. No hacerlo sería mezquino.

Pero tampoco conviene confundir una mejora con una victoria. El propio informe advierte que, pese a los avances recientes, la trayectoria de México sigue siendo incierta. El debilitamiento de algunos grupos criminales puede abrir una oportunidad, pero también puede provocar nuevos ciclos de fragmentación y violencia. La hidra no ha desaparecido: algunas cabezas se han debilitado; otras se han movido de lugar.

El caso de Sinaloa vuelve a ser ilustrativo. Mientras el país presentó una mejora general, ese estado registró el mayor deterioro en paz durante 2025, empujado por la violencia entre facciones del Cártel de Sinaloa. La lección es clara: México no puede leerse solo desde el promedio nacional. La paz no se vive en las estadísticas generales; se vive en los territorios, en las colonias, en las familias y en los cuerpos concretos de las personas.

Por eso resulta valioso que ejercicios como este informe —desarrollado con el apoyo de Fundación Coppel— ayuden a visibilizar la paz como una realidad medible. México necesita discutir la paz con datos, no solo con consignas; con evidencia, no solo con intuiciones.

El dato económico es contundente. En 2025, el impacto económico de la violencia en México ascendió a cuatro billones de pesos, equivalente a alrededor del 11% del PIB nacional. Traducido a la vida cotidiana: $30,036 pesos por persona, casi el doble del salario mensual promedio en el país. La violencia no solo mata; también empobrece, paraliza, encarece, desplaza inversiones, destruye negocios y rompe comunidades.

Y aunque ese costo disminuyó 11.4% en 2025, la factura sigue siendo demasiado alta. Una cosa es que el daño baje; otra muy distinta es que deje de ser estructural. México continúa destinando recursos inmensos a contener, reparar o sobrevivir a la violencia, cuando podrían orientarse a educación, salud, infraestructura, cultura, innovación y desarrollo comunitario.

Además, la paz no es solo reducción de homicidios. El informe advierte que en 2025 la violencia familiar se convirtió en el delito con violencia más común del país, y que la violencia sexual aumentó 176% desde 2015. Esto obliga a ampliar la conversación: la paz también se construye dentro de los hogares, las escuelas, los barrios y las relaciones cotidianas.

Por eso, frente a la mejora reportada, la postura responsable no es negar el avance ni celebrarlo sin matices. Lo correcto es reconocerlo, cuidarlo y exigir que se vuelva sostenible.

La pregunta ya no es solo quién cortará las mil cabezas de la hidra. La pregunta es si tendremos la inteligencia institucional, la voluntad política y la responsabilidad ciudadana para impedir que vuelvan a crecer.

Desde las antípodas, por esta ocasión finalizo; la paz no vale cuatro billones de pesos. Vale mucho más: vale la posibilidad de vivir sin miedo.


+ OPINIÓN : Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor

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