Los Periodistas

Opinión | Concluye un cuarto de siglo

Ha pasado ya un cuarto del siglo XXI. Han ocurrido cambios profundos y vertiginosos en diversos ámbitos de la existencia humana, tanto relacionados con la vida personal como con la vida social, así como con la existencia del planeta. Lo que en un momento era inimaginable, hoy acontece con el ritmo de lo ordinario. Los grandes problemas que existían cuando se abría la edad de la globalización en los noventa no sólo no se han resuelto, sino que se han acentuado. Pobreza, violencia, corrupción, impunidad siguen vigentes.

El fundamentalismo ha pasado de lo religioso a lo político y social. La democracia, que abría horizontes de esperanza en la última década del siglo pasado, hoy fenece a manos de quienes se beneficiaron de ella, y en su nombre la sepultan. Hoy todo se hace en nombre del poder, el “poder del pueblo” y/o el “poder del dinero”. Este cuarto de siglo transcurrido, como el año que concluye ahora, nos muestra dos o tres horizontes que se abren, con sus retos ingentes y grandes riesgos para la vida misma.

México no es la excepción; apenas conocíamos algo de democracia, cuando el actual régimen ha hecho todo para demolerla por dentro y pretende mantener su fachada. “Somos el país más democrático del mundo”, proclama la mandataria en ausencia de división de poderes, de transparencia y de libertades básicas como la de expresión. Hay ya varios ejemplos que dan cuenta de ello; Campeche, Veracruz y Puebla han mostrado cómo el poder se impone sobre la crítica democrática, y quieren el halago mediático.

Si nos remontamos a inicios del siglo, en México creímos que nuestra alternativa no era sino la vida democrática. Es cierto que los antecedentes se habían dado previamente y creímos que eran estables, fuertes, esenciales. Había una sincera esperanza de que muchos problemas se resolverían por la vía pacífica, democrática, transparente, participativa; hoy al ver la violencia generalizada, la inseguridad explícita, el abuso del poder, la opacidad gubernamental y el miedo social, cuestionamos: ¿qué nos pasó?

Dejamos de percibir la realidad. El desencanto ante la corrupción, la miseria, la desigualdad, el escándalo, nos hizo tener la sensación de que no había otro camino que el de la honestidad y la justicia a toda prueba. En medio de la desesperanza y el lodo de la podredumbre, creímos en las palabras, en la sinceridad, en la lucha de tantos años de hombres y mujeres al margen de las instituciones. Creímos que su palabra bastaba, que su honradez estaba probada. Detrás de ellos estaban los nuevos poderes fácticos.

Son cotidianos los reportes y datos de crímenes, desapariciones, delitos de toda índole; los gobiernos federal y estatales lo saben y lo niegan, imponen “otros datos” sin pruebas en la realidad: basta su palabra, reducen la política a mera retórica y, en los hechos, al ejercicio crudo del poder. A éste lo revisten del “mandato” del pueblo, de su soberanía, su voluntad, pero lo primero que hicieron fue burlarse de ese mandato: no respetaron el voto ciudadano, lo violaron, y, con arrogancia, se rieron del electorado.

El régimen actual ha desmantelado a la sociedad civil, a sus cuerpos intermedios, a sus formas de organización. En cambio, según han documentado periodistas, activistas y analistas, ha hecho alianza con grupos criminales al margen de la ley. El exmandatario AMLO en varias ocasiones elogió a esos grupos porque “se portaron muy bien”, y adoptó la política de seguridad de “abrazos, no balazos». El caso Teuchitlán, este año, donde hubo indicios de desaparición de personas, fue minimizado por el régimen.

Este año 2025 será el año de la minimización por parte del actual gobierno federal. No sólo está Teuchitlán, también la marcha de la generación Z del 15 de noviembre pasado fue minimizada y desacreditada por la mandataria federal; no cabe duda de que el descarrilamiento del Tren Interoceánico también lo será en cuanto a la responsabilidad y omisión de las autoridades para garantizar seguridad de los viajeros. Como en la tragedia de la Línea 12 del Metro de la CdMx, los responsables podrían ser encubiertos.

A nivel local el escenario no es muy diferente. A inicios del siglo en Puebla gobernaba Melquiades Morales, quien se impuso a su antecesor Manuel Bartlett mediante un fuerte corporativismo, ante la fuerza del Estado y la burocracia. Mario Marín hizo lo mismo con Morales y ejerció un gobierno poco ortodoxo y con escándalos tras bambalinas. Entre sus cuadros y brazos estaba el actual mandatario, encargado entonces de los programas sociales y de las fuerzas vivas del partido.

Pero hay una notable diferencia. El escándalo Lydia Cacho le costó a Marín su carrera política. ¿Por qué? Porque había una cierta división de poderes y de ámbitos (federal y local). Hoy todo forma parte de la masa mesiánica de la 4T. Sin contrapesos, el poder define todo. La formación política del mandatario de antaño y del actual es la misma, el humus es similar, sólo cambiaron las circunstancias y las reglas: estar en el “movimiento” absuelve. Si miramos bien, el equipo prevalece: muchos siguen.

Este cuarto de siglo también nos enseña mucho. El mundo unipolar de la globalización ha sido sustituido por el mundo tripartita de hoy: Estados Unidos, China y Rusia reinauguran el feudalismo político, militar, económico y tecnológico. El endiosamiento del poder es la regla para estas potencias. Las democracias fenecen y será un reto conformarlas a los nuevos tiempos. La política renace ante la economía, pero con un defecto tremendo: quiere sacralizarse, volverse una religión, una instancia última.

Sin embargo, la política no abarca la totalidad de la existencia humana ni responde a los más profundos anhelos de ésta. Pretender sacralizar al poder político e instaurarlo como nueva providencia divina es un encegamiento que, como droga, seduce a las masas. Ante tal desafío, la conciencia crítica y moral del poder es imprescindible. El poderoso no tiene ni puede tener la última palabra. Más aun, debe someterse al juicio de la verdad, de la realidad, de la dignidad humana y de la sociedad a la que dice servir.

Este cuarto de siglo nos ha mostrado varios rostros: Cuatro papas, cada uno con su personalidad y peso específico. A nivel América Latina ha habido tres premios Nobel: Vargas Llosa de literatura (2010); Juan Manuel Santos y María Corina Machado de la paz (2016 y 2025 respectivamente). La crisis económica (2008-2014) y la crisis epidémica del COVID-19 (2020) que costó millones de vidas humanas al globo y a México más de 600 mil, muestran la fragilidad humana y la necesidad de cuidarnos unos a otros.

El cuidado del otro, de los más vulnerables en la familia, en la escuela, en el trabajo y en la sociedad es imprescindible para conservar nuestra humanidad. No podemos pasar de largo ante el rostro y la mirada que nos pide tenderles la mano.

Pero no podemos quedarnos a nivel de buenos sentimientos; tendremos que traducirlos en acciones y en instituciones públicas, reconstruir un marco social, político y jurídico que reconozca y resguarde los derechos personalesciviles y políticos. Se llama Estado de derecho.



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