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Manual para entender una geopolítica enloquecida | ethic

El orden liberal internacional al que estábamos acostumbrados ha cambiado. Es una aseveración que analistas y politólogos llevan haciendo desde hace ya algunos años, pero ¿cuándo empezó esa transformación? ¿Qué la caracteriza y hacia dónde nos conduce? Repasamos las principales claves que nos ayudan a comprender estos tiempos convulsos.

Ilustración: Óscar Gutiérrez

POR: Carmen Gómez-Cotta / ETHIC 

Ilustraciones: Óscar Gutiérrez

Junio de 1944. Las tropas aliadas desembarcaron en Normandía para comenzar la liberación de Europa de los nazis. La Operación Overlord, una ofensiva militar sin precedentes, allanó el camino hasta el Día de la Victoria, en mayo de 1945, cuando la Alemania de Hitler cayó. Pocas veces el mundo ha estado tan cerca de ser tan distinto.

Con el objetivo de evitar guerras de semejante calibre, además de promover la cooperación política y garantizar la estabilidad económica, las potencias vencedoras diseñaron un orden internacional basado en dos pilares fundamentales: uno financiero —con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio— y otro político —con las Naciones Unidas—.

Nacía así una nueva arquitectura que ha funcionado durante 70 años. O mejor dicho: Occidente creyó que funcionaba. Porque hay otra parte del mundo que no encaja en un sistema de normas que no se ajusta a su realidad. «En ese orden de 1945 han aparecido países emergentes que no han encontrado acomodo, porque les parecía un orden injusto que no los representaba», explica José Ignacio Torreblanca, director de la oficina en Madrid del European Council on Foreign Relations. Emergieron así India, China, Rusia; potencias que comenzaron a participar económicamente gracias a la globalización, que ahora reclaman su hueco y que, poco a poco, «empiezan a erosionar la legitimidad de un sistema y unas instituciones multilaterales que no se reforman y no les dan acceso».

Dentro de ese paulatino desplazamiento de las fichas tradicionales en el tablero internacional, tres hechos han afianzado la percepción de que el orden al que estamos acostumbrados está cambiando: la China de Xi Jinping, la Rusia de Vladímir Putin y los Estados Unidos de Donald Trump.

José María Beneyto: «El tema de nuestro tiempo es la emergencia de China en el poder mundial»

Ilustración: Óscar Gutiérrez

El despertar del dragón

«El tema de nuestro tiempo es la emergencia de China, que ejerce un poder y una influencia transformadora en el orden internacional», sostiene José María Beneyto, abogado y experto en relaciones internacionales que lleva tiempo observando de cerca el crecimiento del país asiático. Durante los primeros años de Xi Jinping, China no mostraba de manera explícita su voluntad de influencia, «entre otras cosas, porque estaban parapetados bajo ser un país en vías de desarrollo que necesitaba a los demás», añade Beneyto. Además, «creían en los principios de cooperación internacional, en el libre comercio, atrajeron inversión, se hicieron con el know-how occidental». Pero llegó un momento en el que Estados Unidos se dio cuenta de que esa ascensión trae consigo «una amenaza a la seguridad, no solo económica, sino también al dominio de los mares». Así, de forma aparentemente sutil, Xi Jinping ha realizado un cambio importante: trasladar ese poder económico al poder político.

Un ejemplo de la influencia política de China en el tablero es su creciente presencia en otras zonas del mundo, como África o América Latina. «América Latina es un punto crucial, porque es Occidente y tiene unas conexiones muy particulares con Europa», señala Beneyto. En las últimas décadas, la región «ha pasado de ser el patio trasero de Estados Unidos a ser el gran recurso de inversión y extracción de materias primas para China», algo que inquieta a los occidentales.

«Desde comienzos de este siglo, la presencia de China en América Latina ha sido exponencial», apunta Pamela Aróstica, directora de la Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM). Una presencia que «ha generado oportunidades de desarrollo y diversificación de socios», pero también ha establecido relaciones asimétricas «que plantean riesgos como la dependencia económica y política, impactos en industrias locales y efectos ambientales y sociales, así como vulnerabilidad vinculada al control de datos y a infraestructura crítica».

A pesar de esto, la presencia china en la región pone de manifiesto que «América Latina ocupa una posición clave en la pugna entre Estados Unidos, como superpotencia, y China, que aspira a consolidarse como tal», opina Aróstica. Así, la acción de Estados Unidos en Venezuela a comienzos de este año marcó un punto de inflexión a nivel regional: «China tiene, por una parte, una política exterior de no intervención y, por otra, prioriza la protección de sus intereses económicos». Precisamente, «este enfoque pragmático le permite conservar su presencia regional y su papel como socio alternativo».

José Ignacio Torreblanca: «Países emergentes empiezan a erosionar la legitimidad de un sistema y unas instituciones multilaterales que no les dan acceso»

Ilustración: Óscar Gutiérrez

Anhelos imperiales

El papel de socio alternativo lo aplica China a distintos actores a lo largo y ancho del globo, en función de sus intereses en la zona. Con Rusia también ha estrechado lazos. «La alianza sino-rusa existe», afirma Beneyto, quien añade que «no hay que olvidar que, una semana antes del lanzamiento de la ‘operación militar especial sobre Ucrania’ —utilizando la terminología de Putin—, este y Xi Jinping se reunieron en Sochi e hicieron la declaración conjunta de una amistad sin límites y de un nuevo orden internacional». La reunión selló una relación que incluye «una cooperación en materia económica, energética, militar y, sobre todo, de oposición al gran enemigo: Estados Unidos».

La invasión de Ucrania es el otro gran elemento que ha supuesto un aldabonazo sobre el tablero internacional. Esto, porque Rusia es miembro permanente con derecho de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La cuestión empezó en 2004, con la anexión de Crimea, y adquirió dimensiones globales en 2022, cuando comenzó la guerra y Putin logró que China —otro miembro permanente del Consejo— le apoyase. La seguridad de Europa se vio entonces seriamente comprometida.

Asegurar las fronteras europeas es uno de los motivos por los que la Unión Europea sigue necesitando el paraguas de defensa estadounidense. Bajo la Administración de Joe Biden, esta ayuda estuvo garantizada; ahora, con Trump en la Casa Blanca, corre peligro. «Europa todavía no ha logrado dotar a Ucrania de la capacidad de defenderse por sí sola», reconoce Torreblanca. De ahí la necesidad de «promover una industria europea, como señala el Informe Draghi», con la que desarrollar una «seguridad económica y defensa militar» que permita cierta independencia de Estados Unidos. La clave, según afirma este experto, es la «interdependencia estratégica: diversificar y hacerlo con aliados sólidos y fiables».

Carlota García Encina: «Entre Estados Unidos y Europa hay una interdependencia a nivel económico, industrial y de defensa»

El torbellino MAGA

Pero sobre todo hay que hacerlo rápido. «Somos una potencia en retroceso y, comparado con China y Estados Unidos, nos quedamos atrás en temas de PIB, de habitantes, de gasto de defensa», subraya Carlota García Encina, investigadora del Real Instituto Elcano especializada en Estados Unidos y relaciones trasatlánticas. Para esto no hace falta renunciar a la esencia europea, como insinuó Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, al instar a los socios a aumentar el gasto militar. «Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial», dijo, para luego retractarse. De acuerdo con García Encina, «Europa tiene que encontrar un equilibrio entre valores y pragmatismo», definir un «espacio para mantener una serie de principios y, al mismo tiempo, adaptarse a un orden que es diferente».

Y jugar bien sus cartas. Porque Estados Unidos también depende de la Unión Europea. Valga como ejemplo, en palabras de García Encina, «la guerra de Irán: Estados Unidos no puede proyectar sus fuerzas sin las bases europeas. Eso siempre ha sido así; sin ellas, no tiene proyección global». Por eso, «a medio-largo plazo, hay un retraimiento de Estados Unidos». Trump «es consciente de que no puede estar en todos los sitios, de que hay límites y por eso cada uno se tiene que hacer cargo de su propia defensa», algo que ya había dicho Barack Obama en su último mandato. Pero, «al mismo tiempo, necesita a los aliados para la industria de defensa —que está al límite— y para llevar la estabilidad a ciertos espacios».

Pamela Aróstica: «América Latina ocupa una posición clave en la pugna entre Estados Unidos y China»

Ilustración: Óscar Gutiérrez

Por mucho empeño que ponga la Administración de Trump, entre Estados Unidos y Europa «hay una interdependencia a nivel económico o industrial», de acuerdo con la analista del Elcano. Algo que, en el fondo, el propio Trump sabe, porque, a pesar de sus amenazas y «de querer siempre relacionarse con cada uno de los países europeos y no con la institución europea, en verano tuvo que negociar con la Comisión para cerrar los aranceles».

Aislacionismo en política exterior, nacionalismo económico y desregulación, bajo un barniz agresivo, son las características principales del movimiento MAGA [Make America Great Again], que se han convertido en el tercer gran elemento desestabilizador del tablero internacional. Nadie esperaba que la potencia que construyó y defendió ese orden global en 1945 sea, de repente, la misma que ahora lo está desafiando. Así las cosas, «la característica del actual orden internacional es la incertidumbre», concluye García Encina. Cualquier cosa puede pasar.

Fuente: https://ethic.es/manual-entender-geopolitica-enloquecida

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