#ElRinconDeZalacain | Entre la ‘Sapiosexualidad’, la sonrisa, la ‘chamana’ y los recuerdos del aventurero
Por Jesús Manuel Hernández*
“Recordar es vivir dos veces” decía su amiga, a quien Zalacaín llamaba “chamana” por sus elocuentes frases y percepciones sobre la vida, durante unos años se dedicó exitosamente a la “consulta”, y retirada hoy día a la vida contemplativa.
Ciertamente, dijo el aventurero Zalacaín al citar a Mario Benedetti: «La nostalgia no es el deseo de volver, sino de revivir lo que fue hermoso”; el tema apareció en la mesa al escarbar en los archivos de fotografías, apareció casualmente una tomada a principios de siglo XXI junto a su querido amigo y maestro, el escultor Santiago de Santiago, junto a una de sus mejores obras, “La Violetera”, originalmente colocada en la esquina de Gran Vía y Alcalá. Miles de turistas, la mayoría mexicanos, llegaban a ese sitio para “hacerse la foto”.
La obra se hizo en 1990 y en 2003 luego de severa controversia se trasladó a Las Vistillas, en Madrid.
Zalacaín recordaba las charlas en el estudio con Santiago, anécdotas sobre modelos, artistas, personajes hechos en piedra o bronce para la posteridad.
Y siempre le preguntó quién había sido la “modelo” de La Violetera, un asunto guardado por el maestro en su mente y quizá en su corazón.
Una escultura de cuerpo completo de Carmen Sevilla estaba frente a ellos mientras la charla fluía acompañada de unas copas de Tío Pepe y unas almendras tostadas.
Santiago contaba anécdotas de Sara Montiel, protagonista de la película “La Violetera” en 1958, y de otras más.
Zalacaín le preguntó aquella vez quién había sido la mujer ideal para plasmarla en arcilla primero y luego en bronce.
No tardó mucho en contestar. Santiago dijo: “¿Conocisteis a Lola Flores?
Personalmente Zalacaín no había tenido la suerte, pero estaba al tanto de las películas y canciones llevadas a la fama por la llamada “La Faraona”, una mujer de quien se han contado muchas anécdotas a su paso por territorio mexicano.
Otro amigo de Zalacaín, poblano, abarrotero exitoso del siglo pasado, se volvió su fan y acudía a verla en sus presentaciones obsequiándola de regalos y piropos, pero un día se apareció Antonio González “El Pescaílla” quien no solo era el representante y guitarrista de Lola Flores, también era su marido. El amigo de Zalacaín ofreció disculpas, y Lola en compensación aceptó cenar con el abarrotero y surgieron muchas más reuniones incluso en Madrid,
Santiago de Santiago escuchaba las palabras del aventurero mientras sacaba una pieza de barro de la bodega del taller y le decía, “esta fue, es, sigue siendo Lola La Grande, La Faraona”.
La figura había sido hecha a mano teniendo como modelo en vivo a Lola con quien Santiago pasó varios días perfeccionando los rasgos. Después se haría la escultura en bronce.
El aventurero y Santiago dejaron el estudio y se dirigieron a comer a “El Barril” en Goya 86, un sitio fundado por Gerardo Oter, en aquél entonces el jefe de salón, Isidro, sabía de los gustos de ambos, un poco de jabugo, arroz con bogavante, vinos, blanco y tinto para tres personas había pedido el escultor.
¿Tres, preguntó Zalacaín?
Sí dijo Santiago, nos acompañará Álvaro Domecq. Zalacaín no lo podía creer, conocería al famoso ganadero.
La comida fluyó, como dicen los jóvenes hoy día, al final aparecieron las “chocolatinas” y un “Martin Codax” blanco, del cual Santiago y Zalacaín dieron buena cuenta.
Y la chamana intrigada le dijo al aventurero “y a todo esto, qué tiene que ver Lola Flores”.
Cierto, recordar y volver a vivir le distrajo al aventurero del origen de la charla.
En aquella mesa de “El Barril”, salió Lola Flores a la charla y fue cuando Santiago contó una frase pronunciada por “La Faraona” mientras trabajaba la arcilla y le pedía sonreír.
Lola le dijo: “Sabes Santiago, me han propuesto operarme un poquito de aquí y de allá… lo he pensado, pero una cosa te aseguro, nunca la sonrisa… pues la sonrisa nunca se opera”.
La chamana soltó la carcajada, y brindó por el recuerdo. Y empezó a contar historias, sin nombres, sin apellidos, con discreción, sobre los amores, prohibidos y públicos.
¿Dónde -preguntó Zalacaín- está el secreto para enamorar a una mujer?
Una frase resumió el consejo: “A las mujeres nos gusta que nos seduzcan la mente… la ropa cae sola”.
Y luego de una explicación sesuda sobre la “Sapiosexualidad”, el intelecto se convierte en un afrodisíaco y se logra “una conexión profunda” entre la pareja. Y soltó otra demoledora frase: “Es más respetable aquel hombre que ha abierto más libros que piernas”.
Vaya charla, acompañada no solo de fotos, recuerdos, sabiduría, también de un excelente vino, Zalacaín había sacado un vino para enamorar, decía él, un Louis Latour, Cuvée Latour.
Pero esa, esa es otra historia.
YouTube El Rincón de Zalacaín
* Autor de “Orígenes de la Cocina Poblana” Editorial Planeta.