Una película reivindica a esta figura fundamental del movimiento Der Blaue Reiter, oculta bajo la larga sombra del que fuera su pareja, Wassily Kandinsky. Te contamos todas las razones para ir a ver (y disfrutar) de Münter y el amor de Kandinsky.

BEGOÑA DONAT / TELVA
Un día en el despacho de su suegro, la guionista alemana Alice Brauner descubrió, detrás de una cortina, un bodegón de una artista que le era desconocida. La pintura arrumbada resultó ser un original de Gabriele Münter, referente del expresionismo y cofundadora del grupo artístico Der Blaue Reiter (El jinete azul). Los cuadros del que fuera su pareja en aquella época efervescente de las bellas artes, Wassily Kandinsky, se cotizan hoy día en decenas de millones en subastas, mientras que el nombre de la que fuera su protectora y compañera había quedado en el olvido.
Brauner decidió entonces sacar adelante un proyecto sobre esta artista extraordinaria por derecho propio. Así nació la idea de hacer una película centrada en Münter, no solo en Kandinsky. Por eso lidera ella en el título, Münter y el amor de Kandinsky, a pesar de que el orden alfabético y la fama dictaran lo contrario.

La película se distancia del género del biopic, y aunque se accede a la formación y a los procesos creativos de la icónica artista, se la presenta sobre todo como una mujer moderna, libre y silenciada por la historia, consumida bajo la sombra del que debía haber sido su igual. La trama se basa en la correspondencia y en los diarios entre ambos pintores. A pesar de que el ruso la abandonó tras años de relación, la alemana escondió en su casa de Murnau las obras del grupo que fundaron para protegerlas de los nazis. No recibió reconocimiento alguno.
La película está rodada en los paisajes de la Alta Baviera que inspiraron a los componentes del movimiento artístico, y si bien hubo que recrear el interior de la vivienda habitada por Münter y Kandinsky, La Casa Azul, los exteriores son los del edificio original.
«En las habitaciones donde vivieron Gabriele Münter y Wassily Kandinsky ya no queda mobiliario, pero sí hay algunos cuadros importantes, además de descripciones y fotografías de aquella época. Sin embargo, no se puede filmar dentro, ya que es un museo», nos aclaraba el director del drama histórico, Markus Rosenmüller, en el pasado Atlántida Film Fest.
El estreno esta semana de la película conecta con dos eventos que han hecho despertar el interés en España por su figura. Este año pasado se dedicó una retrospectiva a Münter en el Museo Thyssen-Bornemisza, y con motivo de la exposición, la editorial Astiberri publicó la novela gráfica Las tierras azules, donde Mayte Alvarado dibuja «un paseo al ritmo de las cuatro estaciones por el arte de Münter, muchas veces injustamente eclipsado por su relación sentimental con Kandinsky».
La cámara se cuela en el hogar que vio nacer el arte moderno, la Casa Azul en Murnau

La Casa Azul se ha convertido hoy en día en un lugar de peregrinaje cultural, porque en el hogar de aquel pareja de superdotados nació, literalmente, el arte moderno. En aquel hogar se reunía lo más granado de la intelectualidad a debatir sobre lo que sería la pintura del futuro.
«Como se muestra en la película, la primera exposición en Múnich, en 1911, fue un fracaso, los asistentes llegaron a escupir sobre las obras, hubo un rechazo frontal», recordaba el realizador, que ha punteado la historia de apariciones de artistas del periodo que harán levantar la ceja a los aficionados, como Franz Marc, August Macke, Paul Klee y Marianne von Werefkin.
En las estancias y en las exposiciones que recrea la película aparecen tanto reproducciones como obras originales. Para las copias, se estudiaron a fondo las técnicas, los pigmentos, las texturas y los materiales a fin de conseguir la máxima autenticidad. Fue un trabajo laborioso, no solo en términos prácticos, sino también para el departamento de producción, que tuvo que conseguir los derechos de reproducción de cada museo propietario de los cuadros que se exhibieron tanto en Múnich como en Berlín en 1912.
Una aseguradora estuvo pendiente de que las dos obras originales de Gabriele Münter en la película no sufrieran daños

En cuanto a los originales, aparecen dos: el bodegón que Alice Brauner rescató de detrás de una cortina, titulado Blick auf’s Moos in Ablendlicht (Vista del musgo en Ablemdicht), y un lienzo de flores.
«Rodar con obras originales fue una experiencia muy emocionante: trabajar con ellas te transmite una energía muy especial -explicaba Rosenmüller-. Utilizamos las piezas en el rodaje con la condición de que estuviera presente un representante de la aseguradora, que nos vigilaba de manera constante mientras filmábamos. Por supuesto fuimos muy cuidadosos. No hubo humo, cambios de temperatura ni ningún otro riesgo para las pinturas. Fue todo muy cordial, pero me sentí aliviado cuando acabamos de rodar esas escenas sin ningún percance».
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La fotografía del largometraje trata de captar los colores tan característicos de los lienzos. Para ello, rodaron todos los paisajes en los enclaves originales, en las mismas condiciones de luz en que Münter pintaba. Así, si un cuadro estaba hecho al anochecer, la secuencia está filmada al caer el sol. Al conjunto, además, se le dio formato panorámico y se filmó con lentes especiales antiguas, de los años setenta, para dar una textura menos digital, más pictórica. Como resultado, hay escenas que asemejan tableaux vivants, cuadros en movimiento.
«Esa era la intención: yo no soy pintor, pero mi manera de pintar es a través del cine», concluía el cineasta.
Fuente: https://www.telva.com/cultura/2025/10/03/68df7aa302136ecb678b45bc.html