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Karla Sofía Gascón: “Mi mayor venganza es el que no hayan podido destruirme» | Vanity Fair


Karla Sofía Gascón se quedó a las puertas del Oscar, pero no hay campaña de cancelación que pueda con ella. Ahora vuelve con un wéstern, Trinidad. Charlamos con una actriz arrolladora, un personaje volcánico y una mujer auténtica que trata con naturalidad su auge, caída y redención.

Fotografía de Daniel Riera – Realización de Joana de la Fuente

Por Paloma Simón / Vanity Fair

«Como actriz te mejora la escena y como persona te mejora el día”, José Ortuño, director de Trinidad. “Siempre me embaucó su talento, su forma de trabajar, su presencia. Había algo en ella que me imponía mucho respeto. Compartiendo proyecto, esa imagen de fuerza y dureza se rompió, y se mostró tal cual como es: entregada, generosa, que cuida”, Lola Rodríguez, compañera de reparto en Las malas. “Es una persona tan humilde, con tanto empuje, tantas ganas, tanta motivación; tan frontal y sincera”, Armando Bo, director de Las malas. Quizá la descripción definitiva de la actriz sea la que me ofrece Yenesi, fan de esta “diva de Internet que tanto juego nos ha dado a mí y a [la youtuber] Soy una pringada]” antes de coincidir en el rodaje de Las malas: “KSG solo hay una y tenemos que sentarnos, admirarla, y, si ella habla, callarnos”, sentencia.

Era hora de contrastar estas afirmaciones. El día de esta entrevista, el último de un mes de julio especialmente tórrido en Madrid, Karla Sofía Gascón (Madrid, 1972) llegó puntual a pesar de que el día anterior había tenido otro rodaje que se prolongó hasta casi la noche. Alta y de grandes ojos verdes, la actriz es toda una presencia. Viste una sencilla camisa blanca y un par de vaqueros. Varias alhajas tintinean en sus muñecas. “Bueno, es que me compro muchas pulseras y muchas cosas. Sobre todo en verano. Y me he quitado la mitad porque parecía que iba a venderlas. Me gustan mucho los minerales, los cristalitos. Lo hago más por afición que por superstición. Pero, como diría José Mota: ‘¿Y si y si?”, cuenta antes de estallar en una sonora carcajada esta seguidora del budismo nichiren, una rama japonesa “más filosófica que religiosa” que descubrió gracias a un amigo ya fallecido: el lanzador de cuchillos Alberto Murroni. “Pero yo soy una persona muy individualista. Me he peleado hasta con los budistas”, asegura.

—¿Y cómo se pelea una con un monje?
—No, no, no, es que ahí no hay monjes. Es un budismo más filosófico que religioso. El mismo que practica Orlando Bloom, por cierto. Cuando nos conocimos en los Globos de Oro [de 2025] se partía la caja. Yo estoy en contra de todas las religiones. Me parecen la manipulación más grande que ha sufrido la humanidad. No conozco ninguna que no condene a las personas LGTB o trans. Que no diga que somos la última basura que hay en este mundo. Nos tratan como si fuésemos demonios que deberían arder en el infierno.
—¿Cómo se define políticamente?
—Yo obviamente tendría que ser más de izquierdas por mi forma de pensar en cuanto a las libertades y a los derechos de las personas. Pero es que no quiero ponerme una etiqueta. Soy una persona coherente. No entiendo la irreflexión. Obviamente, me encantaría que todo el mundo viviera de puta madre, feliz. Pero cuando hablas de una utopía, pierdes el sentido de la realidad. Si haces algo que crees que es favorable para una cosa, probablemente destruyas otra.

La actriz con el Globo de Oro a la mejor película que recibió Emilia Prez.

Por lo que cuenta, KSG siempre ha sido fiel a sus instintos y a una vocación que despertó cuando tenía 16 años. “Intenté trabajar en otras cosas, pero era imposible”, admite. “Nació para ser actriz”, me asegura su colega Lola Rodríguez. En España, se fogueó en la parrilla televisiva, en series populares como El súper o Calle nueva, antes de marcharse a México para impulsar una trayectoria que no acababa de despegar. Lo consiguió con títulos como Corazón Salvaje (2009) o el taquillazo Nosotros los nobles (2013). En el año 2018 dio un giro radical a su vida: ingresó en la Unidad de Identidad de Género del hospital madrileño Ramón y Cajal. “Pasé mucho miedo por mi carrera”, ha reconocido. Pero el papel que la lanzaría definitivamente al estrellato llegaría poco después: Manitas del Monte, el líder de un cartel de la droga que, como ella, transiciona a mujer. La Emilia Pérez del título. La intérprete ha traído el guion del filme a esta entrevista porque se lo pedimos para uno de nuestros formatos de vídeo.

—¿Qué pensó la primera vez que lo leyó?
—Que era más raro que un perro verde, sí, pero también una maravilla. Por un lado, tenía mis reticencias sobre si yo sería la persona idónea para interpretar la parte musical, porque cantar y bailar no han sido parte de mi formación; por otro, tenía clarísimo que podía ser yo. Hicieron castings a todo el globo, buscaron hasta debajo de las piedras… Hasta que no tuvieron más remedio que escogerme. Me buscaron la última. Ya no les quedaban más esperanzas, yo era como Obi Wan [se declara friki de La guerra de las galaxias. “He sido tan fanática que ya no me lo tomo en serio. Cuando eres mayor se te quita la tontería”, dice].

Emilia Pérez se convirtió en un auténtico fenómeno tras deslumbrar a la mayoría de la crítica en su estreno en Cannes. KSG ganó el premio a la mejor actriz junto a sus compañeras de reparto —entre ellas, las estadounidenses Zoe Saldaña y Selena Gomez—. “Todos podemos cambiar, así que cambiad, cabrones”, clamó al recibir el galardón. “Es un hombre quien ha recibido el premio de interpretación femenina”, bramó en X Marion Maréchal, sobrina de Marine Le Pen. En enero la cinta logró el Globo de Oro a la mejor película de comedia o musical. “Bingo, bingo”, fue la primera reacción de su protagonista, que agarró el galardón antes de recitar un mantra —“Nam Myoho Renge Kyo”— y de anunciar que vestía de naranja, “como los budistas”. Además de por su poderosa interpretación, su estrella principal no paraba de generar titulares durante la promoción internacional de un filme que dividió a la industria y al público. Unos la consideraban una obra maestra; otros, un circo.

A los mexicanos no les gustó cómo representaba el país; al colectivo, cómo reflejaba a las mujeres trans. El filósofo Paul B. Preciado resumió ambas polémicas en una tribuna en el suplemento cultural Babelia. El autor de Testo yonqui calificaba la película de “amalgama polisémica cargada de racismo y transfobia, exotismo antilatino y binarismo melodramático”, y la acusaba de “reforzar de este modo la narrativa colonial y patologizante no solo de la transición de género, sino también de la cultura mexicana”.

La actriz Karla Sofía Gascón posa para Vanity Fair con abrigo falda de organza y calcetines de Prada.

Todas las controversias se quedaron cortas cuando, pocas semanas antes de los premios de la Academia, una activista destapó unos tuits —“Fuera de contexto, que ahora no tendrían sentido”, se justificaría KSG más tarde— que dieron al traste con sus sólidas aspiraciones a alzarse con la estatuilla.

Fue cancelada de inmediato. La estrella indiscutible del filme fue marginada de su promoción —Netflix, su distribuidora, llegó a borrarla de los carteles de la cinta; la editorial Dos Bigotes anuló los planes de publicar su biografía—. Pasó por la alfombra roja de los Oscar de tapadillo —vestida, eso sí, de Saint Laurent; la casa de moda era una de las productoras de Emilia Pérez y hasta la fecha no ha dejado de apoyarla. La última vez, en el Festival de Venecia—. “A mí me han pasado cosas muchísimo más terribles que esa. Perder a familiares, a personas que amaba”, zanja la intérprete. A pesar de todo lo enumerado, como balance final, no parece exagerado afirmar que tras una trayectoria triunfal por las grandes entregas de premios (10 nominaciones a los Globos de Oro y 13 a los Oscar, incluida la de KSG a la mejor actriz), la figura y el trabajo de Gascón han acabado por eclipsar, en gran medida, el resto del fenómeno alrededor de la película.

En los Oscar de 2025 cuando se quedó a las puertas del premio a la mejor actriz.

¿Si pudiera vengarse del responsable de su cancelación, lo haría?, le pregunto. “No, no, no, no es que ‘lo haría’. Es que lo voy a hacer”

—Disculpe la perogrullada, pero, en una campaña de promoción tan brutal, ¿por qué nadie borró esos tuits?
—Es que nadie ha dicho que yo haya escrito nada. Es que seguimos con la misma. Es que todavía no se ha comprobado que yo haya escrito nada. Es que sigo diciendo y repitiendo la misma cuestión… Nadie sabe ni siquiera lo que dicen los demás que yo he dicho. Se creó una inercia para que una persona como yo no llegara a ser un ejemplo para la juventud ni pudiera llevarse un premio en un momento político global en el que iban a hacer todo lo posible para que eso no fuera así. No hay más. No tiene mucho misterio. Solamente hay que tirar un poquito del hilo para saber quiénes son los dueños de esos sitios de los que dicen que surgen las cosas, qué cosas, por qué se dicen y qué han borrado. Lo que está claro es que alguien, o un grupo de personas, creó un sistema para que hasta los que estaban a mi favor creyeran que yo era una persona que no soy y no me apoyaran. Yo no puedo pedir disculpas por algo que no hice [la actriz los cataloga como “fuera de contexto” y en un comunicado enviado a la prensa llegó a declarar: “Quiero reconocer la conversación en torno a mis publicaciones anteriores en las redes sociales que han causado dolor. Como miembro de una comunidad marginada, conozco muy bien este sufrimiento y lamento profundamente haber causado dolor”]. Y si me tengo que cagar en alguien que comete un asesinato, o que comete un acto de terrorismo, o que rompe un bien común, lo voy a seguir haciendo. La violencia no va a ninguna parte. Como ciudadana, tengo derecho a expresar que no me gusta cuando se hacen las cosas con violencia.
—¿Se sintió arropada por el colectivo?
—El colectivo son muchas personas. Me parece muy mal reducirlo a lo que digan unos señores. Precisamente por eso está lleno de letras y de gente diferente. Cada ser humano es un individuo único e inigualable. Por eso le tengo tanta manía a las etiquetas, a tener que hacer lo que diga el líder de turno. A mí nadie me va a decir lo que está bien y lo que está mal porque ya lo sé yo en mi conciencia. Es conmigo misma con quien tendré que reflexionar. No con lo que me diga un señor, un cura en una montaña o un joven detrás de un teclado.
—Por qué lo pasó peor: ¿por quedarse a las puertas del Oscar o por su familia?
—Bueno, por mi familia y porque no estás preparada para que te fastidien un momento tan feliz y tan hermoso.
—Si pudiera vengarse del responsable de su cancelación, ¿lo haría?
—No, no, no es que “lo haría”. Es que lo voy a hacer.

Abrigo de estampado floral con lazada de Dries van Noten.

Durante las primeras semanas de 2025 el caso de KSG dividió España. La política de izquierdas Tania Sánchez llegó a decir en televisión que serviría para que las personas que piensan cosas no respetables dejen de pensarlas. “¿El objetivo de tanto odio es ese? ¿Y a nadie se le cae la cara de vergüenza con el daño que hacen a una persona? Menos mal que Tania no dispone de campos de reeducación, pero no deja de sorprender, y no lo digo por ella, que se pueda justificar tanta crueldad con la actriz de Emilia Pérez”, escribió la columnista Rosa Belmonte. “Los tuits eran una vergüenza. Pero Karla Sofía iba a ganar el Oscar. Por eso estaba sometida a ese escrutinio. Hubo otros intereses. Su cancelación, o su castigo, fue desmesurado. ¿Debería haberse disculpado mejor? Pues probablemente sí. Pero eso a otra no se lo hacen. Y menos a un pavo”, me dice hoy la escritora Alana S. Portero sobre el primer caso de cancelación y descancelación de la historia. Todo sucedió en apenas ocho días.

Algunos fechan la redención de la intérprete cuando la youtuber Esty Quesada analizó Emilia Pérez “frame a frame”. El programa Emilia Pérez, una joya CAMP, que ha superado las 600.000 reproducciones en YouTube, probablemente hizo más por su percepción pública que cualquier disculpa, columna de opinión o debate televisivo. Que titulares como aquel “Soy menos racista que Gandhi y menos de Vox que Echenique” que dio en la presentación de sus memorias Lo que queda de mí —libro que finalmente publicó Almuzara, la editorial del exministro Manuel Pimentel—. “Nos ha metido en su pequeño bolsillo. […] Y sí: su actuación es como de Meryl Streep y Al Pacino”, clamaba Soy una pringada en el espacio. Aquella intervención por una vía tan inesperada como era un canal de YouTube orientado a la población más joven abrió un debate sobre los límites de la llamada cultura de la cancelación y reivindicó el derecho al error y la disculpa pública. Además, la creadora de contenido atribuyó a Gascón una de las frases que más se han popularizado sobre ella: esa que nunca dijo.
—¿Qué han supuesto para usted las palabras “Joder, macho”?
—Al principio no me hizo gracia. Pero al final era una cosa muy divertida y se ha creado una frase icónica que no me corresponde.
—En la industria de la cultura y la moda se ha debatido últimamente la decisión de John Galliano de suspender su retrospectiva en el MET ante las críticas por sus antiguas declaraciones racistas y antisemitas de 2011. ¿Qué opina de ello?
—No tengo idea del caso de John Galliano. Pero, efectivamente, se juzga con severidad a los personajes populares porque es una especie de venganza contra ese mundo aspiracional al que no todos tienen acceso. El ego del ser humano necesita estar por encima de los demás para no sentirse pequeño. Por eso, cuando se encuentra un supuesto fallo en cualquiera de los egos con los que se mide, se activa el modo castigo, que llena vacíos y destruye personas para sentirse, de algún modo, superior. Eso, unido a la fiesta del linchamiento y el interés económico mediático, da como resultado un cóctel explosivo.
—¿Hoy se siente más querida?
—No lo sé. Hay gente que me quiere muchísimo, que nunca ha dejado de hacerlo. Que se enamora de mí. Que me odia igual. A veces siento cierta admiración o respeto. Si me atacan de verdad, soy muy bestia.

“Mi mayor venganza es el que no hayan podido destruirme. Seguiré adelante. No tiene mucho misterio. Todo lo que hagan de mal se va a multiplicar por 200.000 cosas de bien”, proclama KSG. La primera de esas 200.000 será probablemente Trinidad, su primer trabajo rodado íntegramente en inglés. Se estrena el próximo 13 de noviembre y la actriz española interpreta a la villana de la película, una historia de pioneras del Oeste en la que comparte cartel con Gabriela Andrada, Paz Vega y Milena Smit. “Yo creía que iba a poder pegar tiros y divertirme tirándome por el suelo, y al final soy la mala en una silla de ruedas, imagínate. Pero es un personaje muy hermoso y creo que le va a gustar mucho a todo el mundo”, resume emocionada.

KSG en Trinidad su primer trabajo rodado íntegramente en ingls que se estrena el 13 de noviembre.

“¿Me estáis diciendo que voy a hacer un wéstern y no voy ni a cabalgar a caballo?’, preguntó cuando se enteró de que no podía caminar. Pero enseguida entendió que ahí estaba precisamente la gracia. Su personaje no necesita levantarse de una silla para ser el más peligroso de la habitación”, me cuenta el director del filme, José Ortuño, que pensó en KSG por un motivo muy sencillo. “Buscábamos a alguien capaz de entrar en una escena y captar inmediatamente la atención. La interpretación tenía que ser magnética, imprevisible y carismática sin recurrir a los códigos habituales del villano. O sea, Karla Sofía Gascón”, enumera el cineasta, que cree además que trabajar con ella es el sueño de cualquier director. “Es cercana, divertida y tremendamente generosa”.

Chaqueta de estampado animal de Tom Ford y botas de Stella McCartney.

Armando Bo también acaba de dirigirla en Las malas, la esperada adaptación cinematográfica de la novela homónima de Camila Sosa. Conectaron “al segundo”, en cuanto intercambiaron el primer mensaje por WhatsApp. “Desde el lado humano, no pudo ser mejor. Las malas nos unió desde lo creativo, la química fue total. Y trabajar con Karla como actriz fue realmente increíble. Verla en cámara, ver cómo en un segundo se transformaba, cómo mejoraba escena tras escena y cómo se metía de lleno dentro de ese personaje, fue extraordinario. Ha sido realmente una de las mejores experiencias que he tenido trabajando con una intérprete. Su talento, su sensibilidad y su capacidad para estar dentro del personaje fueron realmente insuperables. Y también quiero hablar de la Karla líder: lideraba un equipo y a todas esas actrices, siempre desde la humildad, desde el silencio, desde el talento; siendo una más dentro de ese grupo, sin imponerse, pero estando siempre presente. Fue una experiencia insuperable, tanto profesional como humana, y Karla se convirtió realmente en una persona muy importante en mi vida. No tengo más que palabras de agradecimiento para ella. Fue una experiencia enorme”, elogia el ganador de un Oscar al mejor guion original por la película Birdman, de Alejandro González Iñárritu. Si en Trinidad KSG es la mala, en Las malas KSG es todo lo contrario. “Su personaje, tía Encarna, la cuidadora de un grupo de chicas que buscan hacerse un hueco en la vida, le iba como anillo al dedo”, me dice Lola Rodríguez, otra de las protagonistas de la primera coproducción internacional de Suma Content, la productora de Los Javis.

“Hay gente que me quiere. Que se enamora de mí. Que me odia. A veces siento cierta admiración o respeto. Si me atacan de verdad, soy muy bestia”

Fotograma de Las malas el esperado filme de Armando Bo.

Las malas es una novela autobiográfica en la que su autora narra la vida de un grupo de prostitutas transexuales en la ciudad argentina de Córdoba. Una obra de culto para un colectivo del que KSG evita declararse un referente. “Ni lo soy ni es mi intención serlo. Pero si a alguien le sirve mi experiencia, bienvenido. Yo si de algo puedo ser representativa es de la lucha y del no dejarse vencer por los obstáculos que te pone la vida”, advierte esta admiradora de Mark Hamill, el Luke Skywalker de La guerra de las galaxias (la única persona a la que ha pedido un autógrafo en su periplo hollywoodiense). KSG es una gran aficionada al cine de acción y de terror. Le encantaría hacer una película de Marvel y al antagonista del agente secreto más famoso de la historia del cine y la literatura.

—¿Después de Trinidad, cuál es su villana favorita?
—La que no se ha hecho todavía… y voy a hacer yo. Cuando haga de mala de James Bond la gente se va a cagar. Si algún día lo consigo [risas].

Por bien que le vaya, por entusiasmada que se muestre cuando habla (mucho) de Trinidad y (poco) del rodaje en Argentina de Las malas —“Se debería titular Las buenas”, me dice misteriosa—, lo mejor que le ha pasado últimamente a KSG tiene menos que ver con el trabajo y más con su vida personal: ver crecer a su hija, Victoria Elena, de 14 años y que se “parte la caja” con ella. “Pero ya hay un punto en el que me empieza a decir que le he hecho la misma gracia varias veces. Está entrando en una edad peligrosa. Yo soy muy graciosa, pero fíjate que hay una cosa que no le he sabido inculcar: que sepa reírse de sí misma. Todavía tiene ese punto de pudor de los niños cuando sienten que están siendo ridículos u observados, que alguien se ríe de ellos. Les molesta mucho. Y eso hay que quitárselo cuanto antes porque, si no, no vas a poder salir a la puerta de la calle porque te vas a partir la madre con todos, como dicen en México”, lamenta. “Lo que más feliz me hace es haber podido darle a mi hija una vida mejor de la que yo tuve. Y creo que mis padres hicieron lo mismo conmigo”, añade. Victoria Elena habla inglés perfecto, saca buenas notas y tiene madera de actriz, aunque de momento no quiere pensar demasiado en un futuro en la industria. “Con tal de llevarme la contraria…”, asegura KSG. Vive con ella y con su mujer, Marisa Gutiérrez. Se conocen desde la adolescencia. La etapa en la que supo que se dedicaría a la actuación. Aunque resultó determinante, la intérprete no añora esa época. “La infancia, la juventud, están mitificadas. Me gusta vivir el ahora, el presente”.

Con su mujer Marisa a la que conoció en su juventud en la alfombra roja de los Globos de Oro. KSG luce un vestido...

—¿En qué aspectos de su vida es conservadora?
—No me gustan las tradiciones, el conservadurismo. Me gustan el avance y el progreso y que cada vez haya más oportunidades para todo el mundo. Sobre todo, soy muy de derechos del ser humano. No me gusta que nos quiten los derechos. Y por mucho que yo quiera conservar, no voy a conservar nada. Ni siquiera lo que tú dices, mi familia. Mi familia hace lo que le da la gana. No soy dueña de nadie, ni siquiera de mi hija. Yo le digo “Ven a las 10”… y aparece a las 11. ¿Qué hago? Lo que sí soy es muy casera. No me gusta la gente. Las aglomeraciones.

“Ni soy ni es mi intención ser un referente trans. Yo si de algo puedo ser referente es de la lucha, de no dejarse vencer por los obstáculos que te pone la vida”

La semana que tiene lugar esta charla, KSG ultima la mudanza a su nueva casa en las afueras de Madrid. Cerca de Alcobendas, donde creció y “de cani” vio alguna vez a Penélope Cruz en el autobús. No le atrae vivir en el centro de la capital. Aunque en persona es volcánica, le gusta proteger su privacidad. Su soledad. “Es una persona muy empática. Me miraba y ya sabía si me estaba aguantando la risa por algo, si estaba triste, si estaba enfadada. Lo veía por mucho que yo quisiera disimularlo”, me cuenta Yenesi, quien, por cierto, la imita a la perfección.

—El sentido del humor es fundamental para usted.
—Sí. Yo me parto de risa. Y quiero que la gente que tengo a mi alrededor lo pase bien. No me importa que se rían conmigo o de mí. Estoy muy acostumbrada, desde que era pequeña, a que se rían de mí.

KSG cree fervientemente en lo que ella denomina la “ley de atracciones”. En que existe “un equilibrio entre las cosas positivas y las cosas negativas que te pasan”. Sostiene que a esta vida uno viene a experimentar, a desarrollarse, a alcanzar su mejor versión. “Yo hoy estoy hablando contigo ahora con 104 años”, bromea. “Y dentro de 10 pensaré lo mismo que de mi yo de hace 10: que era imbécil”.

—Es usted muy segura de sí misma; también muy autocrítica.
—Obviamente, ¿cómo no voy a serlo? Me río de mí misma. De lo contrario, es muy difícil alcanzar el nivel de entendimiento del ser humano al que yo aspiro. Si no, te quedas en la superficie, en “estos son muy malos” y “estos son muy buenos”.
—¿Siente que el mundo no está preparado para Karla Sofía Gascón?
—Todos los días. Estoy en una época que no me corresponde. Por algo será.
—¿Cree que tiene una misión?
—Probablemente. Una misión imposible.

Peluquería y Maquillaje: Nacho Fernández. Asistente de fotografía: David Martínez. Asistente de estilismo: Juan Luis Ascanio.

Fuente: https://www.revistavanityfair.es/articulos/karla-sofia-gascon-entrevista-auge-caida-trinidad-las-malas-emilia-perez-oscar

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