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Hartmut Rosa, sociólogo: “Estamos perdiendo el deseo de vivir y la confianza en la vida” | ideas

El intelectual alemán alerta en su nuevo libro de que las sociedades occidentales han convertido a los ciudadanos en meros ejecutores de normas y defiende que recuperemos espacios de rebeldía

El sociólogo Hartmut Rosa fotografiado en Schwäbisch Gmünd, Alemania, el pasado 21 de agosto. DENIZ SAYLAN

Cristian Segura / ideas

Schwäbisch Gmund

Hartmut Rosa (Lörrach, Alemania, 1959), uno de los intelectuales europeos más influyentes, se mueve como un adolescente más en el campus de verano que dirige. Rosa reúne cada agosto en el pueblo de Schwäbisch Gmünd, desde hace 27 años, a un centenar de jóvenes alemanes para debatir cuestiones de filosofía y sociología. Los alumnos lo adoran por su manera de ser y porque en vez de órdenes estrictas, la gestión es comunal y todo fluye en una especie de caos creativo.

La experiencia en este campus de verano es un pilar importante del nuevo libro de Rosa, tanto como sus investigaciones como catedrático de Sociología en la Universidad Friedrich Schiller de Jena y como director del Centro Max Weber de Sociología de la Universidad de Erfurt. El libro es Situación y constelación (NED Ediciones), y sus vivencias con los jóvenes alumnos aparecen en él. Porque lo que Rosa disfruta más en el campus, según cuenta con una sonrisa, es que se siente vivo, y eso es algo que nuestras sociedades están perdiendo: la satisfacción que da que las personas actuemos según nuestro propio juicio y no siguiendo patrones establecidos.

Rosa analiza el desequilibrio que se está produciendo entre lo que él define con los términos “situación” y “constelación”. El individuo actúa según su experiencia y conocimiento ante una situación; pero frente a una constelación, y estas dominan hoy nuestro día a día en todos los ámbitos, la persona se convierte en un mero ejecutor de normas y opciones establecidas. El también autor de libros como Resonancia. Una sociología de nuestra relación con el mundo (2020) y Lo indisponible (2021) argumenta que el progreso humano está en riesgo: “Allí donde la acción humana se limita a la aplicación de reglas, principios o instrucciones de uso, pierde su dimensión creativa, productiva y, en última instancia, humana”. Esta idea es el pilar de su libro y lo será de las conferencias que impartirá el 15 y 16 de septiembre en los CaixaForum de Barcelona y de Valencia.

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Pregunta. Usted pide a sus estudiantes que sean rebeldes, que se salten las normas. ¿Cuál es el límite?

Respuesta. Quiero que la gente subvierta las reglas, pero con responsabilidad. Hay dos maneras de subvertir las reglas. Una es simplemente hacer lo que uno quiere, hacer lo que es bueno para uno mismo. El libro trata sobre hacer lo que es bueno para el conjunto en una situación determinada. Esto es válido para los profesores, para los médicos y para otros oficios. Si tienes un fontanero o un carpintero en tu casa, te dirán: “Normalmente no debería hacer esto, tendría que obtener un permiso, pero de todas formas lo haré”. No deberíamos saltarnos las reglas, pero el mundo se derrumbaría si no lo hiciéramos.

P. Este es el concepto del académico Stefan Kühl de la “ilegalidad útil”. Esto ha existido siempre. ¿Se produce ahora más que antes?

R. Vivimos un proceso de reducir el margen de acción debido a la tecnología. Por ejemplo, cuando quiero ampliar el plazo para que los estudiantes entreguen sus trabajos. Muy a menudo es imposible porque el sistema informático lo impide. Se ha vuelto imposible usar nuestra capacidad de juicio. Es ilegal, lo impide la burocracia, ¡incluso comprar papel higiénico! Tuvimos un caso así en el curso de verano. Podría simplemente ir a comprarlo, pero una regla interna del colegio donde lo organizamos no lo permite: tienes que pedirlo previamente. Tenemos un fallo del sistema y tecnológicamente nos impedimos romper las reglas.

P. En el libro aporta conceptos de países en vías de desarrollo que justifican la acción individual frente a la ejecución de leyes y normas establecidas. Cita a India, Brasil y China, que no son paradigmas de democracia y lucha contra la corrupción. ¿Qué puede aprender Occidente de ellos?

R. Es un debate antiguo, si a veces la corrupción es funcional, pero no es a eso a lo que me refiero. Lo interesante es que son conceptos ambivalentes. No digo que nos olvidemos de las reglas. Hay buenas razones para tener normas. Pero en alemán tenemos un calificativo para alguien que es un espabilado: schlitzohr. ¿Es bueno o malo ser un espabilado? Está en medio, porque entiende cómo resolver problemas y encontrará la manera de alguna manera u otra.

P. Alemania está sumergida en un debate sobre si la burocracia está minando su desarrollo. ¿Cree que el problema es especialmente agudo en su país?

R. Sí, porque los alemanes se ciñen a las reglas y dicen: “No, no podemos hacerlo”, sea lo que sea. No sé mucho sobre China, creo que no todo es adecuado allí, pero sí que materializan las cosas. Construyeron un aeropuerto en un año y los alemanes no pueden hacerlo ni en 40. Creo que se ve claramente un colapso total del sistema. Hay una idea desarrollada por un colega, Florian Hoffmann: la sociedad moderna piensa que todo debe estar ordenado por reglas. Debe haber procedimientos claros y para cada tipo de problema debe haber una solución tecnológica clara. Mi argumento principal es que la vida es más compleja. Por eso en Occidente tienes que acabar quebrantando las reglas. Quiere decir que algo anda mal, es un problema sistemático.

P. En el libro alerta sobre el sistema educativo porque está convirtiendo a los menores en meros ejecutores, sin desarrollar su capacidad de actuar con un juicio propio, y que además están siendo sobreprotegidos. ¿Qué consecuencias se detectan ya de ello?

R. Llevo casi 30 años con este campus de verano. En los primeros 10 años, el principal desafío, pensaba yo, era mantener el orden. Les permito hacer casi todo, pero eso solo es posible si no hay alcohol. Les digo que pueden hacer de todo menos beber. En los primeros 10 años siempre traían alcohol y la verdad es que casi disfrutaba lidiar con eso, convencerlos de que no era una buena idea. Rompían todas las reglas. Debían estar en el colegio mayor como muy tarde a las once de la noche; por supuesto, nunca llegaban a esa hora. Les decía que no usaran el trampolín del gimnasio porque es peligroso y por supuesto por la noche saltaban del trampolín. Así fueron los primeros años. Ahora ya no tengo problemas con el alcohol. Tampoco fuman, ni se escapan por la noche. Pero ahora tengo nuevos problemas. Depresión, trastornos alimenticios, ansiedad y lo que llaman sociofobia. Algunos no pueden estar conviviendo con tanta gente.

P. ¿Desde pequeños, entonces, estamos siendo formados para no actuar según nuestro propio juicio?

R. Lo importante es que tengamos pasión por vivir y confianza en la vida. Sentir que el mundo te llama. Confianza en la vida significa que me lanzo a ella aunque no la controle. Mi ejemplo favorito es hacer autostop. Cuando éramos adolescentes lo hacíamos, y probablemente era más peligroso que ahora. Pero entonces los padres no podían rastrearte por el móvil. Y nuestros padres nos decían que no lo hiciéramos, pero la pasión por la vida era más fuerte. Queríamos ir a la ciudad y ver la vida, y también era confianza en la vida. Pensabas: “Sé que es peligroso, pero de alguna manera encontraré la manera”.

Hartmut Rosa en el centro de Schwäbisch Gmünd, Alemania, donde dirige unos cursos de verano para jóvenes.DENIZ SAYLAN

P. Concluye en su libro que las sociedades regidas en exceso por los patrones de las constelaciones generan frustración porque no tienen margen de acción para desarrollarse como personas. Esto, dice, beneficia a las fuerzas políticas populistas. ¿Cómo se produce la conexión entre esta decepción y el éxito de Donald Trump, al que usted cita?

R. El sentimiento es que no hay nada que podamos hacer ante determinados problemas. Y personas como Donald Trump llegan y proclaman que ellos actuarán, que resolverán los problemas, simplemente haciéndolo: “Ninguna norma, ningún tribunal, ningún tratado puede limitarme de manera alguna, haré lo que crea”.

P. La frustración en un mundo en el que nos convertimos en meros ejecutores alimenta a la extrema derecha, dice usted. ¿Está de alguna manera vinculado también a las corrientes antimigratorias?

R. Aquí se ve claramente la diferencia entre la constelación y la situación. La lógica de la constelación es establecer la entrada de 10.000 migrantes, ni uno más ni uno menos. Una situación, por el contrario, es la que tuvimos en 2015 cuando [la excanciller] Angela Merkel abrió las fronteras: “Están en nuestras fronteras, es invierno, hay una guerra en Siria, seamos humanos”. Nuestra relación con el mundo se basa en la idea de la membrana. Tenemos muchas membranas alrededor y la vida solo funciona si estas son semipermeables. Comienza con la piel. Nos está protegiendo, pero tiene que estar abierta a la luz del sol, al aire y demás. La siguiente capa es, por ejemplo, la casa. Una casa es una capa protectora, pero debe tener puertas y ventanas por donde entra la luz y por donde entra la gente. Si nuestra relación con el mundo está bien, entonces podemos dejar la puerta abierta. Pero la gente quiere cerrar la puerta con llave y luego eso tampoco es suficiente. Pongamos una cámara de seguridad. Y luego tal vez ni eso baste, pongamos una valla alrededor de la casa. Con cada nuevo dispositivo no es que aumente la confianza en la vida o la sensación de seguridad, sucede lo contrario, la gente se siente menos segura. Ahora la izquierda también tiene miedo y quiere cerrarse: “Los inmigrantes vienen y nos inundan”. La izquierda creo que está actuando así en todas partes, excepto en España.

P. ¿Cree que esta lógica nos ha hecho más xenófobos o racistas que en el pasado?

R. No estoy diciendo que antes todo fuera maravilloso y que ahora todo se está yendo al traste. Pero estamos perdiendo el deseo de vivir y la confianza en la vida. Y queda muy claro cuando miras los datos. Nadie siente que el futuro será un lugar mejor. La gente siente que está en un lugar muy malo. También ves que realmente perdemos el deseo de vivir cuando estudias las tasas de natalidad.

P. Un problema de las constelaciones, según su análisis, es que limitan nuestra capacidad de decisión a unas pocas opciones. El paradigma de ello es la lógica binaria. Usted pone dos ejemplos en política: menciona el debate que hubo en Alemania sobre si había que imponer la vacunación o no durante la pandemia del covid. ¿En este caso no estaba justificado que no hubiera margen de acción?

R. La vacunación en Alemania supuso una discusión muy importante. Todavía hoy muchos votantes de AfD siguen hablando de ello [la formación de extrema derecha incluso pide cárcel para los ministros de Sanidad que impusieron la vacunación]. El Estado se arroga el derecho de penetrar tu piel. Para ellos se siente como una violación absoluta. La capa protectora es la piel y alguien puede inyectarte algo en la piel, y no sabes qué es. Entonces aparece ese momento irracional, emocional. Creo que los políticos necesitaban haber entendido esto.

P. Otro asunto que usted pone como paradigma de una lógica binaria equivocada en política es la de la transferencia de armas a Ucrania. Según usted, el debate se ha limitado a enfrentar la opción de enviar armamento o pedir que se negocie la paz. ¿Por qué no es compatible defender ambas opciones?

R. En este debate siempre me critican. La gente piensa que soy amigo de Putin o algo así, y no es cierto. Durante 7.000 años hemos seguido la lógica del “Si vis pacem, para bellum” (si quieres la paz, prepárate para la guerra). Esta idea es la misma que la de los dispositivos de seguridad en casa. Durante 7.000 años nadie dijo “armémonos para matar a nuestros vecinos”, siempre se ha dicho “tengamos armas porque nuestros vecinos son agresivos”. El resultado siempre ha sido la guerra.

P. Medio millón de soldaos rusos invadieron Ucrania sin que por el lado ucranio hubiera una agresión. La acción alemana fue dar armas a Ucrania para evitar que desapareciera su Estado. ¿Qué alternativa de acción había al margen de evitar que Ucrania se hundiera?

R. De verdad quiero argumentar a favor del pueblo ucranio, son víctimas de una agresión absolutamente injustificada. Pero ahora decimos que fue por el expansionismo de Putin, pero no fue solo eso. Por supuesto que lo fue pero, para mí, Ucrania estaba entre Rusia y la UE, y esa situación no era tan mala para ellos, había a veces un empuje más hacia Occidente, hacia la UE, y a veces un empuje más hacia los rusos. Tenían una unión económica con Rusia, y lo que Occidente quería era tener a Ucrania en la UE con aquel acuerdo de asociación [de 2014]. Aquello significaba sumarse por completo a nuestro lado e incluso a la OTAN. Diría que la presión inicial no vino realmente de Putin. Rusia se sintió amenazada.

P. La situación es que Rusia ha invadido un país soberano, vulnerando el derecho internacional. ¿No es esta una situación binaria en la que no hay matices?

R. Sí, eso es lo más importante. Yo soy pacifista, pero nunca dije que no enviaran armas a Ucrania en este caso. Dije que si limitas la discusión a esta simple cuestión, a más y más armas, no resolverás nada. Pero es lo que quiere Alemania. Estuve en España y hubo gente que me dijo que tal vez los alemanes son como los japoneses. Pierden una guerra y durante 80 años quieren convencer al mundo entero de que hay que negociar la paz. Pero después de 80 años, cuando los que vivieron la guerra han muerto, los alemanes se preparan de nuevo para la guerra. La solución debe tener una perspectiva a largo plazo, una buena solución para el pueblo ucranio, pero también para Rusia, para Europa y para el mundo. Pero estamos cayendo en la ceguera. Más cohetes, más tanques, más buques de guerra. ¿A dónde nos llevará eso? Nos llevará a un desastre total.

Fuente: https://elpais.com/ideas/2026-08-29/hartmut-rosa-sociologo-estamos-perdiendo-el-deseo-de-vivir-y-la-confianza-en-la-vida.html

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