La reflexión del pensador alemán sitúa la responsabilidad individual en el centro de la existencia y cuestiona los modelos de vida impuestos por la sociedad contemporánea

ACyV
Convertirse en uno mismo no es un acto inmediato, sino un proceso que dura toda la vida. Esa es la idea central que defendió Erich Fromm, uno de los grandes pensadores humanistas del siglo XX, cuya reflexión sobre la identidad y la libertad sigue interpelando a las sociedades actuales. Nacido en Alemania en 1900 y fallecido en 1980, Fromm fue psicoanalista, psicólogo social y filósofo. Aunque comenzó su trayectoria influido por el pensamiento freudiano y vinculado a la Escuela de Frankfurt, pronto tomó distancia de las teorías que reducían al ser humano a sus impulsos biológicos.
Para él, la clave estaba en la dimensión social y cultural: las personas no nacen hechas, sino que se construyen. Esa mirada cobra especial relevancia en el contexto en el que formuló su pensamiento. Tras la Segunda Guerra Mundial, Europa y buena parte del mundo vivían una profunda crisis moral. Las atrocidades del nazismo habían puesto en cuestión los valores sobre los que se sustentaban las sociedades occidentales. Fromm entendió que era necesario devolver al individuo un papel activo, recordarle que su vida no estaba predeterminada por fuerzas externas.

En su obra Ética y psicoanálisis (1947), el autor abordó esta cuestión de forma directa. Su diagnóstico era claro: muchas personas viven alejadas de sí mismas, guiadas por normas, expectativas o imposiciones externas. Padres, instituciones, ideologías o incluso la cultura del consumo terminan dictando qué debemos ser, cómo debemos comportarnos y qué debemos desear.
Para Fromm, este tipo de vida “prestada” tiene un coste elevado. La infelicidad, la ansiedad o la sensación de vacío no surgen por casualidad, sino como consecuencia de una desconexión profunda entre lo que uno es y lo que podría llegar a ser. En otras palabras, el problema no es tanto el error o la maldad, sino el desaprovechamiento del propio potencial.
De ahí su famosa metáfora “darse a luz a sí mismo”. Lejos de ser una imagen poética sin más, encierra una idea central de su pensamiento. El nacimiento humano no termina en el momento biológico. A partir de ahí comienza un proceso mucho más complejo y prolongado: el de convertirse en una persona plenamente desarrollada.
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S. López
Cada decisión, cada acto consciente, forma parte de ese “parto” simbólico. No se trata solo de sobrevivir o cumplir con un rol social, sino de desplegar capacidades más profundas, como la capacidad de amar, de pensar críticamente o de actuar con libertad. Para Fromm, vivir de forma auténtica implica ir más allá de la mera adaptación a lo que se espera de uno.
Esta distinción entre “ser” y “funcionar” es clave en su obra. Muchas personas, advertía, acaban reducidas a piezas dentro de un engranaje social o económico. Cumplen funciones, producen, consumen, pero no necesariamente se desarrollan como individuos. Frente a ello, Fromm reivindicó la necesidad de una vida más consciente, en la que el crecimiento personal no quede subordinado a la lógica del sistema.
Su propuesta no es sencilla ni cómoda. Implica asumir una responsabilidad individual que no puede delegarse. Nadie puede recorrer ese camino por otro. La sociedad puede ofrecer herramientas, educación o recursos, pero el impulso para crecer debe nacer de cada persona.