Un estudio revela que esta experiencia sensorial es igual en distintas culturas, ya que comparten los mismos puntos sensibles, que son distintos de los de otras sensaciones como el dolor o el placer

Ana Lozano del Campo / El País
Si mañana tuviésemos que mudarnos y establecer vínculos personales en otro país, probablemente viviríamos más choques culturales por los abrazos o las caricias que por las cosquillas. Las diferentes formas de contacto social se llevan estudiando mucho tiempo, pero sigue habiendo preguntas sin resolver respecto a su origen cultural o evolutivo. Concretamente, ese estímulo táctil que provoca a la vez carcajadas y unas ganas irrefrenables de huir genera curiosidad y teorías desde tiempos de Aristóteles, señal de que, a priori, parece bastante universal, aunque faltan muchas certezas al respecto. Hablamos de lo que técnicamente se conoce como gargalesis, que se diferencia del cosquilleo suave que nos provoca el roce de una pluma, cuyo tecnicismo correspondiente es knismesis.
Un estudio publicado este lunes en Nature Human Behaviour ha preguntado a 448 personas de Grecia, Holanda y China sobre cómo experimentan las cosquillas para tratar de dibujar un mapa corporal e intercultural. Los investigadores querían arrojar luz sobre algunas cuestiones centrales, y aún sin respuesta, sobre la propia experiencia física, posibles diferencias culturales y las razones detrás de la sensibilidad desigual a lo largo del cuerpo. Lo primero que encontraron fue una casi plena unanimidad: al 98% le han hecho y casi un 96% ha hecho alguna vez cosquillas. Además, un 71% se considera bastante o muy sensible a este estímulo.
Con toda la información que proporcionaron los participantes en el estudio, han podido diseñar el primer mapa corporal detallado de la sensibilidad a las cosquillas. Esto les ha permitido no solo ubicarlas en una especie de mapa de calor que refleja la frecuencia con la que las personas señalaron a cada región específica del cuerpo. Esta topología tan precisa de las cosquillas es también una rica base de datos que han podido contrastar con cinco teorías que, históricamente, han tratado de explicar por qué sentimos más las cosquillas en ciertas partes del cuerpo.
Alguna de ellas, como la teoría del grosor de la piel, es tan antigua como para que ya la sugiriese Aristóteles. Sin embargo, los datos que ya existen sobre el grosor de la epidermis descartan que las cosquillas sean más fuertes allí donde la piel es más fina, pues no coinciden con el mapa del estudio. Se descarta también la “teoría de la vulnerabilidad”: allí donde las arterias tienen mayor diámetro, cerca de los órganos, se considera que un golpe violento es más peligroso. Este mapa tampoco coincide con el de las cosquillas de este estudio, por lo que descartan que el reflejo de huir cuando nos hacen cosquillas sea un mecanismo de entrenamiento frente a estímulos en esos puntos críticos para la supervivencia.
El mapa del estudio tampoco coincide con las zonas donde los participantes señalaron más placer, descartando la “teoría hedónica”; ni con las partes del cuerpo en las que la piel tiene más terminaciones nerviosas, lo que descarta la “teoría fisiológica”. Al contrario, encontraron cierto efecto negativo de estas dos respecto a la experiencia de las cosquillas, es decir, los mapas serían en cierto modo antagónicos, con las zonas de placer o más inervadas entre las menos sensibles a las cosquillas.
La teoría que más encaja con el mapa de este estudio es la de la exposición al tacto, que sugirió el visionario de Darwin. Tal y como él propuso, parece que “las partes del cuerpo que menos se tocan en la vida cotidiana tienden a ser las más sensibles a las cosquillas”, en palabras de Konstantina Kilteni, autora principal. Sin embargo, como anticipábamos, este factor no explica todo el fenómeno y la neurocientífica añade que sus resultados “indican que las cosquillas surgen de una combinación de factores biológicos, psicológicos y sociales”. La explicación de nuestra respuesta a las cosquillas es, por tanto, “más complejo de lo que se pensaba”, añade.
Para concluir, encontraron que los mapas que describían otras sensaciones corporales de los participantes, como el dolor, el placer o la detección de nuestro propio tacto, no coincidían mucho con el de las cosquillas. Esto es lo que les permite afirmar que esta experiencia sensorial tiene sus propias vías y se separa de las de otros estímulos táctiles, incluso de las infructuosas cosquillas que podamos intentar hacernos a nosotros mismos. “Esa sensación es esperada y el cerebro reduce su intensidad, pero cuando otra persona nos toca, existe un elemento de sorpresa, por lo que la sensación es mucho más intensa y propensa a provocar cosquillas”, dice Kilteni.
Experiencia universal
El estudio muestra que la sensibilidad a las cosquillas es extraordinariamente universal. “Personas de distinto origen cultural señalaron las mismas partes del cuerpo como las más sensibles, describieron reacciones similares y compartieron experiencias sociales muy parecidas”, resume Kilteni. La mayoría de participantes de los tres grupos culturales coincidió en la risa como reacción principal, y señalaron cuello, axilas, abdomen y plantas de los pies como las zonas con más cosquillas. Para la neurocientífica del Instituto Karolinska (Suecia), esto sugiere que “las cosquillas constituyen una característica fundamental de la biología humana, más que algo que aprendemos de nuestra cultura”.
La mayoría ha hecho y recibido cosquillas principalmente de familiares y amigos. Muchos participantes también incluyen a las parejas, y en la interacción con ellas añaden una parte del cuerpo más: la zona interior de los muslos. Sin embargo, las cosquillas por parte de personas desconocidas o con una mera relación profesional fueron muy poco frecuentes. “Nuestro estudio no investigaba situaciones con desconocidos, por lo que no podemos extraer conclusiones acerca del miedo o ausencia de consentimiento, aunque es muy probable que esos factores sociales sean importantes”, reflexiona Kilteni.
Casi la mitad de los participantes estaba en contra de la idea de que la risa durante las cosquillas refleje necesariamente disfrute y hasta un 26% las etiquetó como desagradables. Pero si hay una etapa de la vida en la que las consideramos más divertidas es en la infancia, que es también cuando más las recibimos de nuestros adultos cercanos, algo que confirmaron las respuestas al estudio. “Este patrón también fue idéntico en las tres culturas estudiadas y, curiosamente, es el mismo que se ha observado en nuestros parientes evolutivos más cercanos, los chimpancés y los bonobos, lo que sugiere que podría tener profundas raíces evolutivas”, explica la neurocientífica.
Una posible explicación es que las cosquillas son más frecuentes en la infancia porque los adultos disfrutan menos de ellas que los niños, aunque no investigaron directamente por qué las cosquillas disminuyen con la edad. “Nos centramos en adultos porque podían informarnos tanto sobre sus experiencias durante la infancia como durante la edad adulta”, cuenta Kilteni. Sugieren que quizás esta pérdida del disfrute en la edad adulta coincide con la etapa en la que emerge el juego sexual y, aunque son solo conjeturas, coincide con la baja asociación que hicieron los participantes entre las cosquillas y el disfrute sexual.
Algunos de los simios con los que compartimos un parentesco muy cercano, como los chimpancés y los bonobos, también se hacen cosquillas entre sí. Es más, emplean las manos y los dedos para estimular las axilas, las plantas de los pies, el abdomen o el cuello y provocar risa a sus congéneres, especialmente con quienes comparten un vínculo. Exactamente como los humanos. Y en ellos la edad también marca los mismos roles y la frecuencia con la que se experimenta esta interacción física, razones que refuerzan la hipótesis del origen evolutivo que sostienen los autores.
Fuente: El País