#ElRinconDeZalacain | Dos descripciones sobre cómo celebraban los mexicanos el Jueves de Corpus el S XIX, basadas en la obra del alemán Carl Christian Sartorius, México y los Mexicanos.
Por Jesús Manuel Hernández*
@jesusmanuelh
Precisamente el siguiente jueves de la celebración de la Santísima Trinidad, o sea 60 días después del Domingo de Resurrección, la iglesia católica tiene en su calendario la Festividad del Corpus Christi, cuyos antecedentes se remontan a 1246 en Lieja, Bélgica, por iniciativa de Santa Juliana de Cormillón.
La festividad ha cobrado fama en el mundo entero, incluso se ha declarado Día Festivo Oficial, quizá en España de manera muy especial, en algunas ciudades alcanza la calificación de Fiesta de Interés Turístico Nacional.
En México, debido a la persecución religiosa el siglo pasado, y antes, cuando las Leyes de Reforma, el Corpus Christi quedó reservado al interior de los atrios de las iglesias, en Puebla se colocaba una tela en las rejas para “ocultar” la ceremonia de la procesión de Corpus Christi.
Pero hubo épocas cuando la festividad cobraba notables alcances.
El tema era comentado por Zalacaín un día antes de la celebración de la festividad, con énfasis en los detalles como las mulitas de hoja de maíz, las “muñecas” y los “panzones” de cartón, una artesanía en extinción en Puebla hasta donde llega la “importación” de cartonería de Celaya y otras entidades.
En el siglo XIX llegó a México el investigador alemán Carl Christian Sartorius, quien publicó en 1855 “México y los mexicanos”, una obra donde deja claro el testimonio de algunas fiestas celebradas por los mexicanos, entre otras la de Corpus Christi.
Zalacaín había llevado a la reunión del día previo al Jueves de Corpus un texto de Sartorius. Y lo leyó:
“En México, al igual que todos los países católicos, el Jueves de Corpus, que se celebra con gran esplendor; siempre coincide con la época más calurosa. En las ciudades más importantes no hay nada sobresaliente en la forma de celebrarlo. En la capital sólo una reducida parte de los habitantes se une a la procesión, aunque todos desearan presenciarla. Los elegantes desean exhibirse con sus más lujosos vestidos y suelen criticar los atuendos de los demás (los amigos soltaron algunas risas bajo la premisa de ‘nada ha cambiado’). Las solemnidades se inician con una misa oficiada en la catedral por el Arzobispo, estando presentes en ella todos los componentes del clero de la ciudad, incluyendo los monjes. Parte la procesión desde la Catedral hacia las calles cercanas del lado occidental, hasta alejarse unos mil pasos. Todo el trayecto está cubierto por un toldo de tela blanca con una orla roja, lo suficientemente alta para dejar libres los balcones de las casas, ocupados por hombres y mujeres que lucen los más soberbios atavíos. El poder espiritual y el poder temporal despliegan todo su esplendor; el símbolo de la divinidad refulge de diamantes. La ‘luz del mundo’ tiene una escolta de honor, formada por granaderos acompañados por una música oriental. El Presidente aparece con todos sus ministros y todo su consejo, asi como las supremas autoridades, la administración, las universidades, las escuelas, la municipalidad, los generales en sus diferentes uniformes, con un brillante Estado Mayor y cuerpo de oficiales. El clero, a cuya cabeza marcha el obispo con su cortejo de prebendados, es seguido por los bien disciplinados hijos de la Iglesia, ataviados con diferentes ropajes; van ondeando banderas y exhiben cruces inclinadas y estandartes, presentando así una perspectiva brillante y variada.
“El número de las personas que participan en la procesión ha sido previamente fijado, de tal modo que cuando el último par de personas sale de la Catedral, el primero entra de nuevo por las grandes puertas. La ciudad tiene un aspecto festivo; las casas están adornadas con tapetes y guirnaldas; en lo alto de los palacios y torres flotan al viento banderas y gallardetes; tañen las campanas y ruge el cañón… exactamente como se hace en Europa. El espectador venido de allende el Atlántico encuentra un gran atractivo en la muchedumbre que tal vez en ninguna otra parte del mundo observa tal diversidad de rostros, razas, costumbres y maneras.
“Pero contemplemos ahora este mismo festival en una de las grandes poblaciones indígenas de la meseta o de las montañas.
“En los cuatro costados de la plaza frontera al templo acondicionan un camino verde con arbolillos y ramas, un emparrado estrechamente entretejido en la parte alta y a los lados, profusamente decorado con coronas de flores. En las cuatro esquinas de la palza se levantan altares floridos donde se cantan responsos, el piso está cubierto también con flores y por todos lados se ven cuencas de barro en que arden copal y estoraque -especie de bálsamo negro, pegajoso, explicó Zalacaín a sus oyentes- . Algo singular, una reliquia del pasado que los sacerdotes cristianos han dejado continuar para solaz de los aborígenes, es el sacrificio de animales que los indios ofrecen a la divinidad, como sus antepasados lo ofrecían a Quetzalcóatl o a Tláloc. Todo animal silvestre que puede ser capturado, es conducido a la enramada verde y allí suspendido el chacal y la zorra, el armadillo y la zarigüeya, el mapache y alguna comadreja se esfuerzan por liberarse de sus ligaduras; pájaros de presa, cuervos, patos silvestres y pavos, codornices y tórtolas aletean dentro de las trampas en que fueron cazados, en tanto que gran número de pequeños pájaros cantores gorjean y cantan dentro de sus jaulas de carrizo en el verde follaje. Inclusive en el templo, frente al altar adornado para la ocasión, se escucha la melodiosa canción del sinsonte –conocido también como cenzontle, acotó el aventurero-.
“Esta inocente complacencia bien puede dársele a la criatura de la naturaleza. Por lo general el indio, y más concretamente el habitante del Anáhuac, exhibe muchas trazas de la primitiva costumbre de los toltecas, consistente en rendir culto a la naturaleza. Subsecuentes generaciones deben precisamente a los toltecas su civilización y su religión. Los indios conciben aún la idea de que montañas y cascadas son las moradas de los dioses tutelares; la diosa de las nubes aún tiene sus redes sobre el cielo para fertilizar la tierra (Matlacuey, Matlaquiáhuatl) y el genio tutelar (Tona) se le aparece al niño recién nacido en el momento en que éste hace su entrada en el reino de la vida, del mismo modo en que Tecolotl anunciará el fin de sus días. El amor del indio por las flores, su habilidad para seleccionar las que han de adornar en las funciones religiosas, no las aprendió de los españoles y tampoco es accidental; es algo que a lo largo de los siglos está entretejido en su existencia y que proviene de una raza distinta de los aztecas. La ofrenda de los animales vivos en la celebración del Corpus puede también pertenecer a una antigua forma de culto”, concluye Carl Christian Sartorius.
En verdad dos bellísimas descripciones sobre las costubres de México en el Siglo XIX, las dos religiosas, motivadas por el Jueves del Corpus, la primera con énfasis en los protocolos de la alta sociedad y el clero y la segunda donde aparecen las antiguas tradiciones de los pueblos originarios de Mesoamérica.
¿Y la comida del Jueves de Corpus? Preguntó uno de los amigos. Y Zalacaín respondió, en la Puebla del siglo pasado era común el consumo de chalupas, chanclas, pelonas, chileatole, incluso Pozole… pero esa, esa es otra historia.
YouTube El Rincón de Zalacaín
* Autor de “Orígenes de la Cocina Poblana” Editorial Planeta.