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El Brindis

#ElRinconDeZalacain | Solo se brinda con bebidas alcohólicas, para desear la salud, nunca con agua, es de mala suerte

Una comida ocasional, a veces son las mejores, sin planeación solo el protocolo de la educación y la atención a las invitadas derivó en una profunda reflexión sobre el “brindis” y brotó la chispa de la poesía del vino.

Zalacaín había aprendido décadas atrás a brindar y pedir “viendo a los ojos” salvo condena de “siete años de mal sexo”, una premisa evidentemente falsa, pero muy acertada para generar la camaradería.

Esa frase procedía de otra similar al desear “¡salud!” a los convidados al brindis: “con agua nunca, son siete años de mal sexo”.

¿De dónde viene eso de brindar? Preguntó una de las invitadas.

Pues es una tradición de varios siglos y ha estado asociada a temas desde culturales, religiosos espirituales y por supuesto anecdóticos.

A lo largo de la historia de la humanidad hay algo en común sobre este tema, solo se brinda con bebidas alcohólicas, nunca con agua, pues es el ingrediente de todas las cosas.

El alcohol por tanto es la creación de los hombres, a través del cultivo de la uva, del descubrimiento de la fermentación y de todas esas cuestiones integradas en la vinificación.

Zalacaín recordó un pasaje de “Libro de los Cantos”, poesía china, redactado en el siglo VI a.c. en la dinastía Chou fueron recogidas las palabras de los himnos de las danzas de la fertilidad y se cita con frecuencia beber vino, alimento de la vida.

Para los griegos brindar con agua era “desear la muerte” pues las almas muertas beben del río Lete en el inframundo.

En cambio tanto para los griegos como para otras culturas brindar con vino, sidra o cerveza, significa desear la buena suerte, y se celebra deseando “salud”.

En algún tiempo los nobles y militares chocaban sus copas para salpicarse entre ellas el líquido, el vino, para demostrar la ausencia de veneno en alguna de ellas, un tema bastante difundido en la antigüedad, así, se mezclaban las bebidas a compartir y se garantizaba la “salud”.

Alguna vez Zalacaín había escuchado a un madrileño leer unas líneas a propósito de estos temas donde se exaltaba la experiencia de la vida como pieza fundamental del brindis.

El español adjudicaba las líneas a un príncipe andalusí antes de morir, pero alguien más en la mesa corregía sobre el autor, para él se trataba de “Suleimán El Magnífico”.

A fin de cuentas el texto tiene un valor especial:


Todo lo tuve, y en abundancia.

Pues lo bello pasó por mi casa

para quedarse luego en parte

o para siempre, con la simpatía

y el amor, la gracia del arte,

la amistad y los honores.

Los colores de las flores más delicadas

brotaron cada año en mis jardines

como yo quería que brotasen:

Entre fragantes frutales y dulces fuentes

que me despertaran cada mañana

y me adormecieran cada noche

con el fluir armonioso del agua en Veled Assikia.

Me amaron más de lo que supe querer

más tanto amé yo,

que en cada momento ellas

hicieron me sintiera justo y bello.

Pues las mujeres me lo enseñaron todo,

lo cierto que saben los sabios

y lo que los filósofos sospechan

y ellas me hicieron tolerante,

tranquilo, y apasionado amante.

Mis amigos me consolaron cuando fue necesario

y supe consolarles cuando me lo pidieron.

No recuerdo enemigos,

los olvidé si los tuve,

y si ellos me olvidaron

nadie me los nombre ahora por eso.

Mi madre y mi padre vivieron tan en paz

como murieron.

Tuve hijas e hijos, nietas y nietos,

hermanas y hermanos, y viven todos ellos.

Comí lo justo y deliciosamente preparado,

pues mis cocineros fueron comedidos,

buenos y honestos.

En mis bodegas siempre encontré el vino conveniente,

si lo quise afrutado o reposado, armonioso o fuerte.

se crió, maduró y encendió de enero a enero

en mis viñedos,

-los mejores, por cierto en el mar nuestro

y el de los suevos-

y después se elaboró y guardó con cuidado.

Todavía me deleito con los mejores perfumes

y he visto, aún las tengo, las mejores telas pintadas,

las más bellas vidrieras, artesonados, y vajillas,

bronces, espadas, ajuares e instrumentos musicales…

buena parte de lo que os muestro, mirad,

queridos, ahí lo tenéis,

todo eso es vuestro.

En mis cuadras siempre durmieron

los hermosos caballos del Clitumno, hijos de aquellos

traídos al río ibero por Leovigildo,

el rey godo de los trulli de Toledo.

Y si no hay para todos los lugares un mismo cielo,

este húmedo,

bajo el que he vivido tantos años,

ha sido conmigo amable, templado, cercano,

luminoso y bueno…

Brindo con vino por este techo

de esta nuestra buena herri ogía:

así es mi cuenta, queridos,

de todo lo que viví,

pues si rebosé de goce, placer y pensamiento,

sin duda que ello fue precisamente aquí,

bajo este cielo,

aquí fueron la fortuna y el reconocimiento,

amor, poesía, música, arte y amigos.

Y con todo eso he sido quince días feliz,

Aunque no seguidos…

Las copas de las comensales se levantaron al unísono y coincidieron el brindis, viendo a los ojos “¡Salud por la vida, por lo vivido, por lo bebido!”

Y entonces Zalacaín recordó un brindis especial al levantar una copa de vino tinto, famosa entre los militares españoles:

“Ah, sangre de Cristo cuánto ha que no te he visto… y ahora que te veo, lingotazo que te arreo”.

Pero esa, esa es otra historia.

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YouTube El Rincón de Zalacaín

* Autor de “Orígenes de la Cocina Poblana” Editorial Planeta.

elrincondezalacain@gmail.com

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