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De la maternidad idílica de Finlandia al ‘no kids’ de Corea; por qué ya nadie quiere tener hijos | Magazine

La caída de la natalidad ya no es una estadística abstracta, sino una transformación visible de la vida cotidiana: escuelas vacías, ciudades envejecidas y niños convertidos casi en una rareza social. Mientras proliferan los espacios ‘adults only’, los gobiernos se preguntan por qué las mujeres no quieren tener hijos

Lejos quedan esas imágenes de los setenta en que las familias numerosas eran de lo más habitual
PEDRO MASO P.C. / Album

En un excelente reportaje reciente para The New Yorker titulado El fin de los niños, el periodista Gideon Lewis-Kraus describe una escuela rural de Corea del Sur que llegó a albergar a más de un centenar de estudiantes y que hoy apenas reúne a cinco. El edificio sigue allí. También el patio, los pasillos y las canastas. Solo falta el griterío de los recreos, esa energía divina y caótica de la infancia. Quien viva frente a una escuela conoce la alegría innegociable de la hora del patio.

Corea del Sur ya fue pionera en otro fenómeno hoy cada vez más extendido: los espacios adults only. Hoteles, restaurantes, cafeterías, gimnasios, bibliotecas o museos comenzaron a prohibir la entrada de niños bajo la filosofía childfree (libre de niños). Es el país con más No Kids Zones (zonas sin críos) del planeta. El fenómeno llegó a adquirir tal dimensión que acabó debatiéndose en el Parlamento.

Hemos convertido la maternidad y la paternidad en proyectos de altísima exigencia 

La imagen de la escuela rural tiene algo de metáfora anticipada y algo de distopía. Corea del Sur posee la tasa de natalidad más baja del mundo: 0,7 hijos por mujer. Si la trayectoria se mantuviera, cada generación tendría aproximadamente un tercio del tamaño de la anterior. Pero el artículo señala que la tendencia es casi global.

Lewis-Kraus parte del desplome demográfico surcoreano —el caso más extremo del mundo desarrollado— para preguntarse qué ocurre cuando una sociedad deja de tener hijos y cómo cambia entonces la vida cotidiana de pueblos, escuelas, familias y economías. El texto evita tanto el alarmismo como la celebración automática del decrecimiento demográfico. Describe escuelas casi vacías, pueblos donde apenas nace un niño al año y servicios públicos que se transforman para atender a una población envejecida. Pero al mismo tiempo cuestiona la idea de que la baja natalidad sea simplemente fruto del egoísmo o de una decadencia moral.

Corea del Sur posee la tasa de natalidad más baja del mundo: 0,7 hijos por mujer
Corea del Sur posee la tasa de natalidad más baja del mundo: 0,7 hijos por mujerGetty Images

Explica el autor que la “tasa de fecundidad total” es una estimación aproximada del número de hijos que tendrá una mujer media a lo largo de su vida. Una población se mantiene estable si alcanza el llamado “índice de reemplazo”, es decir, unos 2,1 hijos por mujer. Cualquier cifra por encima genera crecimiento; cualquier cifra por debajo, declive.

Entre los muchos datos que aporta, destaca el caso de Singapur, que en 1960 tenía una tasa de fecundidad de seis hijos por mujer y que en 1985 había descendido a 1,6. Aquello obligó al Gobierno a lanzar una campaña promocional con un lema extraordinario: “Ten tres o más… (si te lo puedes permitir)”. El paréntesis es importante.

Giorgia Meloni ha advertido recientemente de que Italia “está destinada a desaparecer” si no revierte su caída demográfica

En Japón, cuando la tasa cayó a 1,3, un ministro llegó a referirse a las mujeres como “máquinas de dar a luz”, comentario que no fue bien recibido ni siquiera por su esposa. Giorgia Meloni ha advertido recientemente de que Italia “está destinada a desaparecer” si no revierte su caída demográfica. Y un economista japonés incluso diseñó un reloj conceptual que cuenta atrás hasta el nacimiento del último niño de su país. Hace un año la fecha señalada era el 5 de enero de 2720.

Hace veinte años el cine ya imaginó algo parecido. En Children of Men (Hijos de los hombres), de Alfonso Cuarón, la humanidad se enfrenta a una catástrofe silenciosa: deja de tener hijos. No hay invasiones alienígenas ni meteoritos. Simplemente dejan de nacer niños. El ser humano más joven del planeta tiene dieciocho años y su muerte ocupa las portadas de los periódicos.

El descenso de natalidad se atribuía a que las generaciones estaban menos comprometidas, aunque no es del todo cierto
El descenso de natalidad se atribuía a que las generaciones estaban menos comprometidas, aunque no es del todo ciertoGetty Images

Esa realidad es todavía ciencia ficción y, sin embargo, algunas de sus imágenes empiezan a resultar inquietantemente familiares, porque el lugar que ocupan los niños en nuestras sociedades está cambiando a una velocidad que pocos anticiparon.

Durante décadas se explicó el descenso de la natalidad como una cuestión de valores. Se dijo que las nuevas generaciones eran más individualistas, menos comprometidas o menos dispuestas a asumir responsabilidades. Sin embargo, las encuestas cuentan una historia más compleja.

Donde antes bastaba con que un niño estuviera alimentado, vestido y regresara a casa antes del anochecer para cenar lo que hubiera en la mesa, ahora debe recibir estimulación temprana, dieta equilibrada, educación emocional, clases de idiomas, deporte, música, pantallas limitadas, atención constante y, a ser posible, una infancia inolvidable. Nunca se había hablado tanto de crianza y nunca había parecido tan agotadora.

Tener hijos ya no es una cuestión de querer, sino de poder
Tener hijos ya no es una cuestión de querer, sino de poderSVETLANA DAMJANAC

La paradoja es evidente. Hemos convertido la maternidad y la paternidad en proyectos de altísima exigencia justo cuando la vida adulta se ha vuelto más incierta.

Quizá por eso algunos países empiezan a mirar el problema desde otro ángulo. No preguntándose por qué las personas no tienen hijos, sino qué condiciones necesitan para tenerlos. Ahí aparece Finlandia, paraíso europeo de las familias monoparentales y de las madres solteras por elección.

Durante décadas, el gran viaje reproductivo europeo tenía como destino Londres o determinadas clínicas del sur de Francia. Miles de españolas cruzaron el continente para interrumpir embarazos que no podían o no querían continuar en su país. Hoy el mapa ha cambiado. En una época en la que tener hijos parece una empresa cada vez más compleja, algunas miradas apuntan hacia el Norte.

Guarderías accesibles, educación pública de calidad, permisos parentales generosos

Finlandia no ha descubierto la fórmula de la fertilidad. También allí la natalidad ha descendido. Pero el país nórdico ha conseguido algo quizá más importante: que criar un hijo dependa un poco menos de la suerte, de la pareja adecuada o de una cuenta corriente robusta.

Allí crece el número de mujeres que optan por la maternidad en solitario. No porque criar sola sea fácil, sino porque el Estado reduce parte de los riesgos que en otros lugares convierten esa decisión en una apuesta temeraria. Guarderías accesibles, educación pública de calidad, permisos parentales generosos y una cultura que entiende la crianza como una responsabilidad colectiva permiten que una mujer pueda plantearse ser madre sin que todo dependa de encontrar a la pareja perfecta.

En Corea se ha pasado del 'No Kids Zone' a tener la tasa de natalidad más baja del mundo 
En Corea se ha pasado del ‘No Kids Zone’ a tener la tasa de natalidad más baja del mundo AFP via Getty Images

La pregunta que plantea Finlandia no es si las mujeres deberían tener hijos solas. La pregunta es otra: ¿cuántas personas tendrían hijos si el miedo fuera menor?

Mientras investigaba para escribir este artículo encontré un vídeo delicioso en YouTube. Una chica argentina viaja a Finlandia y pregunta cómo son allí las citas de Tinder. Una de las entrevistadas responde: “El chico finlandés normalmente te entra borracho. Luego, en la primera cita, te dirá ‘qué culo más bonito tienes’ con el entusiasmo de quien canta la previsión meteorológica. Y si finalmente te casas con él, solo te dirá ‘te quiero’ tres veces en la vida: el día de la boda, el del nacimiento del primer hijo y en el lecho de muerte”.

Por supuesto, hay regiones donde la fertilidad sigue siendo alta, especialmente en Asia Central y en el África subsahariana. Según relata Gideon Lewis-Kraus en su minucioso artículo, en Nigeria, donde la tasa ha descendido de siete a cuatro hijos por mujer, un periódico llegó a culpar a una supuesta conspiración francesa basada en “nanotecnología para robar penes africanos” y así revertir la desaparición de los europeos, que “ya no quieren tener hijos”.

Por supuesto, hay regiones donde la fertilidad sigue siendo alta, especialmente en Asia Central y en el África subsahariana

En Estados Unidos, donde la tasa de fertilidad ronda el 1,6, parte de la derecha considera la despoblación una amenaza aún mayor que el cambio climático. Elon Musk la describe como “el mayor peligro al que se enfrenta la civilización”. Se dice que ha tenido al menos trece hijos conocidos y, según varias informaciones, habría ofrecido esperma a amigos y conocidos. Aun así, todavía está lejos de Genghis Khan, que según la leyenda dejó más de mil descendientes.

 J. D. Vance, por su parte, atribuyó el problema a “la izquierda sin hijos”. Cuanta más cultura para las niñas y adolescentes, y más feminismo, menos nacimientos. El descenso afecta a todos los grupos demográficos, incluidos los mormones. Solo dos comunidades mantienen alto el listón de la natalidad, los judíos ultraortodoxos y sectas anabaptistas, y a este paso, según cálculos del economista Robin Hanson, la América del siglo XXIII estará tomada por los amish y sus bonitos edificios con graneros perfectos.

La infancia empieza a ser un bien escaso
La infancia empieza a ser un bien escasoPxHere

Lewis-Kraus propone apartarse en lo posible de esa guerra cultural y volver a mirar a los niños como individuos y no como instrumentos ideológicos. Describe la despoblación no como una catástrofe repentina, sino como una especie de “apocalipsis a plazos”, lento y silencioso.

La infancia, que durante siglos fue una presencia omnipresente, empieza a convertirse en un bien escaso. Quizás por eso me ha encantado leer Aire de Familiadel novelista italiano Alessandro Piperno, que cuenta la historia de un escritor y profesor universitario cancelado por haber comentado en clase unas citas misóginas de Flaubert. En mitad del derrumbe recibe la llamada de su abogada porque el hijo de nueve años de una prima lejana ha quedado huérfano y el último pariente a quien pueden acudir es a él, un tipo que había rechazado tener hijos durante cincuenta años hasta el punto de decir en un programa de televisión que los niños le parecen absolutamente bochornosos. 

Cuando el pequeño Noah, con sus traumas evidentes, entra en su vida y se ve improvisando el papel de padre todo se transforma para ambos de manera conmovedora y todas las respuestas que creía inalterables se convierten en preguntas. “Era como si entre mi salud y la de Noah se hubiera entablado una relación de interdependencia. Ni siquiera en los buenos tiempos, cuando estaba enfrascado en los capítulos finales de un libro, tenía tanto miedo a morir”.

Astra Taylor  define nuestra época como “la era de la inseguridad”

En otro excelente artículo del New York Times titulado En un mundo incierto, las parejas ya no quieren tener bebés, Anna Louie Sussman, autora del ensayo de próxima aparición Inconcebible: la imposibilidad de la familia en la era de la incertidumbre, se pregunta cómo funcionará la sociedad si cada generación es más pequeña que la previa, y halla respuestas en la escritora de la generación X Astra Taylor, que define nuestra época como “la era de la inseguridad” y en la escritora de la generación Z, Kyla Scanlon, que habla del fin del progreso predecible.

Vivo delante de una escuela y, cuando estoy en casa, a las once en punto me asomo algunas veces a ver a los niños en el patio, las carreras y los gritos me llegan tan adentro que maldigo que solo dure media hora. Es el canto más hermoso, el guirigay de la desobediencia más allá del pupitre. Así me devuelven a la infancia y hacen que me vea en el que fue mi patio con el bocata de mi madre y el cuello de la bata mojado ansioso por meter goles que me hacían amar el presente por encima de todo.

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Francia también ha vivido episodios sonados de niñofobia contemporánea. La SNCF lanzó vagones prémium donde no podían viajar menores de doce años para garantizar “el máximo confort”. Muchos interpretaron la medida como una privatización emocional del espacio público. Más absurdo fue el caso del famoso restaurante Les Grands Buffets, donde una pareja denunció que le habían cobrado un menú completo de adulto por sentar a un bebé de trece meses en una trona. “La vida debe ser un continuo aprendizaje”, escribió Flaubert en vano. Y en ese aprendizaje, si se acaban los niños, ¿qué nos queda?

La hasta ahora considerada infalible teoría de Thomas Malthus según la cual el aumento de población haría colapsar al mundo por la falta de alimentos tiene un twist de guion cinematográfico. Querido Malthus: siempre hay giros en el libreto de la trama.

Fuente: https://www.lavanguardia.com/magazine/lifestyle/20260529/11549606/maternidad-idilica-finlandia-kids-corea-nadie-quiere-hijos.html

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