El diseñador trabajó unos días en sus “exigentes” talleres, de donde se marchó con “un grato recuerdo”, 30 bocetos y una pasión de por vida: la de coleccionar vestidos de la casa. Dos exposiciones, dos, en París cuentan la historia.

Por Paloma Simón / Vanity Fair
¡Es totalmente impresionante! Una pieza gloriosa tras otra… Azzedine [Alaïa] me mostró una fracción de sus tesoros (creo que fue alrededor de 1990); como el Mago de Oz, descubrió una cortina roja que se extendía por toda la habitación y vi vestidos de baile de Christian Dior de los años cincuenta apelotonados en un burro larguísimo. La abrió por una fracción de segundo y me dijo :“Después, después”, mirándome y riéndose solo… Al fin he visto una selección (hay más en la Fundación Alaïa) y… ¡es de no creer!”, posteó recientemente Hamish Bowles en su cuenta de Instagram. Que alguien habituado a la belleza elogie de forma tan elocuente una exposición solo puede significar una cosa: que urge verla.
El crítico de moda se refería a La colección Dior de Azzedine Alaïa que acoge La Galerie Dior hasta el 3 de mayo. Un recorrido que, además de exhibir más de un centenar de piezas históricas de la casa francesa que se muestran al público por primera vez, revela una pasión secreta: la del modista (Túnez, 1935) por el inventor del New Look. “Azzedine Alaïa comenzó a coleccionar moda en la más absoluta reserva a finales de los sesenta, hasta reunir más de 20.000 piezas que hoy conserva la fundación que lleva su nombre. De Dior atesoró más de 600 modelos, la mayoría confeccionados por Christian Dior entre 1947 y 1957”, detalla Olivier Flaviano, director de La Galerie Dior, el museo de la maison en el 30 de la Avenue Montaigne donde también se exhiben prendas de la etapa de Yves Saint Laurent, de la de Marc Bohan o de la de John Galliano.
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El comisario de la muestra, Olivier Saillard, se suma al entusiasmo de Flaviano y Bowles al recordarnos cómo los modelos reunidos por el creador tunecino “dan testimonio de su incansable búsqueda, que puso en marcha con inquebrantable determinación, en pos de los misterios de los vestidos, de las delicadas estructuras que hacen que las vaporosas enaguas se mantengan firmes. De cómo reunió con destreza los objetos que construyeron sus sueños de adolescencia”, evoca. Una adolescencia que transcurrió en Túnez en una familia de granjeros en la que nada hacía presagiar que se convertiría en un diseñador de culto, en una figura paternal para las supermodelos. “Trabajé mucho con él, me hizo todos los vestidos para los eventos importantes de mi vida. Era impresionante, un verdadero artista y un gran amigo. Para mí, el mejor. No ha habido otro igual o, al menos, nadie que nos hiciese sentirnos así. Vestirse de Alaïa es algo muy especial. Y lo copió todo el mundo. Era maravilloso”, nos contaba recientemente una de sus musas, la española Olatz Schnabel.
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Curiosamente, y tal y como declaró él mismo en 2011, aquel año le ofrecieron suceder a John Galliano. Alaïa rechazó la oferta. No quería ser “el siguiente capítulo de una triste historia”. Prefirió la independencia, que defendió hasta su muerte, en 2017, y que lo sorprendió en su casa estudio de Le Marais. Trabajando y cultivando su amor platónico por Dior, en cuyos talleres trabajó, por cierto, durante unos meses en 1956. Además de “gratos recuerdos”, realizó una treintena de bocetos que se exhiben hoy, junto con sus creaciones, en la Fundación Alaïa. Una exposición que complementa la de La Galerie. “Las prendas muestran tanto su admiración por la casa como su atracción por lo que representa la alta costura: la invención de una línea, la suntuosidad de los tejidos y la variedad de su paleta, la técnica esencial para la arquitectura de los modelos”, zanja Flaviano sobre dos muestras que prueban de modo fehaciente una entente cordial inédita. Hasta hoy.