El escritor argelino regresa con una novela que se adentra en el México de los cárteles para narrar una historia de amor llevada al límite.

Jacinta Cremades / El Cultural
Yasmina Khadra es una de esas voces literarias e intelectuales que ofrecen una mirada lúcida sobre el mundo contemporáneo. Detrás de este seudónimo se encuentra el escritor argelino Mohammed Moulessehoul, antiguo oficial del ejército que adoptó el nombre de su esposa para poder publicar libremente. Su obra se ha consolidado como un retrato profundo de la violencia, la guerra y las fracturas humanas en distintos escenarios del planeta.
Sus universos narrativos recorren conflictos en múltiples geografías: desde Oriente Medio, con novelas como Lo que sueñan los lobos, El atentado o Los virtuosos, hasta Francia, donde reside desde 2001, con Lo que el día debe a la noche o Corazón de almendra, donde aborda temas como la inmigración, la colonización y la memoria histórica. En Europa, también se adentra en el fenómeno del terrorismo contemporáneo con Khalil, inspirado en los atentados de París.
En 2016 dio un giro en su trayectoria literaria al situar una de sus novelas, Dios no vive en la Habana, en Cuba. Años más tarde, Khadra volvió a América Latina. Concretamente a México, donde vivió con su familia, con Amor sicario, la novela que estos días publica en España Alianza Editorial.
En ella, Khadra construye una historia marcada por la violencia de los narcos en Ciudad Juárez y el amor entre dos jóvenes. Diego y Elena son dos inocentes que crecen en un pequeño pueblo aislado del desierto mexicano, dispuestos a vivir un seguro porvenir hasta que su mundo se rompe cuando Elena es víctima de violación ante la impotencia de Diego. Una noche cuatro años después, desaparece.
A partir de ahí, Diego se adentra en los bajos fondos de esta ciudad del estado de Chihuahua.
P. ¿Diego ama realmente a Elena o necesita su búsqueda para justificarse a sí mismo?
R. Las dos cosas. Por un lado, Diego tiene un enorme complejo de culpa pero, como es huérfano, necesita reconstruirse a través de una familia. Su amor por Elena es puro, verdadero e incondicional.
«En ‘Amor sicario’, mi personaje es un poco como Orfeo, que desciende a los infiernos para buscar a su amada»
P. Elena desaparece en Ciudad Juárez, una de las ciudades más peligrosas del mundo, marcada por la presencia de los cárteles. Diego, que se pasa el día leyendo y es poco amigo de la violencia, decide ir en busca de su amada. Su viaje lo conduce por amor a un universo de narcotráfico y corrupción. El amor es central en sus otras novelas. En esta, Amor sicario, ¿es una fuerza o una destrucción?
R. Ni una fuerza ni una destrucción, el amor es una necesidad vital. Sin amor, no somos más que fantasmas, zombis, espíritus que giran en círculos como un tornillo sin fin. En Amor sicario, mi personaje es un poco como Orfeo, que desciende a los infiernos (el mundo de los narcos) para buscar a su amada. Vivimos en una época en la que el amor está amenazado por las guerras, las facturas que hay que pagar a fin de mes y las derivaciones ideológicas.
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P. Sus personajes parecen atrapados en destinos inevitables. ¿Existe realmente el libre albedrío en su universo literario?
R. El libre albedrío es sobre todo para los lectores. Yo sólo les ofrezco el máximo de ingredientes para que esos lectores saquen sus opiniones. Lo que sí puedo decirle es que, de alguna manera, estamos sujetos al destino. No sabemos de qué está hecho el porvenir ni en qué medida somos responsables de los golpes del destino. Lo que sí sabemos es que la brutalidad del mundo se remonta a la noche de los tiempos y parece tener aún buenos días por delante.
P. Usted que conoce bien México ¿por qué lo eligió como marco literario para mostrar el infierno del mundo de los cárteles?
R. Efectivamente, es un poco injusto por mi parte, la verdad. México no es sólo el país de los narcos y las matanzas entre bandas rivales. Es un país precioso, con gente encantadora y donde yo fui muy feliz. Viví cuatro meses en Ciudad de México con mi pequeña familia. Guardo recuerdos conmovedores y grandes amigos. He estado en la Feria de Guadalajara y me han recibido con mucho respeto. Volví más tarde a México para ver a mi amigo Paco Ignacio Taibo II en la Condesa donde había vivido con mis hijos y todos ellos fueron viajes realmente inolvidables. Pero el género de la novela negra nos obliga a inventar al diablo hasta en el paraíso. Lo que yo escribo es ficción, y eso nos obliga a imaginar universos para que el público viaje y se entretenga.
«Entre 1861 y 1867, muchos argelinos, enrolados por el ejército francés, lucharon y murieron durante la campaña de México»
P. ¿Qué es lo que más le llamó la atención de esa realidad mexicana?
R. Algo que descubrí tiene que ver con la conquista de México. Resulta que, en su día, entre 1861 y 1867, muchos argelinos, enrolados por el ejército francés, lucharon y murieron durante la campaña de México. De todos ellos, algunos desertaron y se quedaron en México, donde fundaron una familia. Hoy en día, hay muchos descendientes que se han convertido en mexicanos y están orgullosos de serlo.
P. Para la escritura de Amor sicario, ¿realizó investigaciones sobre el terreno o trabajó a partir de testimonios?
R. En absoluto. Necesito muy pocas referencias para construir una historia. Para mí, todos los viajes me enriquecen tanto como el libro y el cine.

Cubierta de ‘Amor sicario’ (Alianza, 2026)
P. ¿Dónde está el límite entre la denuncia de la violencia y su estetización en la literatura, entonces?
R. Yo diría que en ninguna parte. La literatura no tiene ni la vocación ni el propósito de hacer una estética de la fealdad, de la atrocidad o la inhumanidad en la que vivimos. La violencia está en todas partes. No hay ninguna diferencia entre la violencia de las pandillas, la violencia de las naciones a través de la guerra o la violencia del discurso extremista y las ideologías fascistas. La literatura solo intenta remontarse a las fuentes de la violencia, para encontrarle un sentido.
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P. ¿Le preocupa que el lector europeo consuma estas historias como ficción exótica más que como reflexión sobre su propio mundo?
R. Pues lo sentiría mucho por ese lector que prefiere elegir el atajo en lugar de ir al fondo de las cosas. Toda novela, ya sea de la India o de Lesoto, es un espejo que nos devuelve a nosotros mismos. Hay quienes se inspiran en él para despertar al mundo y hay quienes pasan por alto lo esencial, contentándose con entretenerse. Por mi parte, la novela me enseñó todo sobre el mundo y me hizo ser la persona que soy hoy en día.
P. Entonces podríamos decir que la novela no solo denuncia una realidad social, sino que busca ante todo narrar una tragedia humana.
R. Desde luego, para mí, los dos elementos son indisociables.
P. En un momento en el que Europa también vive debates sobre violencia, fronteras y migración, ¿cree que su novela se lee de forma distinta en España que en otros países?
R. La novela se lee de la misma manera en todas partes. Es la prueba de que podemos entendernos y, por tanto, vivir juntos en todas partes.