El tipo de actor que el sistema reactiva cuando necesita disciplina, coordinación y canales abiertos a la vez. Su importancia reside en que puede actuar como puente entre el lenguaje de la seguridad, la gestión política y la interlocución externa

Por L. Proto / A. A. / El Confidencial
La muerte de Ali Jamenei en un ataque aéreo conjunto de Estados Unidos e Israel, confirmada esta mañana por las autoridades iraníes, ha precipitado a la República Islámica a un escenario de vacío de poder sin precedentes.
El líder supremo de Irán constituye la pieza central del gobierno de la República Islámica: árbitro último entre facciones políticas, comandante en jefe de las fuerzas armadas y máxima autoridad religiosa. Pero, aunque es indiscutible su importancia, y su abrupto final precipita al régimen de los ayatolás hacia una crisis sucesoria sin consenso justo cuando los misiles siguen impactando en amplias zonas del país, no todo está perdido para el régimen de la república islámica.
En realidad, el poder en Irán funciona como un sistema de arbitraje, en el que la autoridad última se apoya en una red de órganos formales y centros informales. Ante un relevo en la cúspide, la Asamblea de Expertos tendría el papel formal de validar al sucesor. Pero la verdadera decisión no se definiría allí de manera autónoma. Estaría condicionada por el equilibrio entre la Oficina del líder, los cuerpos de seguridad, el aparato clerical y las instituciones de arbitraje político. Por eso, más que mirar solo a un eventual sucesor, conviene observar a quienes controlan el proceso.
El artículo 111 de la Constitución iraní prevé, en caso de fallecimiento del Líder Supremo, la formación de un consejo provisional compuesto por el presidente, Masud Pezeshkian, el jefe del Poder Judicial iraní, Golamhosein Mohseni Eyei, y un clérigo del Consejo de los Guardianes.
Sin embargo, desde hace meses, otro hombre del régimen ha ido concentrando competencias estratégicas y ampliando su margen de maniobra dentro del aparato de seguridad. Se trata de Ali Larijani, actual secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional y, hoy, la figura mejor situada para pilotar una de las transiciones más difíciles de la historia.
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El tipo de actor que el sistema reactiva cuando necesita disciplina, coordinación y canales abiertos a la vez. Su importancia reside en que puede actuar como puente entre el lenguaje de la seguridad, la gestión política y la interlocución externa. En un escenario de relevo, perfiles así pesan menos por ambición personal que por capacidad para ordenar el terreno.
Cuando el polvo de los misiles todavía no se había asentado, Larijani salió a la televisión, convirtiéndose en la gran cara pública tras el ataque de EEUU e Israel. Y este domingo, advirtió que Irán devolverá el golpe de la muerte de Jamenei. «Han quemado el corazón del pueblo iraní. Nosotros, en respuesta, quemaremos sus corazones». «Estos mártires fortalecen la resistencia del pueblo. Nuestra nación posee una conciencia innata y, Dios mediante, superará esta etapa con orgullo», sostuvo.
Hijo de un ayatolá influyente y hermano del exjefe del poder judicial Sadeq Larijani, combina linaje clerical con una larga trayectoria institucional. Fue director de la radiotelevisión estatal en los años noventa, ministro de Cultura, negociador nuclear, representante de Jamenei en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional durante la década de 2000 y presidente del Parlamento durante doce años. En ese puesto desempeñó un papel clave en la aprobación del acuerdo nuclear de 2015 durante la presidencia de Hassan Rouhani.
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Tras la guerra de los doce días contra Israel en 2025, y en un contexto de creciente presión tanto externa como interna sobre el régimen, Larijani, de 67 años, regresó al corazón del aparato de seguridad al asumir la secretaría del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, donde se afianzó como uno de los hombres fuertes del sistema.
En los meses previos a la muerte del líder supremo, Larijani viajó a Moscú en varias ocasiones para coordinar la relación estratégica con Rusia. Se desplazó a Omán para preparar conversaciones indirectas con Estados Unidos sobre el expediente nuclear. Supervisó la política regional en un momento en que el llamado Eje de la Resistencia, la red de milicias y grupos armados aliados de Teherán en la región, se encuentra muy debilitado por los ataques de Israel. Y, al mismo tiempo, participó en la gestión de la brutal represión interna tras las protestas masivas de enero.
A lo largo de su trayectoria, Larijani ha exhibido dos rasgos constantes: lealtad total al régimen y, al mismo tiempo, flexibilidad cuando el contexto lo exige. Nunca ha sido un reformista, pero tampoco un ideólogo rígido. Se ha movido con soltura entre las distintas corrientes conservadoras, manteniendo canales abiertos con tecnócratas y respaldando acuerdos con moderados cuando consideró que fortalecían la posición estructural del régimen. Si el aparato político iraní necesita ahora una figura de consenso, no hay nadie mejor posicionado para ello.
En el corto plazo, la prioridad del régimen es evitar una fractura interna mientras continúan las operaciones militares. El aparato de seguridad —incluido el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica— es ahora el actor más importante. Ningún dirigente podrá consolidarse sin su respaldo. Larijani, que sirvió en la Guardia en los primeros años de la República Islámica y ha trabajado estrechamente con sus mandos desde el Consejo Supremo de Seguridad Nacional, dispone de credenciales suficientes para negociar con ese poder fáctico.
Sin embargo, también se enfrenta a límites evidentes. Larijani ha intentado en tres ocasiones llegar a la presidencia y fue vetado en al menos dos de ellas por órganos de control dominados por conservadores más duros. Parte del bloque ultraconservador nunca ha terminado de confiar en él. Figuras como el actual presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf, o sectores vinculados al entorno del hijo de Jamenei, Mojtaba Jamenei, pueden aspirar a influir decisivamente en la sucesión formal del liderazgo supremo.
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L. Proto
A diferencia de su predecesor, el ayatolá Jomeini, Jamenei no ha preparado el camino para un heredero claro y respetado entre la población. Reportes de los últimos meses señalaban a Mojtaba Jamenei como heredero (si es que ha sobrevivido a los ataques, que también lo tenían como objetivo), pero carece del apoyo suficiente, y lo último que necesita ahora el liderazgo iraní es una revuelta interna por el poder.
Escenario que se empieza a dibujar como probable. Si la Guardia Revolucionaria iraní y sus distintas facciones de poder, instituciones políticas y aparatos de seguridad fallan esta prueba máxima de cohesión interna se abre un periodo de inestabilidad de la que no hay una receta clara de cómo salir.
Fuente: https://www.elconfidencial.com/mundo/2026-03-01/iran-larijani-sucesion-seguridad-1hms_4312128/