Su propuesta cuestionaba una idea que todavía hoy condiciona nuestra forma de vivir: que necesitamos trabajar cada vez más para prosperar.

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Lucía Fernández Moreno / Historia National Geographic
Redactora de National Geographic
“El matemático, el poeta y el filósofo obtendrán una nueva reserva de alegría y energía del trabajo recurrente que les hace sentir que son hombres”. A finales del siglo XVIII, cuando la riqueza y la posición social marcaban buena parte del destino de una persona, William Godwin imaginó una sociedad en la que nadie tuviera que pasarse la vida trabajando para sobrevivir. En ella, las necesidades materiales ocuparían mucho menos tiempo y la inteligencia podría desplegarse sin tantas ataduras.
Su planteamiento iba más allá de trabajar menos horas. Godwin creía que la desigualdad, la propiedad acumulada y las instituciones coercitivas impedían alcanzar una convivencia más libre y racional. En la Justicia política, publicada en 1793, defendió una transformación profunda de la sociedad: si los recursos se distribuyeran de otra manera y el trabajo necesario se repartiera entre todos, bastaría con dedicar una pequeña parte del día a las tareas manuales. El resto podría consagrarse a aquello que hace avanzar el conocimiento humano.
¿Quién es William Godwin?
William Godwin nació el 3 de marzo de 1756 en Wisbech, Inglaterra, en el seno de una familia vinculada al calvinismo. Hijo de un pastor, se formó para ejercer como ministro religioso en la Hoxton Academy y predicó durante varios años. Sin embargo, su pensamiento fue alejándose progresivamente de sus raíces religiosas, hasta desembocar en el deísmo y, finalmente, el ateísmo.

A partir de 1782 se instaló en Londres, donde se ganó la vida mediante el periodismo y la escritura. La publicación de Investigación acerca de la Justicia política en 1793 lo convirtió en una figura destacada del pensamiento radical británico. En sus páginas cuestionaba las jerarquías sociales, la autoridad política y las formas de propiedad que, a su juicio, perpetuaban la dependencia de unas personas respecto a otras.
Su vida personal también quedó ligada a la historia intelectual de la época. En 1797 se casó con Mary Wollstonecraft, filósofa y autora de Vindicación de los derechos de la mujer. El matrimonio duró apenas unos meses: Wollstonecraft murió ese mismo año, tras dar a luz a su hija Mary, que más tarde se convertiría en la escritora Mary Shelley, autora de Frankenstein.
El papel del gobierno
El pensamiento de Godwin se articulaba en torno a una convicción fundamental: la razón y la libertad individual debían sustituir progresivamente a la coerción. Consideraba que el gobierno se sustentaba en el uso organizado de la fuerza y que muchas de sus funciones dejarían de ser necesarias si las personas pudieran resolver sus diferencias mediante la reflexión y la persuasión.
Esta postura lo convirtió en uno de los principales precursores del anarquismo filosófico, una corriente que cuestiona la legitimidad de la autoridad política. No obstante, su propuesta no consistía en derrocar por la fuerza las instituciones existentes. Godwin desconfiaba de la violencia revolucionaria y defendía una transformación gradual, impulsada por la educación y el desarrollo del entendimiento humano.
Su crítica también alcanzaba a la propiedad privada y a la concentración de la riqueza. Para él, acumular recursos muy por encima de las propias necesidades permitía que unos vivieran del esfuerzo de otros y obligaba a buena parte de la población a dedicar su vida a mantener un sistema desigual.
Energía intelectual
A su juicio, las personas no actuaban únicamente por dinero: también las impulsaban la curiosidad, el deseo de aprender, la creatividad y la necesidad de contribuir a algo que consideraban valioso. Un matemático podía pasar años estudiando, un poeta revisar sus versos sin descanso y un pensador entregarse a sus investigaciones sin que la acumulación de riqueza fuera su principal recompensa.

Godwin creía que una sociedad más igualitaria permitiría extender esa energía intelectual al conjunto de la población. En lugar de multiplicar los empleos para alimentar el consumo y el lujo de unos pocos, el objetivo sería simplificar las tareas necesarias para sostener la vida. Desaparecerían, en su escenario ideal, muchos trabajos destinados a mantener las jerarquías, el aparato burocrático, los ejércitos o los refinamientos superfluos de los ricos.
Su cálculo era extraordinariamente ambicioso: si un trabajador dedicaba diez horas al día a las tareas productivas, repartir ese esfuerzo entre todos los miembros de la sociedad equivaldría a “media hora diaria de trabajo manual por persona”. Godwin no describía una sociedad existente ni presentaba un cálculo económico validado en términos modernos, sino una hipótesis filosófica con la que cuestionaba cuánto trabajo era realmente necesario y quién se beneficiaba de él.
Su horizonte era una sociedad en la que la igualdad material favoreciera la independencia individual y el desarrollo intelectual. Una aspiración radical para finales del siglo XVIII que, más de dos siglos después, sigue planteando una pregunta incómoda: ¿cuánto tiempo dedicamos a trabajar porque es imprescindible para vivir y cuánto porque la sociedad nos obliga a hacerlo?