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Uri Geller: «Mi próxima misión es influir en la mente de Trump» | XL Semanal

La fascinación que Uri Geller provocaba en los años setenta doblando cucharas fue en sí misma un fenómeno paranormal. Sus supuestos ‘poderes’ mentales lo hicieron rico y mundialmente famoso. No solo los usaba como espectáculo, sino también, dice, para agencias de espionaje y empresas de medio mundo. Ahora que va a cumplir 80 años, hablamos con él de una vida abracadabrante…

A la hora señalada, la puerta del Museo Uri Geller se abre justo cuando voy a llamar. Y allí, emergiendo bajo el sol de la Vieja Jaffa, el corazón histórico de Tel Aviv, está el propietario. En una mano sostiene un pequeño recipiente con lo que parece comida para gatos. Por ahora, la pistola que lleva siempre consigo permanece oculta. «¡Llegas justo a tiempo! –exclama–. Estaba a punto de dar de comer a mis pájaros. Hago esto todas las mañanas». Así comienza un día agradablemente extraño con Uri Geller.

El ilusionista cumple 80 años este 2026. «¿Te lo puedes creer?», pregunta con los ojos muy abiertos. Pero debe de ser cierto: han pasado más de cinco décadas desde que en 1973 apareció en The Dimbleby talk-in, un programa de la BBC (tardaría dos años más en aparecer en el programa de José María Íñigo en España), y dejó a todos los espectadores boquiabiertos con sus supuestas habilidades paranormales.

Presentado como «un israelí de 26 años con diversos poderes desde los 3», aparentemente podía detener relojes con la mente, reproducir dibujos que nunca había visto y, por supuesto, doblar cubiertos. Una encuesta del Daily Mail preguntó a sus lectores si lo creían: el 95 por ciento respondió afirmativamente.

Uri Geller salió en el programa Directísimo, de José María Íñigo, el 6 de septiembre de 1975. Su intervención colapsó las líneas telefónicas de TVE y desató la histeria colectiva: millones de espectadores aseguraban que los cubiertos de sus casas se habían doblado solos frente al televisor.
Uri Geller salió en el programa Directísimo, de José María Íñigo, el 6 de septiembre de 1975. Su intervención colapsó las líneas telefónicas de TVE y desató la histeria colectiva: millones de espectadores aseguraban que los cubiertos de sus casas se habían doblado solos frente al televisor.

Esa exhibición catapultó a Geller hacia unos niveles tan asombrosos de fama, riqueza y oportunidades que su vida y su carrera son incomparables.

Su red de contactos es especialmente prodigiosa. ¿Podría alguien más, por ejemplo, decir que ha hecho trucos para Golda Meir, Elvis Presley, Kim Kardashian y Salvador Dalí? «No quiero llamarlos ‘trucos’ –dice Geller–. Pero quizá nadie pueda decir lo mismo. Todo se reduce a mi descaro».

Tras establecerse en el Reino Unido en 1983, Geller y su esposa, Hanna, con quien lleva casado 47 años, siempre dijeron que regresarían a Israel. En 2015 cambiaron su mansión de ocho millones de libras en Sonning (Berkshire), con sus suelos de mármol, grifos de cristal y vecinos como los Clooney, por un pequeño apartamento en Tel Aviv.

«Ganaba un millón de dólares por encontrar petróleo para una empresa japonesa. No soy Elon Musk, pero llegué a un punto en que el dinero ya no me importaba»

Acumulador compulsivo desde niño, necesitaba un lugar donde guardar sus miles de objetos. Una antigua fábrica de jabón de la época otomana, ahora vacía, resultó ser el sitio perfecto. Le llevó cinco años y seis millones de dólares transformarla en lo que es hoy, repleta de cachivaches.

«Creo que este debe de ser el museo más ecléctico del mundo», cuenta Geller con orgullo.

Ahí está la máquina del horóscopo de Nancy Reagan; las gafas que John Lennon usó mientras escribía Imagine; la bola de cristal que Dalí le dio a Geller, diciéndole que una vez perteneció a Leonardo da Vinci…

Tras el extraordinario éxito televisivo de Geller en España, Dalí quiso conocerlo. Se encon-traron en un hotel de Barcelona y se mantuvieron en contacto. El artista catalán aseguraba sentirse «fascinado».
Tras el extraordinario éxito televisivo de Geller en España, Dalí quiso conocerlo. Se encon-traron en un hotel de Barcelona y se mantuvieron en contacto. El artista catalán aseguraba sentirse «fascinado».

Pero la pieza central es el Cadillac Fleetwood de 1976 de Geller con miles de cucharas dobladas remachadas a su carrocería. Según un panel informativo, entre los cubiertos expuestos hay ejemplares que «pertenecieron, fueron usados ​​o tocados» por Rasputín, Beyoncé, Albert Einstein, Vladímir Putin…

Geller me presenta a Shippi, su cuñado, quien ha sido su representante, tramoyista y confidente durante más de cincuenta años. Entre los dos se encargan del museo, además de gestionar la reciente actividad paralela de Geller como comentarista político radical y progubernamental.

Geller rara vez actúa hoy en día, no como antes. En cambio, se lo puede encontrar aquí, ofreciendo visitas guiadas. «Me encanta. Hago lo que siempre he hecho. Soy un artista». ¿Pero aún puede doblar cucharas? Creo que debo aclarar cuanto antes que yo llevo dos en el bolsillo. «Ah, ya lo sabía…», dice cuando las saco. La primera es una cuchara de acero inoxidable bastante robusta. «¡Vamos, has traído una cuchara que no puedo doblar!», protesta Geller.

Uri Geller en su museo de Tel Aviv, en Israel, junto a un Cadillac con miles de cucharas dobladas por él a lo largo de los años. Su buen aspecto físico lo atribuye a la ingesta diaria de vitaminas en pastillas.
Uri Geller en su museo de Tel Aviv, en Israel, junto a un Cadillac con miles de cucharas dobladas por él a lo largo de los años. Su buen aspecto físico lo atribuye a la ingesta diaria de vitaminas en pastillas.

La otra es mucho más endeble. La toma y se pone de pie de un salto, apresurándose a doblarla cerca del Cadillac. Encorvado por la concentración, la cuchara reaparece ligeramente deformada mientras Geller acaricia la nueva curva.

Es entretenido, pero no del todo convincente. En total veo cómo dobla cuatro cucharas y cada vez siento que me distrae su ajetreo. Cuando le pregunto si se puede quedar quieto y hacerlo frente a la cámara, dice que eso ya se ha hecho un millón de veces.

Todas las ganancias del museo se destinan a una organización benéfica infantil. Geller afirma que no necesita dinero, ya ha ganado mucho con sus libros, visitas guiadas y contratos privados. En la década de los ochenta, estos últimos incluían trabajos para empresas que le pedían que predijera el mercado de valores o que sobrevolara zonas remotas para señalar dónde intuía que podría haber yacimientos minerales.

«A veces ganaba un millón de dólares por encontrar petróleo para alguna empresa japonesa. No soy Elon Musk, pero llegué a un punto en que el dinero ya no me importaba». Hace una pausa. «En realidad, John Lennon influyó mucho en mi decisión de alejarme del éxito financiero».

Vitaminas y minerales

Cada mañana hace veinte minutos de estiramientos, camina durante una hora y luego levanta pesas en su museo otros veinte minutos. Es vegetariano, no bebe alcohol y nunca ha fumado ni consumido drogas. «Pero este es mi verdadero secreto», dice sacando una pequeña caja amarilla. Dentro lleva ocho comprimidos de diversas vitaminas y minerales. «Tres veces al día durante cincuenta y cinco años», explica tragándoselos uno a uno.

Siempre hay algo que cambiar en el museo. Hoy es el rincón lleno de baratijas de Donald Trump. Le ha pedido a Shippi que coloque una imagen de Trump como Satanás, manipulada digitalmente. «La traición a Israel es catastrófica», se lamenta.

Con Michael Jackson mantuvo una gran amistad. El cantante fue su padrino en la renovación de los votos matrimoniales en 2001 (en la foto, con su mujer, Hanna). Jackson llegó dos horas tarde a la ceremonia.
Con Michael Jackson mantuvo una gran amistad. El cantante fue su padrino en la renovación de los votos matrimoniales en 2001 (en la foto, con su mujer, Hanna). Jackson llegó dos horas tarde a la ceremonia.

«Los estadounidenses me pidieron una vez que influyera en los rusos para que firmaran el tratado de reducción de armas nucleares. Mi tarea consistía en presionar a Yuli Vorontsov, el negociador principal. Lo logré con éxito. Tengo muchas historias como esta. En cualquier caso, no cabe duda de que alguien influyó en Donald Trump».

«Una vez hipnoticé a Michael para que dejara la comida basura. En trance, le pregunté: ‘¿Alguna vez tocaste a un niño?’. Y él respondió: ‘No, jamás haría eso’. Nunca creí las acusaciones»

«Existe algo llamado ELF (‘frecuencias extremadamente bajas’), las usan en las guerras. En mi opinión, cuando Trump estuvo en China o en algún otro lugar, alguien le lavó el cerebro. No se puede cambiar de opinión de repente. Primero glorifica a Bibi (Netanyahu), ama a Israel, y de la noche a la mañana cambia de opinión».

Pero Trump siempre ha sido así, sostengo. Geller hace una mueca. «Esto es extremo. Bibi tiene que ser astuto ahora».

Netanyahu es un viejo amigo. Se conocieron hace décadas cuando Netanyahu estaba en el ejército y Geller fue a entretener a las tropas.

Geller ha afirmado trabajar con varios gobiernos durante décadas y sigue aportando su granito de arena al esfuerzo bélico. «No puedo hablar de eso… Usa tu imaginación».

Con Netanyahu tiene un contacto cercano. «Me impresionó muchísimo», dijo el primer ministro israelí tras verlo actuar la primera vez: «Nos vimos una y otra vez, y cada vez me asombraba más. No tengo ni la más remota idea de cómo lo hace».
Con Netanyahu tiene un contacto cercano. «Me impresionó muchísimo», dijo el primer ministro israelí tras verlo actuar la primera vez: «Nos vimos una y otra vez, y cada vez me asombraba más. No tengo ni la más remota idea de cómo lo hace».

Bueno, si han interferido en la mente de Trump, ¿no podría él contraatacar? Geller asiente. «Esta es mi próxima misión probablemente».

Reconoce haber usado su capacidad para ver el subsuelo y encontrar los túneles de Hamás. «No puedo negarlo». También se dice que repele psíquicamente los misiles iraníes. Otro gesto de modestia: «Lo intento».

Su fallido intento de detener el brexit es su única incursión importante en la política del Reino Unido, pero como ciudadano británico sigue atento. «Terrible. Escuchen, dentro de 25 años, Gran Bretaña estará bajo la ley islámica».

Geller afirma que su madre, Margaret (en la foto, con él), era pariente lejana del psicoanalista Sigmund Freud, lo que, según su progenitora, contribuía a las supuestas facultades psíquicas de Uri. «Siempre tuve la sensación de que no era como los demás niños», decía Margaret.
Geller afirma que su madre, Margaret (en la foto, con él), era pariente lejana del psicoanalista Sigmund Freud, lo que, según su progenitora, contribuía a las supuestas facultades psíquicas de Uri. «Siempre tuve la sensación de que no era como los demás niños», decía Margaret.

Quizá Geller me lee la mente en este punto, porque me reprende: «No me importa lo que digas, son números. Calcula cuántos musulmanes radicales tienen diez hijos. Sabes muy bien que el nombre más popular en Inglaterra hoy en día es Muhammad».

Geller lleva haciendo esto desde que tenía 3 años. Hijo de Margaret, una costurera, e Itzhaak, un sargento mayor, de niño jugaba en un patio de Tel Aviv cuando, según cuenta, le alcanzó «un rayo de luz, me dio en la frente y me tiró al césped. Fue exactamente como en esa escena de la película Fenómeno, protagonizada por John Travolta». Poco después estaba comiendo sopa con su madre cuando la cuchara se le dobló en la mano. En la escuela afirmaba que podía acelerar o ralentizar los relojes. Decía que podía ver a través de las paredes. En la cancha de baloncesto podía encestar con solo desearlo. Entonces, ¿por qué no se convirtió en una superestrella de la NBA? «Oye –dice–, doblar cucharas es más fácil». Su infancia, en cualquier caso, no fue fácil.

Un padre maltratado

Margaret, su madre, se quedó embarazada ocho veces, pero Itzhaak la obligó a abortar en todas las ocasiones. Con Uri, ella se atrevió a enfrentarse a él.

Como hijo único, solía estar solo con su madre mientras su padre, un héroe de guerra abusivo que se había enfrentado a Rommel en la guerra del Desierto, tenía aventuras extramatrimoniales. Se divorciaron cuando Geller tenía 13 años. Después pasó un tiempo en un kibutz, antes de terminar su adolescencia en Chipre, donde su madre se volvió a casar.

En los últimos años, Uri Geller ha iniciado varios pleitos. Uno contra Nintendo 2000 por el uso no autorizado de su identidad, debido a la similitud entre el ilusionista y el Pokémon Kadabra. En 2013 demandó al emporio mediático News Group Newspapers por espiarlo. Lo indemnizaron.
En los últimos años, Uri Geller ha iniciado varios pleitos. Uno contra Nintendo 2000 por el uso no autorizado de su identidad, debido a la similitud entre el ilusionista y el Pokémon Kadabra. En 2013 demandó al emporio mediático News Group Newspapers por espiarlo. Lo indemnizaron.

A los 18 años se unió a las Fuerzas de Defensa de Israel y luchó en la guerra de los Seis Días. En un enfrentamiento resultó herido y se encontró cara a cara con un soldado jordano enemigo. Geller desen-fundó más rápido. «Nunca hablo de ello», dice hoy, y señala con tristeza una vitrina. «Ahí está la insignia que encontré en el bolsillo del hombre al que maté».

En su momento fue una de las dos únicas personas en el estado de Nueva York con licencia para portar ocho armas a la vez. «El otro era Frank Sinatra». Cuando le pregunto por qué necesitaría tantas, se encoge de hombros. «No lo sé, estaba loco después de la guerra».

Todavía está armado. «Tengo que estarlo», dice levantándose la camiseta para mostrar su pistola semiautomática. «He oído, de forma subliminal, de gente en puestos muy altos que hay una fetua en mi contra por lo que digo sobre Irán».

«De niño, me alcanzó un rayo de luz; me dio en la frente y me tiró al césped. Fue exactamente como en esa escena de la película ‘Fenómeno’, con John Travolta»

Considerado como artista, el repertorio de talentos de Geller siempre ha sido limitado en comparación con otros. «Los magos se ríen de mí. Puedo doblar una cuchara. Puedo leer la mente. Puedo arreglar un reloj roto. Eso es básicamente todo».

Un hombre de la CIA

Lo que lo distinguía era, y sigue siendo, su insistencia patológica en que no hay nada ilusorio en sus trucos. La magia, en general, le aburre. «No hay nada nuevo bajo el sol. Es como el sexo. Hay un número limitado de posiciones y ya está».

Según Geller y fuentes de inteligencia estadounidenses, la CIA estaba tan interesada en sus habilidades que colaboró ​​con él durante años. Lo mismo hicieron el Mossad, el servicio de inteligencia exterior israelí, y contratistas privados. También fue tristemente célebre por ayudar a resolver casos de personas desaparecidas, aunque recordarlo ahora lo incomoda.

Un equipo de físicos pone a prueba las capacidades paranormales de Uri Geller durante una visita a la Universidad Estatal de Kent, en Ohio (Estados Unidos), en mayo de 1975. Algunos de ellos validaron sus habilidades por 'inexplicables'.
Un equipo de físicos pone a prueba las capacidades paranormales de Uri Geller durante una visita a la Universidad Estatal de Kent, en Ohio (Estados Unidos), en mayo de 1975. Algunos de ellos validaron sus habilidades por ‘inexplicables’.

«¡Mentiras!». Insisto: «¿Entonces no es verdad?». «Bueno, sí, algunas familias me pidieron que encontrara a personas desaparecidas. No podía garantizar nada. Y nunca me pagaron por ello».

Una lección que aprendió en 1973, cuando fracasó al intentar doblar una cuchara particularmente gruesa en el programa de Johnny Carson, es que no existe la mala publicidad.

«Los escépticos crearon el enigma a mi alrededor. Cuanto más se avivaba el debate, más famoso me hacían». Uno de esos escépticos, el célebre mago James Randi, dedicó gran parte de su vida a intentar desenmascarar a Geller como un simple charlatán. Sus batallas legales se volvieron legendarias. Falleció en 2020. «Randi fue mi mejor publicista. Estaba obsesionado. Era gay y creo que se enamoró de mí. Me escribió cartas de amor maravillosas, que rechacé».

Una cita que a Geller le gusta mucho es: «Muéstrame un hombre exitoso y te mostraré la controversia». Dice esto mientras estamos en un rincón especial dedicado a Michael Jackson y Mohamed Al-Fayed. Este último –«desconocía las acusaciones, pero era un tipo extraño»– le presentó a Jackson a finales de los noventa. El cantante y Geller viajaron por todo el mundo. El ilusionista incluso diseñó la portada de un álbum para Jackson; y este accedió a visitar Exeter cuando Geller se convirtió en copresidente del club de fútbol de la ciudad.

Siempre lleva una pistola. «Tengo que hacerlo. He oído, de forma subliminal, de gente en puestos muy altos que hay una fetua contra mí por lo que digo sobre Irán»

«Una vez hipnoticé a Michael para que dejara de comer comida basura –dice–. Lo induje a un trance profundo y luego hice algo sumamente inmoral. Le pregunté: ‘¿Alguna vez tocaste a un niño de manera inapropiada?’. Y él respondió: ‘No, jamás haría eso’. Le dije: ‘Entonces, ¿por qué le pagaste millones a un niño (en un acuerdo extrajudicial)?’. Y él respondió: ‘Porque ya no podía soportarlo más’. Esto fue una confirmación personal de la inocencia de Michael. Nunca creí las acusaciones».

A principios de los setenta le dijo a Shippi: «Algún día conquistaremos el mundo». Fue entonces cuando volaron por primera vez a Estados Unidos. «Estaba cegado por mi ego. Lo único que quería era fama y fortuna». En ese momento también sufría bulimia.

Señala con la mano alrededor del museo. «¿Sabes por qué conocí a todos estos tipos? Porque quería ser como ellos. Quería ser una superestrella. Y eso se desencadenó por el trauma psicológico que sufrí tras el divorcio de mi madre, al ver a gente morir en la guerra…; en fin, todo eso».

Por fin estamos avanzando, pero es hora de almorzar. Hanna, su mujer, se une a nosotros en un restaurante. Sus dos hijos viven lejos: Daniel, de 45 años, reside en Inglaterra y trabaja como fiscal. Natalie, de 42, es ama de casa en Los Ángeles y tiene dos hijos. Mientras comemos hummus, me mira fijamente. «Oye, ¿qué coche conduces? ¿Es un Toyota?». «Sí, es un Toyota», respondo. «Esto es lo que hace…», murmura Hanna. Geller parece encantado. «¿Ves? Lo presentía. Eso no está en Google». «Adelante –le digo–, ¿de qué color es?». «Me parece que blanquecino», responde. Es negro. Geller se ríe: «Bueno, ahí lo tienes».

Me pregunto, en voz alta, si revelará sus secretos en su lecho de muerte. «¿Por qué? No tengo nada que decir, todo es real». Su fervor sigue intacto. «Si soy un mago y he engañado al mundo, entonces soy el mejor. Si tengo poderes reales, también soy el mejor. Pero nunca lo sabrás. ¿De verdad crees que a mi edad voy a decir algo diferente? ¡Vamos!».

Fuente: https://www.abc.es/xlsemanal/uri-geller-cucharas-mente-trump-netanyahu-20260810161155-ntrc.html

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