Si hoy se pueden tomar vinos de gran calidad y con uvas que se adaptan a diferentes climas es porque desde hace 2.500 años se usan técnicas de selección y clonación de vides.

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Juan Pedro Chuet-Missé / Historia National Geographic
En el fondo de un antiguo pozo medieval en el pueblo francés de Valenciennes, cerca de la frontera con Bélgica, un equipo de arqueólogos encontró unapequeña semilla de uva.
A simple vista, parecía un resto vegetal más entre los muchos que suelen aparecer en excavaciones. Sin embargo, cuando los investigadores analizaron su ADN, descubrieron que esa semilla, que databa de hace 600 años, era prácticamente idéntica a la variedad moderna Pinot Noir, una de las uvas más prestigiosas del mundo.
Este hallazgo, publicado en Nature, forma parte de una investigación científica de gran alcance que ha logrado reconstruir unos 4.000 años de historia de la vid en Europa occidental. Gracias al análisis de ADN antiguo extraído de semillas arqueológicas, los investigadores han podido comprender cómo los seres humanos han cultivado, seleccionado y preservado las vides a lo largo de milenios.
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La investigación reveló que algunas de las uvas que hoy se utilizan para producir vino son, en esencia, las mismas que ya se cultivaban hace siglos. Y si esto fue posible, ha sido porque -al menos en Francia- desde hace 2.500 años ya se usaba la técnica de propagación clonal mediante el enraizamiento de esquejes, lo que permitía obtener vides idénticas a lo largo del tiempo.
El origen de la vid
La historia de la vid cultivada (Vitis vinifera) comienza hace unos 8.000 años en las regiones del Cáucaso y el Cercano Oriente. Allí, las primeras comunidades agrícolas domesticaron plantas silvestres y empezaron a seleccionar aquellas que ofrecían mejores frutos.

Con el paso del tiempo, la vid se expandió hacia Europa, impulsada por las rutas comerciales y culturales de civilizaciones como la griega y la romana. En este proceso, el cultivo de la uva se adaptó a distintos climas y territorios, dando lugar a una gran diversidad de variedades.
Francia, en particular, se convirtió en uno de los centros más importantes de la viticultura europea. Pero hasta hace poco, la conexión entre las vides antiguas y las actuales seguía siendo en gran medida desconocida.
Un archivo genético enterrado
Para reconstruir esa historia, el equipo del Centro Nacional Francés de Investigación Científica analizó 54 semillas de uva procedentes de yacimientos arqueológicos en Francia. Estas semillas abarcaban un amplio periodo cronológico, desde aproximadamente el 2000 a.C. hasta la Edad Media.
El reto era considerable. El ADN antiguo suele estar muy degradado, lo que dificulta su estudio. Sin embargo, los avances tecnológicos han permitido recuperar fragmentos suficientes como para compararlos con el ADN de variedades modernas.

Pero el ADN de la semilla hallada en Valenciannes revela que esa variedad de Pinot Noir ha permanecido genéticamente estable durante siglos. O sea, es una planta que ha sido preservada con extraordinaria fidelidad a lo largo del tiempo. Y la duda surge de inmediato: ¿cómo es posible mantener una variedad sin cambios durante tantas generaciones?
El secreto: clonar la vid
La respuesta está en una técnica agrícola fundamental: la propagación clonal. A diferencia de muchas plantas que se reproducen mediante semillas, las vides destinadas a la producción de vino suelen multiplicarse a partir de esquejes. Es decir, se corta una parte de la planta y se cultiva para generar una nueva, genéticamente idéntica. Este método permite conservar las características deseables de una variedad, como el sabor, el aroma o la resistencia. En cambio, la reproducción por semillas introduce variabilidad, lo que podría alterar esas cualidades.

Pues el análisis genético revela que ya en época romana, hace unos 2.000–2.500 años, algunas vides eran genéticamente idénticas, una señal inequívoca de propagación clonal mediante esquejes, precisa el estudio. Y en el caso de la semilla medieval de Pinot Noir es una prueba directa de este conocimiento: su similitud con las plantas actuales solo puede explicarse mediante la clonación continuada a lo largo de generaciones.
Diversidad y experimentación en la Antigüedad
Sin embargo, la historia de la vid no es únicamente la de una continuidad inmutable. Las semillas más antiguas analizadas en el estudio muestran una mayor diversidad genética, lo que indica que en el pasado también se practicaban cruces entre distintas variedades.
Este proceso de reproducción sexual habría permitido generar nuevas combinaciones genéticas, algunas de las cuales resultarían especialmente exitosas. Una vez identificadas, estas variedades se conservarían mediante propagación clonal.
Además, el análisis revela conexiones entre vides de distintas regiones, lo que sugiere un intenso intercambio de material vegetal. Las rutas comerciales del Mediterráneo y los contactos culturales facilitaron la difusión de variedades, contribuyendo a la riqueza genética de la vid europea.
De la diversidad a la estandarización
A lo largo del tiempo, se observa una transición clara en las prácticas vitícolas. En los periodos más antiguos, predominaba una mayor diversidad genética, fruto de la experimentación y los cruces. Pero con el auge de civilizaciones como la romana y, más tarde, durante la Edad Media, se produjo un cambio hacia la estandarización, precisa la investigación.

La propagación clonal se volvió cada vez más dominante, permitiendo reproducir variedades específicas con gran precisión. Este cambio responde probablemente a la creciente importancia económica y cultural del vino. A medida que aumentaba la demanda, también lo hacía la necesidad de garantizar productos consistentes y de calidad.
Un legado que perdura
Uno de los aspectos más fascinantes del estudio es la continuidad cultural que revela. Muchas de las técnicas utilizadas por los viticultores antiguos siguen siendo fundamentales en la actualidad. Por ejemplo, la selección de variedades, la propagación clonal y el intercambio de plantas son prácticas que han perdurado a lo largo de los siglos. Esto sugiere que el conocimiento agrícola se ha transmitido de generación en generación, adaptándose a nuevos contextos pero manteniendo sus principios básicos.
La semilla medieval de Pinot Noir simboliza esta continuidad: una conexión directa entre los viñedos del pasado y los del presente.