El país se encuentra sumido en un ciclos tras ciclos de sangrientas guerras civiles, agravadas por una brutal lucha de poder entre las fuerzas armadas y por potencias extranjeras interesadas en sacar provecho del derramamiento de sangre. La veterana corresponsal de guerra Janine di Giovanni y la reconocida fotógrafa Lynsey Addario informan desde el interior de esta catástrofe cada vez mayor en materia de derechos humanos.

Por Janine di Giovanni / Vanity Fair
Fotografía de Lynsey Addario
Traducido y adaptado por Beatriz Castro Cortiñas
El sufrimiento de Sudán es profundo; su historia está teñida de sangre. El tercer país más grande de África, acosado por ciclos interminables de violencia, guerra y hambrunas, ha sobrevivido a dos guerras civiles anteriores, y hubo un tiempo en que el mundo le prestó atención. El elevado número de víctimas mortales y el sufrimiento de los desplazados provocaron en su momento una protesta internacional y se ganaron la simpatía de famosos y activistas. A finales de la década de 2000, actores como George Clooney, Brad Pitt y Don Cheadle llamaron la atención sobre el genocidio de Darfur en las páginas de esta revista. Pero hoy, eclipsado por los conflictos en Oriente Próximo y Ucrania, el mundo ha apartado la mirada de Sudán. La última oleada de lucha militar interna, que comenzó en 2023, provocando fracturas a lo largo de todas las líneas de división posibles —religiosas, étnicas, políticas, tribales e internacionales— ha creado lo que las Naciones Unidas denominan la peor crisis humanitaria del mundo.
Dos facciones rivales —las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), un poderoso grupo paramilitar, y las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF)— llevan tres años enfrentándose por el control del país, creando lo que un funcionario de la ONU describe como un “laboratorio de atrocidades” sobre el terreno. Los expertos han reconocido que los asedios a aldeas, la violencia sexual
desenfrenada y los asesinatos étnicos selectivos perpetrados por las tropas rebeldes, así como los ataques contra escuelas y centros médicos, presentan “las características propias de un genocidio”.

A finales de marzo, viajo con la fotógrafa Lynsey Addario para informar sobre la guerra en Sudán, que se encuentra en un punto crítico. Las dos estamos decididas a documentar una guerra a la que el mundo había dejado de prestar atención, para captar su desmoronamiento y sus efectos sobre la población civil y la sociedad. Alrededor de 34 millones de sudaneses necesitan actualmente ayuda humanitaria, lo que supone el 72 % de la población. Unos 26 millones de personas se enfrentan a la inseguridad alimentaria y se ha alertado de una hambruna inminente en varias zonas de Darfur. Más de ocho millones de niños no van a la escuela: toda una generación privada de educación. Hasta el 90% de los centros de salud están cerrados. Un cooperante me cuenta que el número de muertos y desplazados es tan elevado que las organizaciones han dejado de contar.
Para iniciar nuestro viaje, Lynsey y yo nos reunimos en plena noche en el aeropuerto de Adís Abeba, en Etiopía, y juntas, aún medio dormidas, tomamos un vuelo al amanecer con destino a Juba. Las dos somos reporteras de guerra con amplia experiencia y muchos años de trabajo en África. Pero entrar en el país no es fácil.
Nuestra intención es comenzar nuestro viaje en Puerto Sudán, para luego dirigirnos a Jartum y de ahí a Darfur. Sin embargo, tras meses de espera, se nos denegó el permiso para viajar más allá de Puerto Sudán sin escolta militar, por lo que decidimos poner rumbo a la frontera con Sudán, donde sabemos que están llegando en masa refugiados procedentes de Darfur, las montañas de Nuba y Kordofán. Allí esperamos plasmar el dolor y la agitación de una nueva ola de violencia en una guerra que se ha prolongado durante décadas.

Casualmente, es el comienzo de la Semana Santa cristiana. Nuestra pequeña avioneta vuela a lo largo del Nilo Blanco desde Juba hasta Ruweng, en el norte, a solo unos kilómetros de la frontera. Sobrevolamos humedales y sabanas, pequeñas aldeas con chozas de barro y paja donde viven familias de pastores y nómadas. El avión vuela a baja altura y aterriza en una pista de tierra plagada de restos de aviones accidentados: morros, colas, alas, un cementerio de acero oxidado en la tierra roja. Alguien comenta que más de 16 aviones han sufrido aterrizajes forzados en los últimos años. El hombre que está a mi lado se santigua al llegar.
Cuando nos subimos al coche, un niño pequeño, de no más de cinco años, corre hacia mi ventanilla y finge vomitar. “Quiere que tengamos compasión, está haciéndose el enfermo”, dice el conductor. El niño nos ve alejarnos y marcharnos, resignado a que lo ignoremos. Lo veo hacerse cada vez más pequeño mientras seguimos nuestro camino entre el polvo rojo.
Ruweng es la puerta de entrada al centro humanitario de Yida, donde las personas desplazadas llegan a “campos de tránsito” antes de, en algunos casos, trasladarse a asentamientos de refugiados más permanentes, como Jamjang. Más de 149.000 personas han hecho de Jamjang su hogar, con el apoyo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. La mayoría acaba de llegar, todavía conmocionados tras haber huido de sus hogares. En muchos casos huyeron en plena noche cuando las tropas de las RSF llegaron a sus aldeas.
“Nunca había visto una violencia sexual como esta”, afirma un alto funcionario de la ONU. “Tiene todos los signos de un genocidio”
Están cansados, asustados y hambrientos. Aquí, la hambruna es un arma de guerra, una de las muchas tácticas que emplean las milicias antes de arrasar una localidad. El asedio de una ciudad suele consistir en exprimir lentamente la vida de sus habitantes antes de lanzar ataques con drones contra sus granjas y aldeas.
En el campo de tránsito de Yida, me encuentro con cinco mujeres, todas ellas en estado de shock, que están sentadas en silencio en un banco bajo de madera dentro de una habitación sofocante. Tengo una botella pequeña de agua, que les paso a las mujeres, quienes beben con gratitud. La última le da la botella, en la que queda un poco de agua, a un niño pequeño que ha entrado por allí.


Dos de las mujeres llevan bebés o niños pequeños en brazos; una está amamantando. Otra, madre de 10 hijos, empieza a llorar al recordar las bombas que caían cerca de Kadugli y cómo se separó de cinco de sus hijos cuando su familia se dispersó. Una mujer llamada Iman describe el viaje de su marido al mercado, donde murió tras la explosión de un dron, y cómo los aldeanos le llevaron sus restos en un saco. Nowada, de solo 20 años y recién casada, dice que vio tantos cadáveres a lo largo de su viaje “que no pude contarlos”. Afirma que fue testigo de cómo soldados de las RSF disparaban a civiles: “Simplemente caían muertos delante de mí”. A su lado se sienta Isra, de 19 años, ansiosa y a punto de dar a luz en cualquier momento. Pregunta: “¿Dónde voy a tener a mi bebé?”. Isra describe su huida de la ciudad sitiada de Dilling con su marido, quien, según cuenta, habría sido fusilado si lo hubieran capturado. Con dolores de espalda por el embarazo y calzada únicamente con sandalias, se desplazaban de noche y se escondían entre la maleza durante el día. “Estábamos bien antes de la guerra, simplemente bien”, dice.
Al día siguiente, Viernes Santo, nos dirigimos a los campamentos de Pamir y Ajuong Thok, ambos creados cuando llegaron enormes oleadas de refugiados procedentes de Kordofán del Sur durante el último ciclo de la guerra. Vemos una procesión de refugiados católicos devotos avanzando por el barro detrás de un sacerdote que lleva un crucifijo de madera hacia una iglesia improvisada. Está lloviendo. A pesar de todo, los niños juegan: en el barro o con juguetes construidos con palos y piedras; uno ha atado ruedas a un zapato y lo empuja alegremente como si fuera un coche de juguete. Saltan en charcos de agua sucia. Los monos roban comida. Los que llevan más tiempo aquí han construido chozas con techo de paja, pero la lluvia se filtra por los techos e inunda los suelos de barro. Seguimos la procesión al interior de la iglesia a oscuras. Los no musulmanes constituyen aproximadamente el 8% de la población de Sudán; antes de la secesión del Sur en 2011, se acercaban al 20%. El sacerdote lee la Pasión de Cristo en inglés. A mi alrededor hay rostros marcados por un profundo dolor y, sin embargo, han venido.
Un cooperante me cuenta que el número de muertos y desplazados es tan elevado que las organizaciones han dejado de contar
Estas son solo algunas de las historias de los 14 millones de sudaneses que se han visto desplazados desde 2023, y cada una es más dolorosa que la anterior. Está Aida, de 30 años, que ahora cuida de un bebé; tiene 10 hijos, cinco de los cuales están desaparecidos. Su marido, un soldado de las SAF, “fue llevado a la mina de oro”, que es toda la información que tiene sobre él. Sus recuerdos de la infancia giran en torno al conflicto: su madre trasladando a los niños de un lugar a otro, esquivando bombas y balas. Toda la vida de Aida ha estado marcada por la guerra y el deseo de un lugar seguro.
Mientras habla de los “días y días” de ataques con drones en Kadugli, se estira nerviosamente una goma elástica en la muñeca; luego cuenta que estaba en el mercado con su madre cuando una “pequeña bomba” —suponemos que un dron— cayó y “mató a todo el mundo”. Empieza a llorar, escondiendo el rostro entre las manos. ¿Han muerto sus hijos? ¿Están buscando comida? ¿Los han capturado los soldados de las RSF? ¿Volverá a encontrar a su marido? “Todos están desaparecidos”, dice con tristeza.


Otras mujeres van y vienen y relatan sus historias: hermanos muertos en combate, maridos reclutados a la fuerza, hijos perdidos, hambre insaciable a causa de los asedios. Una habla de gargantas degolladas y decapitaciones. Otra, de violaciones. Otra más se enteró de que su marido había muerto por una publicación en Facebook.
Otro joven con el que me encontré en un campo de refugiados cerca de Juba procedía de El Geneina, una ciudad de Darfur Occidental que cayó en manos de las RSF en junio de 2023. Le quemaron la casa; vio cómo degollaban a sus primos y cómo le arrancaban el feto del vientre a su tía embarazada. “Después arrojaron el feto al fuego”.
“No paraban de decir: ‘Hoy nos ocupamos de la gente de piel oscura. Vamos a acabar con vosotros”. Luego le dispararon en la pierna y lo dejaron desangrándose. Los vio disparar a la gente mientras huía y encadenar a los prisioneros para recoger a los muertos. “Después metieron a algunas personas en un foso y las enterraron vivas”.
Los detalles son demasiado gráficos como para que alguien se los invente. Escribo esto para ilustrar lo difícil que es perderlo todo: tu hogar, tu familia, tu dignidad
Esta es la historia de un país que en otro tiempo fue bendecido, rico en oro y recursos naturales, y que ahora está en manos de quienes se empeñan en controlarlo. Una antigua civilización del valle del Nilo —conocida por sus pirámides, templos, metalurgia y comercio, que dieron forma a la región— ha pasado a ser famosa, en cambio, por miles de historias de guerra y muerte. Hay más, algunas demasiado terribles para contarlas. Pero, en esencia, son todas la misma historia: personas indefensas, aterrorizadas, perseguidas por drones, balas, cuchillos o fuego. Historias de tortura, palizas, violaciones y azotes, de la humillación de seres humanos llevados a rastras, encadenados, al grito de “esclavo, esclavo”. Una mujer violada estando en avanzado estado de gestación. Un hombre colgado boca abajo por los pies mientras era torturado, con un fuego encendido alrededor de su cabeza y chiles dentro para quemarle los ojos. Los detalles son demasiado gráficos como para que alguien se los invente. Escribo esto para ilustrar lo difícil que es perderlo todo: tu hogar, tu familia, tu dignidad.

Pero estos testimonios revelan que hay una maquinaria mucho más amplia en marcha. Las RSF y las SAF, que antes compartían el mismo afán por aplastar la disidencia civil, ahora se enfrentan entre sí con una tecnología moderna y bárbara, y el precio lo pagan quienes se ven atrapados entre ambos bandos: los niños, las mujeres, los más débiles y vulnerables. El oro y las armas cruzan las fronteras; los estados vecinos se posicionan para obtener beneficios y control. Miles de personas huyen de ciudades y pueblos incendiados. Y el mundo, mire o no mire, permanece en silencio ante los crímenes.
El desmoronamiento
No hay una respuesta fácil a la pregunta de por qué Sudán ha vuelto a sumirse en una guerra civil. Pero para comprender este momento, resulta útil echar un vistazo a su sangriento pasado. La primera guerra civil del país comenzó en vísperas de la independencia y se prolongó desde 1955 hasta 1972, cuando los habitantes del sur, en su mayoría cristianos o animistas, se rebelaron contra el control represivo y explotador del Gobierno de Jartum. “El país siempre ha estado gobernado por las élites árabes ribereñas. Construyeron y mantuvieron su gobierno explotando los recursos y a la población de las periferias, agricultores y nómadas de muchas tribus indígenas africanas y árabes diversas”, afirma Jehanne Henry, directora en Sudán de la unidad de documentación de la guerra The Reckoning Project. Hubo una paz relativa durante 11 años, hasta que estalló una segunda guerra civil en 1983, cuando los líderes de Jartum impusieron la sharia (ley islámica) y aceleraron la represión de los rebeldes cristianos del sur, lo que finalmente permitió que un despiadado oficial militar, Omar al-Bashir, llegara al poder en 1989. Llegaría a ser conocido por numerosos crímenes y abusos contra los derechos humanos, el más notorio fue el uso del ejército y el reclutamiento de árabes de Darfur para formar la milicia Janjaweed, o “demonios a caballo”, como los llamaban los lugareños, en 2003 para sofocar los movimientos rebeldes en el corazón de la primera guerra de Darfur, que estalló en medio de la segunda guerra civil y duró décadas. Recorrían los pueblos matando, quemando y saqueando, sin perdonar a nadie. Las mujeres eran violadas cuando salían a buscar comida o leña. Mataban a bebés mientras dormían en la espalda de sus madres. Se calcula que habían muerto unos dos millones de personas cuando terminó la segunda guerra civil en 2005, lo que allanó el camino para que el sur se convirtiera en un país independiente en 2011. Pero eso no puso fin a los combates en Sudán. Técnicamente, los expertos afirman que las guerras de Darfur terminaron en 2020 con un saldo de 300.000 muertos. Pero, a pesar de una serie de acuerdos de paz bienintencionados, “la guerra en Darfur nunca terminó”, afirma Henry.
Durante los años siguientes, estallaron guerras en las regiones del sur, cerca de la nueva frontera con Sudán del Sur, lo que se sumó a la violencia ya existente en algunas zonas de Darfur. Esta vez,
Al-Bashir decidió externalizar su lucha contra la insurgencia a un emprendedor líder miliciano de Darfur llamado Mohamed Hamdan Dagalo, también conocido como Hemedti. Al-Bashir dio carta blanca a su protegido para formar un grupo paramilitar, la RSF, utilizando milicias procedentes de las mismas comunidades árabes que los famosos Janjaweed. Mucho después de que la primera guerra de Darfur hubiera desaparecido de los titulares, este dúo siguió reprimiendo a los grupos rebeldes en todo el país mediante métodos brutales. Pero al-Bashir tenía otros problemas: junto con su autonomía, Sudán del Sur se llevó el 75% de la economía petrolera, y la economía de Sudán se hundió, lo que impulsó a una multitud de civiles frustrados a salir a las calles en un número sin precedentes con la esperanza de que surgiera una democracia civil, una especie de Primavera Árabe tardía.

Gihan Eltahir Eltom, que ahora vive exiliada en El Cairo con su familia, fue una de esas activistas. “La resistencia en Sudán no comenzó en 2011. Se fue forjando durante décadas, con brotes de resistencia que el Estado aplastó . Conocía todos los riesgos si me detenían: los centros de detención y las casas fantasma [centros de tortura]… Incluso ahora se me pone la piel de gallina al pensar en lo que hicimos. La gente marchaba hombro con hombro contra ese enorme aparato de seguridad, con todo el gas lacrimógeno. Fue un momento épico”, afirma Eltom, al describir las protestas con una mezcla de miedo y euforia. Estas manifestaciones continuaron durante casi una década, lo que finalmente condujo a la destitución de al-Bashir en 2019.
Pero las esperanzas de una transición civil no duraron mucho: en octubre de 2021, el gobierno civil fue derrocado por un golpe de Estado liderado por el general Abdel Fattah al-Burhan, comandante de las SAF, con la ayuda, una vez más, de Hemedti, que seguía al frente de las RSF. “Llevamos luchando contra un régimen islamista respaldado por la fuerza militar desde 1989”, afirma Eltom. “La gente cree que la resistencia ha terminado, pero yo no lo creo. La resistencia sigue en marcha”.
Esta vez, lo que está en juego no es menos complejo. Kholood Khair, fundadora del grupo de expertos Confluence Advisory, con sede en Jartum, describe una guerra que se libra en tres niveles interconectados. El primero es el ámbito local, donde las comunidades étnicas se han visto envueltas en enfrentamientos cíclicos por el control del agua o las tierras de pastoreo. El segundo es el de los grupos militares y paramilitares —las SAF y las RSF, respectivamente— que luchan por el control del país a costa de miles de vidas civiles. Los dos generales, al-Burhan y Hemedti, fueron aliados hasta 2023, cuando su disputa sobre la integración de las RSF en el ejército estalló en la guerra civil a gran escala que estamos presenciando hoy. Y por último, y lo más complejo, están las potencias regionales que financian los combates, actores de potencia media como los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí e Irán, que gastan enormes sumas para respaldar a los grupos insurgentes mientras llevan a cabo ataques militares estratégicos en busca de recursos y poder político.

Pero, al igual que las guerras de Ruanda en 1994 y de Bosnia y Herzegovina a principios de los 90, esta última crisis en Sudán podría haberse evitado, y debería haberse hecho. Para responder a la pregunta de por qué no fue así, basta con fijarse en la caída de El Fasher.
Una guerra ignorada
En octubre de 2025, se produjo una masacre en El Fasher, otra ciudad sitiada de Darfur de la que mucha gente jamás había oído, escenario de una crisis de derechos humanos que se había prolongado durante los 18 meses previos. La ciudad de El Fasher tenía un enorme valor estratégico para las RSF: era el último bastión del Gobierno en Darfur; Nyala, El Geneina y Zalingei ya habían caído. La toma de El Fasher por parte de las RSF consolidó el control de estas sobre el oeste de Sudán. También es un importante cruce de caminos comercial y militar, así como un centro humanitario. Las RSF sabían que la captura de El Fasher tendría un peso simbólico y político significativo, lo que reforzaría sus planes de hacerse con el control del país.
Pero nadie podía prever lo sangrienta que sería. Algunos expertos en Sudán han señalado que incluso los mandos de las RSF quedaron horrorizados al ver hasta qué punto sus tropas habían perdido el control al matar, violar, mutilar o acribillar a quienes no lograban escapar —lo cual era casi imposible, ya que la ciudad estaba rodeada por profundas trincheras excavadas por las RSF—. Gran parte de esa violencia tuvo motivaciones étnicas y se dirigió contra la población no árabe de El Fasher: los fur, los zaghawa y otros. Murieron más de 6.000 personas y miles siguen desaparecidas. La masacre marcó un punto de inflexión en lo que los analistas describirían como “el peor episodio de la historia del conflicto de Sudán”.
Esto no tenía que haber ocurrido. La comunidad internacional ya había sido advertida dos años antes, tras la caída de El Geneina, que se saldó con el asesinato de 15.000 personas. El Laboratorio de Investigación Humanitaria de Yale, que utiliza inteligencia de fuentes abiertas para investigar este tipo de crímenes atroces en tiempo real, lanzó la voz de alarma sobre lo que acabaría sucediendo en El Fasher en la primavera de 2024. Advirtieron al Gobierno de EE. UU., a la opinión pública y al Consejo de Seguridad de la ONU de que se produciría un genocidio si la ciudad caía en manos de las RSF.

“Las señales de alerta estaban ahí”, explica Khair, de Confluence Advisory. Según una investigación sobre el ataque de octubre, publicada en The Guardian, el Reino Unido no actualizó sus servicios de inteligencia durante los 561 días que duró el asedio de El Fasher. Se ignoraron los informes del equipo de Yale, así como los de otros expertos y defensores. “Se ocultaron las evaluaciones de inteligencia del Departamento de Estado de EE. UU. que habrían desencadenado la obligación de salvar El Fasher”, afirma el artículo. Parecería que lo ocurrido en El Fasher no fue un fallo de conocimiento, sino de voluntad.
Empieza a llorar, escondiendo el rostro entre las manos. ¿Han muerto sus hijos? ¿Están buscando comida? ¿Los han capturado los soldados de las RSF? ¿Volverá a encontrar a su marido? “Todos están desaparecidos”, dice con tristeza.
Según Khair, no se calificó de genocidio porque ningún gobierno estaba dispuesto a enfrentarse a su acaudalado aliado. Recuerda las reuniones con funcionarios del Gobierno británico en mayo de 2024. “Nadie quería oír nada en contra de los EAU, que respaldaban a las RSF y les suministraban armas. Especialmente algo tan irrelevante para Occidente como Sudán”, afirma Khair. (Los EAU han negado haber apoyado a las RSF). Dos días antes de que cayera la ciudad, según se informa, funcionarios emiratíes vetaron cualquier mención a El Fasher en una reunión en Washington. En cuestión de horas, comenzó el bombardeo y murieron miles de personas —una población, como dijo un parlamentario británico a The Guardian, cuyas vidas “no se consideraban tan importantes como otras”—.
No se envió a ninguna fuerza de paz para salvar El Fasher, como sí se había hecho en otros momentos decisivos de otras guerras. Ninguna protesta internacional impidió el asesinato de civiles. En cambio, El Fasher fue arrasada. La escritora sudanesa Nesrine Malik reflexionó en una ocasión que Sudán no está tan olvidado como abandonado. Esta es la descripción más acertada que se me ocurre para explicar por qué se permite que continúe una guerra tan brutal, por qué se permite que mueran tantos inocentes.
“El ajuste de cuentas llegó más tarde porque se permitió que se produjera una masacre. Una inacción imperdonable”, afirma Khair.
“¿A alguien le importa Sudán?”
El fracaso político ha recaído, como siempre, sobre los civiles. Llevo toda mi carrera recopilando testimonios de refugiados —en los Balcanes, Oriente Próximo y África— y nunca resulta más fácil: ser testigo del dolor y la confusión extremos de otras personas. Los relatos de los supervivientes de El Fasher se encuentran entre los peores que he escuchado: personas hambrientas rodeadas por trincheras excavadas por el hombre, sabiendo que no podían escapar y que la RSF se acercaba. Mustafa Ibrahim, un médico de 28 años, sobrevivió, pero por poco.
Nacido y educado en El Fasher, Ibrahim, médico de cabecera, había trabajado durante todo el asedio en el último centro sanitario operativo de la ciudad, conocido como el Hospital Materno Saudí. En los días previos a la caída de El Fasher, Ibrahim estaba muy estresado. Durante el asedio, se acostumbró a hacer de todo, desde asistir partos hasta reducir fracturas y atender a pacientes geriátricos y a enfermos crónicos. Aprendió a evaluar la gravedad de los combates a partir de los heridos que llegaban al hospital. Una mañana, ingresó a 130 personas con heridas de guerra: una señal de que los combates se estaban recrudeciendo.

COMBATIENDO LA SED Un hombre va a buscar agua para los refugiados y los repatriados de Sudán del Sur en un paso fronterizo no oficial.

Los refugiados sudaneses se apresuran a llenar sus recipientes desde un camión cisterna comercial en Atam.
Mientras iba de sala en sala, oía cómo los bombardeos se hacían cada vez más fuertes. Sabía que se avecinaban fuerzas violentas. También que sería uno de los primeros en morir: la milicia tiene en el punto de mira a los médicos. Tomó una de las decisiones más dolorosas de su vida: cogió una pequeña mochila y huyó. Más tarde dijo que se sentía “como si hubiera perdido el alma”, pero no tenía otra opción. “Algunos de los pacientes llevaban allí meses y teníamos un fuerte vínculo. Yo era su cuidador. Pero estaba en modo supervivencia”, me cuenta.
Su huida de la ciudad fue como uno de los círculos del infierno de Dante. Ibrahim, asmático, subió a los tejados y fue de casa en casa. Por el camino fue testigo de una cascada de sufrimiento: moribundos, heridos, personas aterrorizadas, niños pidiendo ayuda. Vio cómo una mujer embarazada que corría con un niño pequeño a la espalda era arrollada por las RSF. Finalmente llegó a una serie de tres trincheras que la milicia había construido para impedir que nadie escapara de la ciudad en llamas. El médico describió las trincheras como “cinco metros de profundidad y cinco metros de trepar”.
Tardó unas siete horas en salir de las trincheras. Junto con un pequeño grupo —uno de cuyos miembros le dio un inhalador—, no durmió ni comió. Se enteró de que todos los pacientes que había dejado atrás habían sido asesinados. Una vez fuera de la ciudad, él y su grupo fueron capturados por las RSF. Lo encadenaron y lo arrastraron detrás de una motocicleta. Lo colgaron de un árbol y lo azotaron y golpearon. Su padre, en Jartum, acabó pagando un rescate y lo liberaron. Hoy Ibrahim sigue en Sudán cuidando de muchos de los huérfanos de la ciudad destruida. Dice que está bien, pero está traumatizado, aterrorizado y cansado de la guerra.
Las RSF y las SAF, que antes compartían el mismo afán por aplastar la disidencia civil, ahora se enfrentan entre sí […]. Miles de personas huyen de ciudades y pueblos incendiados. Y el mundo, mire o no mire, permanece en silencio ante los crímenes
En mayo, Reuters informó de que un comandante sudanés de las RSF, detenido tras la difusión de vídeos en los que aparecía ejecutando a personas en El Fasher, había salido de prisión y vuelto al campo de batalla. Ibrahim me plantea una pregunta angustiosa. Es una pregunta en la que no he dejado de pensar mientras escribía este artículo: “¿A alguien le importa Sudán?”.
Unos días después de comenzar nuestro viaje, Lynsey y yo volvemos en avión a Juba y tomamos otra avioneta hacia otra zona de la frontera, cerca de Renk, donde muchos refugiados “recién llegados” procedían del estado del Nilo Azul. Allí, las RSF y sus aliados, el Ejército Popular de Liberación de Sudán-Norte (una rama del grupo rebelde del sur que logró la independencia de Sudán del Sur), lanzaron ataques a gran escala contra las posiciones de las SAF. Esta vez, su objetivo era Ad-Damazin, una ciudad importante, y una presa que les permitiría aislar a las SAF de Jartum por el este y controlar el suministro eléctrico de Sudán. El Nilo Azul ha pasado de ser un escenario secundario a convertirse en un campo de batalla principal. Una vez más, la población civil se ve atrapada en medio.

HAMBRE Y ESPERANZA Taiba, de 35 años, y su hermana Amna, de 25, esperan que atiendan a sus gemelos de 11 meses, Yagen y Tezel, a quienes están realizando pruebas para detectar si sufren desnutrición.

EL LLANTO DE CADA BEBÉ Una madre y su bebé reciben tratamiento contra la desnutrición en la Unidad de Neonatología de Darfur Occidental. Debido a los recortes presupuestarios, las organizaciones humanitarias no pueden acoger y alimentar a los nuevos refugiados como solían hacerlo; como consecuencia, la gente pasa todo el día bajo un sol abrasador, con temperaturas que superan los 38 °C.

Una madre y sus gemelos.
Montamos el campamento base en un recinto abandonado de la ONU, donde dormimos bajo mosquiteras e intentamos cargar nuestros teléfonos. Para cenar, comemos unos cacahuetes y pan que compramos en el mercado. Al amanecer, me despierta el sonido de los tambores y los platillos y el canto de los niños; creo que estoy soñando, pero luego me doy cuenta de que es la mañana de Pascua. Al otro lado de la valla del recinto hay otro campo de refugiados, y los niños de allí están celebrando la resurrección de Cristo.
Unas horas después del amanecer, nos subimos a un jeep y conducimos durante horas —rezando para que no se nos pinche una rueda— hasta un centro para mujeres gestionado por International Medical Corps y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). La mayoría de las mujeres que están aquí han sido víctimas de violaciones. Me esperaba un lugar de dolor infinito; en cambio, nos reciben con coloridos toubs, ululando como si celebraran una boda. Se me ocurre que estoy en una pequeña aldea de mujeres unidas por el dolor que solo intentan sobrevivir.
Nadie quería oír nada en contra de los EAU, que respaldaban a las RSF y les suministraban armas. Especialmente algo tan irrelevante para Occidente como Sudán”, afirma Kholood Khair
La semana anterior, Médicos Sin Fronteras publicó un informe titulado Hay algo que quiero contarte…, en el que se detallaban los casos de 3.396 supervivientes de violencia sexual de género atendidas en sus centros en Darfur del Norte y
del Sur entre enero de 2024 y noviembre de 2025. Solo en El Fasher, fueron atendidas 140 mujeres.
Estas cifras son solo la punta del iceberg: se refieren únicamente a las mujeres atendidas por MSF. Muchas aún no han llegado a los centros de atención. Muchas nunca alzarán la voz ni buscarán ayuda. “No hay lugares seguros para las mujeres y las niñas en Darfur”, se lee en la introducción del informe, y tanto las RSF como las SAF están utilizando la violación como arma de guerra.

UN CONFLICTO SIN FIN Soldados de las RSF —miembros de una milicia responsable de numerosas atrocidades en Sudán— en un puesto de control en El Geneina.

Las SAF montan guardia cerca de las zonas que han recuperado recientemente de manos de las RSF en Jartum, donde se encuentran con una destrucción masiva y numerosas víctimas a raíz de la guerra.

Unos trabajadores sudaneses recuperan cadáveres de una fosa común en un barrio residencial de Omdurman, en Jartum, días después de que las RSF fueran expulsadas de la zona por las SAF.
“Nunca había visto una violencia sexual como esta”, afirma una alta funcionaria de la ONU que ha vivido en primera persona varias guerras: Irak, Afganistán. “Tiene todos los signos de un genocidio”, afirma, refiriéndose al reciente informe de la ONU que lleva ese mismo título.
En el centro para mujeres hay una tienda de campaña con una camilla, una comadrona y un médico. El viento y la lluvia azotan la lona y nos sentamos detrás de una mampara para tener algo de intimidad. Las mujeres llegan tímidamente con chanclas de plástico y toubs de colores vivos; todas han sido violadas. Solo una niega haber sido “tocada”, insistiendo en que la historia que me cuenta es la terrible experiencia de otra mujer, no la suya. “Es haram. Le resulta demasiado difícil hablar de ello”, susurra una enfermera cuando se marcha.
Pero hay otras que sí alzan la voz. Zakiya tiene hoyuelos, anillos de oro y un toub con lunares rosas bordado con hilo dorado a juego. Cuando elogié su llamativa belleza, me respondió: “No soy guapa porque no estoy en mi hogar, en Sudán”. Es del estado del Nilo Azul y se casó a los 17 años. Se cruje los nudillos al recordar la emboscada de las RSF cuando huía de su pueblo. Separaron a los hombres de las mujeres, a quienes pusieron en fila, se las llevaron y las violaron.

“No se llevaron solo a las jóvenes. Se llevaron a todas”, dice. Ella vio cómo golpeaban a las mujeres con palos.
Luego se la llevaron a ella.
“Si no te rindes”, le dijeron a Zakiya, la golpearían con más fuerza. Fue violada por tres hombres. Algunos de ellos eran “muy jóvenes, adolescentes”, cree que tenían entre 14 y 19 años, y vestían uniforme: “Pantalones de combate y camisetas”. Dice que no cerró los ojos. “Parecían árabes y hablaban árabe, pero no como nosotros”. Al principio se resistió, pero le advirtieron: “No tienes elección”. Intentó defenderse, pero “se quitaron los pantalones y lo hicieron. Pensé que iba a morir. Simplemente les di lo que querían”.
Ella cree que la agresión se prolongó durante horas, mientras la pasaban de un chico a un hombre y de nuevo a un chico. Pero su principal preocupación no era ella. Viajaba con su sobrina de 10 años, a la que intentaba ocultar. Finalmente, la encontraron, estaba aterrada, y la llevaron a otro lugar. “La violaron durante tanto tiempo y de forma tan brutal” que acabó inconsciente, me cuenta Zakiya.
Fueron la madre de Zakiya y su hermana, la madre de la niña, quienes vinieron y se llevaron el cadáver. Estaba inconsciente e intentaron atenderla lo mejor posible mientras estaban cautivas. Murió unos días después.
¿Qué será de Sudán?
En muchos sentidos, afirma Jehanne Henry, la guerra en Sudán es una batalla existencial. Las SAF controlan el centro, el norte y el este de Sudán; las RSF, el oeste; el sur sigue siendo objeto de disputas. Las RSF buscan legitimidad. No quieren ser un grupo paramilitar en los rincones más recónditos de Darfur. Ha sido estratégico al anunciar un gobierno paralelo, Tasis, con capital en Nyala, en Darfur del Sur. Ha forjado alianzas con otros grupos en Sudán y está tratando de aumentar su influencia en cualquier mesa de negociación, si es que alguna vez llegan las negociaciones de paz. Las SAF buscan la victoria en lugar de un acuerdo, lo que muy probablemente signifique más años de doloroso conflicto.
No se enviaron fuerzas de paz para salvar El Fasher. Ninguna protesta internacional impidió el asesinato de civiles. En cambio, El Fasher fue arrasada
Y parece que, incluso después de tanto derramamiento de sangre —o quizá precisamente por eso—, todos en la región y más allá quieren sacar algo de lo que queda de Sudán.
El conflicto sudanés ha arrastrado a la lucha por el lucro tanto a los países vecinos —que cortejan egoístamente a una u otra facción en busca de recursos o prestigio político— como a potencias extranjeras codiciosas y explotadoras que aprovechan repetidamente las tensiones religiosas y culturales de la región. Todos salen ganando, devorando los restos de Sudán: Etiopía, Egipto, Rusia, Irán, Turquía y Catar.

CIUDAD DE CARPAS Los refugiados sudaneses viven en alojamientos provisionales en el centro de tránsito situado en la frontera entre Sudán del Sur y Sudán, en Renk.

Los niños del campo de tránsito, muchos de los cuales son huérfanos, utilizan todo lo que encuentran para jugar.

Cae la noche sobre un campo de tránsito en Renk, cerca de la frontera con Sudán.
El principal patrocinador es los Emiratos Árabes Unidos, que niegan cualquier vínculo con las RSF, a pesar de que numerosas fuentes —entre ellas la ONU— documentan sus envíos de armas y su apoyo logístico a estas fuerzas. Más allá de avivar la violencia intraétnica para controlar una región rica en petróleo y recursos como la goma arábiga —la resina que se utiliza en todo, desde la Coca-Cola y las capas de los chocolates M&M hasta los productos farmacéuticos—, los intereses de los EAU se centran en gran medida en el acceso al mar Rojo para contrarrestar lo que consideran una alianza inaceptable entre las SAF y los islamistas (mientras apoyan simultáneamente a Israel en su búsqueda de una mayor hegemonía en la región).
Los EAU también se han convertido en el destino del oro extraído en Sudán, algo esencial para mantener el suministro de armas en la región. Según el Consejo Mundial del Oro, Sudán es el quinto mayor productor de oro de África, por detrás de Ghana, Sudáfrica, Burkina Faso y Malí. La mayor parte del oro que se extrae en Sudán se exporta a los EAU. “A pesar de las tensiones diplomáticas, siguen contrabandeando oro a los EAU”, afirma Suliman Baldo, director ejecutivo de Sudan Transparency and Policy Tracker, que realiza un seguimiento de las cadenas de suministro de oro en Sudán. No son los únicos beneficiarios. El oro también va a Egipto, desde donde se dirige a los mercados de los EAU. El dinero llena los bolsillos de los comandantes. Rusia, que solamente acepta el pago de las armas por adelantado, según Baldo, también se está beneficiando de la carrera armamentística entre las facciones militares rivales.
“El dinero que vuelve a las Fuerzas Armadas de Sudán les permite disponer de un presupuesto autónomo y acudir al mercado libre de armas para comprar armamento, por ejemplo, a Irán. Llevas oro a Dubái, al día siguiente tienes dólares y puedes comprar armas a diestro y siniestro”, explica Baldo.

Sería fácil reducir los acuerdos armamentísticos a una simple cuestión de oro y armas, pero la guerra de Sudán, al igual que las de Gaza y Ucrania, se libra en gran medida con drones, que, según se informa, los EAU suministran a las RSF a un ritmo alarmante. La mayoría de los refugiados a los que entrevisto describen los ataques con drones como enjambres de “pequeñas bombas” capaces de arrasar un mercado entero. “Son dos ejércitos mecanizados”, dice Joseph Tucker, del International Crisis Group, refiriéndose a los drones que han añadido un nuevo nivel de sufrimiento a esta guerra; una guerra moderna en la que una persona se sienta detrás de un escritorio jugando a una especie de videojuego y otra persona muere. Es la violencia definitiva sin rendir cuentas.
Justo antes de marcharme, en uno de los extensos campamentos de Renk, conozco a una joven pareja que se había casado cuatro meses antes. La mujer, Yasmeen, solo tiene 18 años; su marido, Mustafa, tiene 25. Él había estudiado Biología en la Universidad de Jartum, pero solo pudo conseguir trabajo vendiendo zapatos antes de que él y Yasmeen huyeran de los combates.
Ellos también tienen una historia odiseica sobre cómo llegaron a Renk: escondiéndose en la maleza por la noche para escapar de las RSF, siendo robados, golpeados y pasando hambre.
Se encuentran en un centro de tránsito de camino a Wedweil, uno de los campos de refugiados más grandes de Sudán del Sur, con más de 33.000 personas. No están preparados para tener hijos. “Lo estamos hablando”, comenta, y añade que traer un niño al mundo siendo refugiado no es la forma en la que quiere formar una familia. Los dejo mientras empacan sus escasas pertenencias —un saco de dormir, algunas mantas— a la espera de una barcaza que los llevará a ellos y a miles de personas más por el Nilo Blanco hasta Malakal, desde donde luego se las arreglarán, de alguna manera, para llegar a Aweil.
Le pregunto a Mustafa qué le depara el futuro: la perspectiva a largo plazo, los años por venir.
Se queda pensativo.
Finalmente, habla. “Puede que sea un camino muy largo”.
Artículo publicado por ‘Vanity Fair’ USA.