Esteban Mira Caballos, contrario «a los perdones», pero también a esconder las tropelías, sostiene que la Monarquía Hispánica fue pionera en defender los derechos de los nativos

Manuel P. Villatoro / ABC
Se destapó la caja de Pandora de la expansión por las Américas de la Monarquía Hispánica; y por enésima vez. Este martes, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha agradecido que Felipe VI señalara el pasado lunes los «muchos abusos» que se desarrollaron durante la mal llamada Conquista del Nuevo Mundo. Aunque, como era de esperar, no le ha parecido suficiente. «No fue todo lo que hubiéramos querido, pero la verdad es que es un gesto de acercamiento. […] Creo que hay que reconocerlo y avanzar en el diálogo», explicó durante una rueda de prensa en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid con motivo de la inauguración de una exposición sobre la mujer indígena.
La polémica tiene solera. El mismo Andrés Manuel López Obrador, expresidente de México, ya exigió en varias ocasiones el perdón a España y avivó las acusaciones sobre las supuestas riquezas que la Monarquía Hispánica robó durante tres siglos del Nuevo Mundo. Unas teorías que ha heredado Sheinbaum y que a Esteban Mira Caballos, doctor en Historia de América por la Universidad de Sevilla y especialista en las relaciones entre España y América en el siglo XVI, define como absurdas: «Estoy en contra de los perdones, pero también me posiciono a favor de Felipe VI. Él solo ha dicho lo que muchos historiadores pensamos: que hubo abusos, pero también que se generó una controversia ética que dio lugar a las Leyes de Indias y a la protección de los indios».
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El problema, asevera Mira, es que «nos hemos quedado con el titular de los abusos» y «hemos obviado la parte» en la que el monarca se refirió a los límites que puso la Monarquía Hispánica desde el otro lado del Atlántico para garantizar la seguridad de los nativos. «Las Leyes de Indias fueron una de las grandes singularidades de nuestro imperio», explica. En sus palabras, aunque se cometieron tropelías por parte de algunos españoles a título individual, «no se produjeron de forma sistemática por parte del Estado». Todo lo contrario. «Lo que sí hubo es un intento de corregir esos abusos que estaban cometiendo algunos encomenderos y conquistadores, y eso, repito, es algo pionero en la historia», finaliza.
Leyes de Indias
El aparato legislativo al que se refiere Mira arrancó con Isabel la Católica, la primera en preocuparse por los derechos de los indios. Ya a principios del siglo XVI, en el año 1500, la monarca prohibió la esclavitud en la Indias con los llamados ‘naturales’: los nativos. El movimiento fue revolucionario para la época y motivó que, años después, en 1540, una junta de la Universidad de Salamanca convocada por el emperador Carlos V concluyera que, tanto el Rey como los gobernadores y los encomenderos «habrían de observar un escrupuloso respeto a la libertad de conciencia de los indios», así como la prohibición expresa de cristianizarlos por la fuerza o en contra de su voluntad.
«La Escuela de Salamanca fue pionera. En ella muchos pensadores, casi todos vinculados a la Iglesia, estaban a favor de las tesis humanistas que defendían los derechos internacionales. Esta corriente minoritaria defendía que no se les podía presionar, que había que evangelizarlos de forma pacífica y que debía primar la empatía sobre ellos», sentencia Mira. Y eso, ya en el siglo XVI. Según el experto, esas ideas ejercieron «una presión muy grande sobre una Corona» que al final movió ficha y abrazó estas premisas. «Fíjate si fuimos pioneros, que el nuestro fue el único imperio que se llegó a cuestionar la licitud de la ocupación y si marcharse o no de América», finaliza.
Ese fue el germen de las Leyes de Indias de mediados del XVII, las que recogían una infinidad de derechos para los nativos: la prohibición de injuriarlos o maltratarlos; la obligación de pagarles salarios; su derecho al descanso los domingos; una jornada laboral máxima de ocho horas y un grupo de normas que protegían su salud.
Aquello supuso un cambio radical de paradigma que ya se había barruntado antes. «En 1573 incluso se sustituyó la palabra Conquista. A partir de entonces no se utilizó jamás. En adelante se usaron los términos ‘población’ y ‘pacificación’», sentencia. E insiste en que esta fue una actitud pionera en la historia de los Derechos Humanos. «Soy historiador, y tengo que valorar las dos cosas. ¿Hubo excesos? Muchos, y te los puedo contar, pero la clave es que se intentaron corregir», sentencia.
Robar el oro
Otra de las mentiras que ha extendido la presidente de México es la extracción y la usurpación por parte de la Monarquía Hispánica del oro americano; una buena parte del mismo, a través de un impuesto conocido como Quinto Real. «Es un discurso populista que le interesa a Sheinbaum. Basta con que te pases por la ciudad colonial de Santo Domingo, o la Ciudad de México, para ver dónde se ha quedado. Está alrededor, en iglesias e infraestructuras. Lo de que España robó el oro es absurdo. Entre otras cosas, porque se sacó poco oro de allí; en cualquier caso sería plata, y solo llegaba la que sobraba de los impuestos y la de personas privadas que la enviaban», defiende.
El origen del Quinto Real hay que buscarlo en una cédula expedida por los Reyes Católicos en 1504. Ese año se autorizó a todos los españoles residentes en La Española a extraer oro, imponiendo la condición del registro formal del yacimiento explotado ante la autoridad competente. A su vez, se rebajó la presión fiscal. «Mandamos que todos los vecinos y moradores de nuestras Indias que compren o saquen de cualquier provincia oro, plata, plomo, estaño, azogue, hierro u otro metal, nos paguen la quinta parte de lo que cogieren ó sacaren neto; que nuestra voluntad es hacerles merced de las otras cuatro partes en consideración á las costas y gastos que hicieren», explicaba el texto.
«Es un discurso populista que le interesa a Sheinbaum. Basta con que te pases por la ciudad colonial de Santo Domingo, o la Ciudad de México, para ver dónde se han quedado el oro y la plata» Esteban Mira Caballos
Muchas son las mentiras que se han extendido sobre el Quinto Real, pero la más recurrente consiste en asumir que fue un impuesto inamovible. Según explica a ABC el historiador Jorge Luis García, autor de ‘Presidio’ (Edaf), en la práctica varió según los territorios: «En algunas zonas era un décimo, en otras un veinteavo… La Monarquía buscaba que se poblara un territorio concreto, y lo conseguía con estas deducciones económicas».
La segunda gran falacia, dice García Ruiz, es la que afirma que la Corona se enriqueció extrayendo de primera mano el oro y la plata del otro lado del Atlántico. «Centrémonos en la minería, aunque la principal riqueza de territorios como la Nueva España eran los activos de agricultura, que es algo que se suele obviar. La Monarquía entregaba una concesión a un explotador a cambio de ese Quinto Real. Es lógico: no podía extraerlo por sí misma porque no era una persona física, sino una institución», explica. Ese empresario era el que obtenía el grueso de los beneficios. Y, de ellos, entregaba el 20%. Así que, si alguien se enriqueció con esos ingresos, insiste, fueron los concesionarios. «Ese dinero no ha llegado hasta España, se ha quedado en América», completa.
Aunque lo que más le escama es esa idea falaz de que hasta España llegaba el Quinto Real al completo. Ni mucho menos. «Ese dinero se correspondía con la recaudación de impuestos. Con ellos se mantenían las obligaciones del Estado en el Nuevo Mundo: misiones, presidios…», explica. Tan solo se enviaba lo que sobraba, y no cree nuestro experto que fuese mucho. Y es que, con esa anémica cantidad, había que levantar y mantener una red de «hospitales, iglesias y universidades» y sufragar las vituallas y los sueldos de los soldados. Todo ese dinero, suscribe el autor de ‘Presidio’, «se ha quedado, por tanto, en América» para forjar todo un tejido de infraestructuras físicas todavía presentes en el continente.