La jornada comienza en esta urbe al son de los tambores, los sacerdotes queman la resina de copal para hacer sahumerios y decapitan una codorniz para ofrecerla al sol naciente.

Àlex Sala / Historia National Geographic
Amanece un nuevo día en Tenochtitlán, la hermosa capital del Imperio mexica que desde hace dos siglos gobierna Mesoamérica desde la Laguna de Texcoco. Como cada mañana, la jornada comienza en esta maravillosa urbe al son de los tambores que tocan los sacerdotes desde lo alto de los templos, queman la resina de copal para hacer sahumerios y decapitan una codorniz para ofrecerla al sol naciente.
Caminantes y forasteros se aprestan para sus viajes, los labradores acuden a sus campos y los comerciantes se encaminan a los mercados. Las mujeres barren y arreglan sus viviendas, y los sirvientes se afanan para tener todo preparado para el cuidado de sus señores.
En las casas de los nobles, los pipiltín, situadas alrededor del recinto sagrado del Templo Mayor de Tenochtitlán, los criados recogen los petates y las mantas sobre los que reposaban sus amos y las guardan en baúles, dejando el dormitorio despejado para otros menesteres.

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Los mexicas dan mucha importancia al aseo, que practican a diario, a diferencia de lo que ocurre en Castilla. Mujeres y hombres toman su baño, con un jabón hecho a base del fruto y la corteza del chupandío –copalxocotl, el árbol del jabón en la lengua propia de los indígenas–, que hervidos producen una baba viscosa que se untan en el cuerpo para asearse. Después de enjuagarse ese humor con agua que se echan por encima con un cuenco, se secan el cuerpo y dedican largo tiempo a acicalarse y peinarse.
La primera comida del día para un pipiltín es un opíparo banquete que consiste en tortillas de maíz recien tostadas rellenas de algo de carne o pescado y abundante fruta, todo ello acompañado de una pequeña vasija de chocolate.
La gente común –los macehualtin–, en cambio, viven en calpulli, barrios que agrupan un conjunto de familias que dicen poseer una misma ascendencia, que se remonta a un dios patrono, el calpultéotl, que identifican con el primer antepasado, que es también el gran protector del grupo. El matrimonio fuera de este clan, aunque se tolera, no es bien visto.
No toman ninguna comida hasta que las bocinas del templo marcan la segunda hora del día (hacía las nueve de la mañana) y es mucho más modesta que la de los aristócratas, apenas unas tortillas o un atole, harina de maíz hervida en agua.
Aquellos que se dedican a las tareas agrícolas trabajan en unos jardines flotantes que llaman chinampas, islas artificiales en la laguna de unos 100 metros de longitud por 10 de ancho. Allí se acumula el lodo fresco antes de las siembras para que la tierra renueve constantemente fertilidad. En ellos se cultivan el maíz, el frijol y la calabaza, que forman la base de su alimentación.
Con todo, son los menos des los habitantes de Tenochtitlán –entre 200.000 y 300.000– los que trabajan en estos campos. Muchos de ellos se ganan el sustento como peones construyendo, reparando y adecentando los grandes edificios y calzadas de su capital.
La trama urbana de Teochtitlán es un complicado enjambre de islas ganadas a la laguna que forman un conglomerado de casas cruzadas por un enjambre de callejuelas y canales. La atraviesan cuatro grandes calzadas perpendiculares alineadas con los puntos cardinales, que cuentan con puentes levadizos que las conectan con tierra firme.
Por ellas circulan cada día miles de miles de cargadores que acarrean las mercancías sobre su espalda desnuda, vestidos en muchos casos con tan solo un taparrabos con dos turas anchas que caen en forma de faldellín por delante y por detrás. Los mexicas no cuentan con animales de carga y desconocen la existencia de la rueda, por lo que el transporte de mercancías se hace por medio de las canoas que atraviesan los canales o de estos cargadores.
La vida gira en torno a los mercados, a los que muchos de estos porteadores acuden cada mañana con todo tipo de materiales que acarrean sobre sus espaldas desde lugares que en muchas ocasiones se encuentran a varias jornadas de camino. El mercado del barrio de Tlatelcoco, a poniente, es tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca.
En cada una de sus calles se encuentra un género de productos distinto: viandas, cerámica, herramientas, vestidos, animales vivos y muertos… En estos mercados también hay casas donde dan de comer y beber caliente a buen precio o barberos y curanderos que sanan con yerbas que ofrecen sus servicios.Todo ello se paga con semillas de café, puesto que tampoco conocen la moneda.
Por su parte, los pipiltín atienden a las tareas propias de la administración en el templo y el palacio de Moctezuma, su emperador. Unos se dedican a asesorar al Huey Tlatolani, que significa «Gran Orador» en la lengua nativa. Otros forman a la casta de guerreros que someten con mano militar a sus vasallos, mientras los demás hacen de jueces o se dedican a instruir a sus hijos en las escuelas que los preparen para tomar el relevo de sus padres.
Al mediodía, los sacerdotes volverán a hacer sonar sus caracolas para señalar que es el momento de tomar una comida frugal. Tras este corto descanso, todos volverán a sus quehaceres diarios hasta un nuevo toque de corneta, al anochecer, que anuncie el fin de la jornada laboral. Entonces, las mujeres macehualtin, molerán el nixtamal (harina de maiz) en sus metates y prepararán una cena ligera a base de atole o masa de amaranto.
En los hogares pipiltín, una opípara cena precederá a un momento de relax fumando una pipa de tabaco y tomando una jícara de chocolate endulzado con miel o especiado de chile. El pueblo llano, los macehualtin, tratarán de reponerse de sus dura jornada al sol. Todos ellos esperando a a que los los sacerdotes marquen con sus bocinas la hora de ir a dormir, cuando se haya desplegado sobre sus cabezas el señor de la Noche.