El anterior pacto recogía garantías similares a las que se cree se discutirán ahora, en un contexto político mucho más desfavorable para el entendimiento

Trinidad Deiros Bronte / El País
Cuando Donald Trump sacó unilateralmente a Estados Unidos del anterior acuerdo nuclear de Irán con las potencias mundiales —el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés)— en 2018, lo justificó con numerosos epítetos: “horrible”, “desastroso”, “débil” y “el peor acuerdo de la historia”. Entre los argumentos que citó entonces fue que ese pacto de 150 páginas que llevó dos años negociar permitía a Teherán “seguir enriqueciendo uranio”, no eliminaba su programa de misiles ni tampoco el apoyo a su red de milicias aliadas en la región. También, que le había proporcionado “miles de millones de dólares” a un “régimen sangriento” al propiciar el alivio de las sanciones internacionales.
Ocho años después, tras una guerra de tres meses y medio, alrededor de 7.000 muertos, con el estrecho de Ormuz cerrado y con cientos de miles de millones en pérdidas, Estados Unidos se dispone a firmar con Irán un pacto preliminar por el que, según ha trascendido, se discutirá en las próxima semanas un nuevo compromiso nuclear no tan diferente del que rompió Trump. O incluso más frágil.
La razón es una diferencia notable. La República Islámica ha emergido de la guerra con un liderazgo más radical y en posición de más fuerza, tras haber resistido la arremetida militar de Israel y Estados Unidos y, sobre todo, después de haber alterado la economía mundial con el cierre del tránsito marítimo por el estrecho de Ormuz. Teherán podría estar ahora menos dispuesto a las grandes concesiones porque sabe cómo golpear a Washington.
El acuerdo de 2015
El JCPOA, firmado por Irán en 2015 con Estados Unidos, Francia, el Reino Unido, Rusia, China, Alemania y la UE, obligaba a Teherán a no enriquecer uranio por encima del 3,67% de pureza, suficiente para producir electricidad pero no para fabricar armas nucleares. Irán se avino a deshacerse del 97% del uranio enriquecido que tenía almacenado y a acumular un máximo de 200 kilos de ese mineral. Aceptó a su vez someterse a un duro régimen de inspecciones del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), a cambio del progresivo levantamiento de las sanciones internacionales.
Lo que se conoce sobre lo que se discutirá en el periodo de negociación entre Irán y Estados Unidos de 60 días que empezará el viernes, tras la firma del pacto preliminar en Ginebra (Suiza), parece similar a lo recogido en el JCPOA. Washington pretende que Teherán no enriquezca uranio durante un período de 20 años, mientras que Irán reduce ese lapso a un lustro. La República Islámica lleva sin enriquecer ese mineral desde los 12 días de bombardeos de Israel y Estados Unidos contra sus instalaciones nucleares de junio de 2025.
Washington aspira también a que Irán entregue los 440 kilogramos de uranio altamente enriquecido (al 60%, cerca del 90% necesario para las armas atómicas) que el país asiático atesora, pero Teherán acepta solo diluirlo para rebajar su pureza. También se prevé el retorno a Irán de los inspectores internacionales.
A cambio, ambas partes discutirán el alivio de las sanciones y la entrega a la República Islámica de una cifra aún por precisar —se cree que una primera partida podría consistir en unos 12.000 millones de dólares (más de 10.000 millones de euros)— de fondos iraníes congelados en el extranjero. Ese dinero y el levantamiento de algunas medidas de castigo puede constituir un salvavidas para un régimen que antes de la guerra estaba en horas bajísimas. No solo por los miles de muertos en la represión de las protestas de enero, también por la pésima situación económica que desató inicialmente las manifestaciones. Esos fondos le darán margen para mejorar algo la economía nacional y disminuir el descontento, sobre todo si van acompañados del plan de reconstrucción millonario que quiere obtener Irán.
Para estampar su rúbrica en el texto preliminar, Teherán se ha negado además a aceptar lo que era uno de los principales reproches de Trump al anterior pacto. Iran ni siquiera ha aceptado discutir la renuncia a sus misiles ni el cese de su apoyo a sus aliados no estatales (Hezbolá, Hamás, las milicias chiíes en Irak y los Huthíes) en la región.
Un acuerdo frágil
Por un lado, las supuestas garantías de que la República Islámica no fabricará armas nucleares, que debería recoger el acuerdo definitivo que se discutirá en las próximas semanas, no parecen más sólidas que las rubricadas en el acuerdo de 2015. Por otro, el contexto político ha cambiado totalmente.
Teherán siempre ha mantenido que su programa nuclear tenía usos pacíficos. En 2003, su líder supremo, Alí Jameneí, emitió una fatua (edicto religioso) prohibiendo las armas atómicas. A Jameneí se le consideraba un freno a los halcones de la República Islámica que aspiraban a fabricar ese tipo de armamento, pero, aun así, Estados Unidos e Israel lo mataron en un bombardeo el 28 de febrero, el día que empezó la guerra. Ese magnicidio precipitó el ascenso de su hijo al liderazgo supremo.
A Mojtaba Jameneí se le considera un exponente de una nueva generación de líderes, afines o directamente surgidos de las filas del ala dura del poderoso ejército paralelo de la Guardia Revolucionaria. La guerra y la destrucción provocada por más de 17.000 ataques israelíes y estadounidenses refuerzan el discurso de esos halcones iraníes que creen que la única forma de defender su país y restablecer la disuasión es con armas atómicas. La enorme desconfianza que la República Islámica demostraba en 2015 hacia Occidente y, especialmente, hacia Estados Unidos es ahora abismal. Más aún hacia Trump, de quien saben que puede abandonar cualquier pacto o atacar de nuevo Irán, al albur de su carácter veleidoso.
Fuente: El País