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Trasmoz, el pueblo al que la Iglesia excomulgó y ningún Papa le ha levantado el castigo aún | ABC

Corría el siglo XIII cuando la localidad aragonesa fue expulsada de la Iglesia católica. Desde entonces ha habido casi un centenar de Papas, pero ninguno ha accedido a levantarle el castigo a este pueblo en cuya historia se mezclan la realidad y la leyenda

Vista de Trasmoz, de su castillo y del Moncayo nevado

Vista de Trasmoz, de su castillo y del Moncayo nevado ABC

Javier Navarro-Chueca / ABC

Un enclave único en Aragón, marcado por un anatema medieval nunca revocado, un castillo fronterizo, brujas, falsificadores y un secuestro que lo devolvió a la actualidad. Hoy su patrimonio interpela directamente a las instituciones en un tiempo en que la despoblación y la memoria se han convertido en terreno de disputa política. En las faldas del Moncayo, donde el viento no sopla, sino que sentencia, se alza Trasmoz: un pueblo diminuto que ha hecho de su historia un territorio fronterizo entre lo real y lo legendario.

Excomulgado desde la Edad Media, escenario de falsificadores, secuestros y resistencias, este pequeño municipio es un enclave que obliga a mirar de frente a la fragilidad de su patrimonio rural y a la responsabilidad –o la desidia– de quienes deberían protegerlo. Llegar hasta allí es, además, entrar en un espacio donde la realidad parece aceptar sin resistencia la compañía de la fábula.

El Moncayo, siempre vigilante, proyecta una sombra que no intimida, sino que convoca. El cierzo, que en otros lugares es solo viento, aquí arrastra murmullos de siglos. Las calles estrechas, la piedra áspera, el silencio que se instala entre casa y casa: todo parece dispuesto para que el visitante entienda que este pueblo no se explica solo con fechas, sino con atmósferas. Trasmoz no es un decorado medieval, es un territorio donde la historia ha decidido quedarse a vivir.Noticia Relacionada

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Javier Navarro-Chueca

La excomunión de Trasmoz no es un capricho folclórico ni una licencia turística: es un hecho documentado que hunde sus raíces en los conflictos medievales que se produjeron entre el señorío laico del pueblo y el poderoso monasterio cisterciense de Veruela. Un enclave secular en medio de un territorio eclesiástico, que se enmarca asimismo en una región como Aragón donde la Iglesia dominaba por completo todas las tierras, las rentas y las conciencias de sus habitantes.

Excomunión

El enfrentamiento por los recursos –maderas, aguas y pastos– derivó en un choque de autoridad. El Monasterio de Veruela recurrió entonces al arma más temida: la excomunión. Años después, el abad reforzó el anatema con un ritual solemne: campanas al revés, maldición pública, condena perpetua. Nunca fue revocada. No porque Roma se negara ni porque el castigo fuera irreversible, sino por algo mucho más simple: nadie lo pidió. Ni los señores del castillo, ni los vecinos ni las autoridades posteriores movieron un dedo y todo siguió igual, sedimentado en los archivos, convertido con el tiempo en una rareza histórica.

La excomunión de convirtió en un sello, una marca propia de Trasmoz

Lejos de hundir al pueblo, terminó por convertirse en uno de sus rasgos identitarios más singulares. Trasmoz aprendió a vivir fuera del amparo de la Iglesia. Lo que en su día fue un castigo severo hoy funciona casi como un sello de autenticidad, una marca que lo distingue del resto de Aragón. Igual que Borja acabó abrazando su ‘Ecce Homo’ como seña de identidad inesperada, este pueblo ha hecho de su excomunión un elemento definitorio: una mezcla de orgullo, ironía y resistencia que nadie se tomó la molestia de borrar.

En este rincón aislado y azotado por un viento que parece hablar en lenguas antiguas, las brujas encontraron un terreno fértil en el imaginario popular. Entre todas ellas destaca la figura de la Tía Casca, considerada la última que vivió en Aragón, según una leyenda del siglo XIX. Sabía de hierbas, de ungüentos y de palabras que curaban o maldecían. En tiempos donde la frontera entre la medicina popular y la hechicería era tenue, su figura encarnó el miedo colectivo a lo inexplicable.

Ejecución

Se cuenta que murió arrojada a un barranco por sus propios vecinos, pero su memoria sobrevivió: hoy es símbolo de sabiduría ancestral y de la violencia ejercida contra quienes viven al margen de la norma. En Trasmoz, las brujas no son un recuerdo vergonzante, sino un espejo incómodo que devuelve la imagen de una sociedad que castigó lo que no comprendía. Sin embargo, no debemos confundirnos, porque este municipio no vive únicamente de leyendas, sino gracias a sus vecinos.

La Feria de la Brujería atrae cada verano a miles de visitantes

Un pequeño grupo de habitantes y trasmoceros de la diáspora trabaja durante todo el año para mantener vivas las tradiciones del pueblo mediante actividades culturales y festivas que han devuelto al municipio una vitalidad inesperada. La Feria de la Brujería atrae cada verano a miles de visitantes. En ella se elige a la Bruja de Honor, un título que ha recaído en figuras como la actriz Luisa Gavasa, la cantante Carmen París o la periodista Lorena García Díez, en una ceremonia en la que se mezclan el humor, la reivindicación y la memoria.

Cada otoño, además, la Noche de las Ánimas ilumina las calles con cientos de calabazas cultivadas y vaciadas por los propios vecinos, una fiesta hispana ancestral que viajó a América, donde se transformó en el Día de los Muertos, antes de que la cultura estadounidense la reinterpretara en clave comercial. En Trasmoz, sin embargo, conserva su esencia: un diálogo íntimo con los difuntos y con la continuidad de una comunidad que se niega a desaparecer. Quizá por eso fue aquí donde Gustavo Adolfo Bécquer, al que se dedica una calle, encontró la materia prima para algunas de sus leyendas más inquietantes.

Imagen principal - El culto a las brujas es un distintivo de Trasmoz, como se puede ver en estas imágenes de los vecinos y del Museo de la Brujería
El culto a las brujas es un distintivo de Trasmoz, como se puede ver en estas imágenes de los vecinos y del Museo de la Brujería FABIÁN SIMÓN

Falsificación

En el siglo XVI, el castillo de Trasmoz fue escenario de un episodio que vuelve a mezclar la historia con la literatura. La tradición sostiene que un grupo de hombres instaló allí una ceca clandestina en la que fabricaban monedas de plata falsas con notable pericia. El ruido del metal y el resplandor del fuego se atribuían a los aquelarres de las brujas y las correas de la maquinaria con Lucifer, encarnado en un gran macho cabrío. Aquella fue la coartada perfecta para ocultar un delito que podía costarles a los malhechores la vida, pero no por mucho tiempo. Al final, el fraude fue descubierto y los falsificadores, detenidos, trasladados a Tarazona y ejecutados públicamente. El episodio reforzó la fama del pueblo como un lugar rebelde, dispuesto a vivir en los márgenes de lo permitido.

Manuel Jalón, inventor de la fregona, compró el castillo para restaurar su torre

El castillo, que domina el pueblo desde lo alto, parece más antiguo que la propia piedra. La leyenda asegura que fue construido por los mulsumanes en una sola noche. La historia real es menos fantástica, pero igual de fascinante: la fortaleza fue un punto estratégico en la frontera entre reinos cristianos y árabes. En 1988, cuando ya era una ruina, su destino cambió gracias a Manuel Jalóninventor de la fregona y de la jeringuilla desechable, que lo compró para restaurar su torre y permitió que un equipo de arqueólogos dirigidos por José Luis Corral recuperaran su historia material. A pesar de todo, hoy necesita una intervención urgente para evitar que sus murallas cedan al tiempo.

ETA secuestró al padre de Julio Iglesias y lo retuvo en una casa que había pertenecido al tío Zenón

Seis años antes de la compra del castillo, el pueblo vivió otro episodio singular que nada tiene que ver con las brujas ni los falsificadores, sino con el terrible legado de ETA. En las navidades de 1981, la banda terrorista secuestró al doctor José Iglesias Puga, más conocido como ‘Papuchi’, el padre de Julio Iglesias. El comando que lo capturó en aquel año terrible en el que fueron asesinados en diferentes atentados 32 personas, lo retuvo en una casa que había pertenecido al tío Zenón, alcalde sempiterno de la época franquista. Se trataba de una vivienda situada en la plaza, a la vista de todos.

La Policía creía que habían sido delincuentes comunes, ya que ETA nunca había secuestrado a alguien que no estuviera vinculado con la política. Fue liberado el 19 de enero del año siguiente por un equipo integrado por policías y guardias civiles, a cuyo frente se encontraba uno de los mandos de la lucha antiterrorista: Domingo Martorell. Aquel terrible suceso provocó que su hijo pagara a un equipo de seguridad para protegerlo, del cual se encargó el mismo Martorell. Una nueva mueca en el insólito legado que deja Trasmoz.

Fuente: https://www.abc.es/historia/maldicion-trasmoz-excomunion-leyenda-20260113043855-nt.html

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