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Sati: las viudas que se lanzaban a la hoguera | Historia NG

Los gobernantes británicos y los reformadores hindúes pugnaron por abolir la cruel costumbre de la sati.

Una viuda se dirige a la pira de su marido en una miniatura india de finales del siglo XVIII. Biblioteca Británica, Londres. Album

Rosa Gutiérrez Sastre / Historia National Geographic

En agosto de 1794, cerca de Calcuta, el misionero inglés William Carey asistió a una escena que lo marcaría profundamente: una viuda se inmolaba en la pira funeraria de su marido. Más tarde escribiría en su diario que, angustiado, había advertido a los presentes «de la maldad y necedad de la idolatría». Carey había presenciado una sati.

La palabra sati significa en sánscrito «mujer virtuosa», y con el tiempo pasó a designar el ritual por el cual una viuda se inmolaba en la pira de su esposo. La ceremonia obedecía a un ritual preciso.

Shiva
Shiva se lleva el cuerpo de Sati. Ilustración del siglo XIX.Album

La viuda se ataviaba con sus mejores galas (a menudo el mismo sari rojo de su boda) y, llevando hojas de betel y flores, recorría las calles al son de los tambores en una procesión formada por familiares, sacerdotes y multitud de curiosos. Al llegar al lugar de la cremación, rodeaba la pira –que se encendía con sándalo y manteca clarificada– tres veces antes de subir a ella. A veces, los familiares la ayudaban; en otras ocasiones, la empujaban.  

Práctica minoritaria

Aunque existen referencias antiguas, durante siglos la sati fue una práctica minoritaria y localizada, registrada sobre todo en Bengala y el norte de la India, vinculada a élites guerreras como los kshatriya o rajputs. La historiadora Vidya Dehejia ha señalado que la sati no formaba parte del núcleo antiguo del hinduismo, la religión ancestral de la India, sino que comenzó a consolidarse a partir del siglo VII como un distintivo de prestigio entre las aristocracias militares. Con el tiempo, otros grupos la imitaron para reforzar su posición social. Su presencia nunca fue constante: decayó en el siglo XVII y resurgió
en el XVIII en la Bengala, la región en la que primero se asentó el dominio británico sobre la India.

En 1818, un grupo de hindúes ortodoxos presentó una petición a las autoridades británicas para que la sati fuera reconocida como un acto religioso protegido. En respuesta, Brahmo Samaj, un grupo que propugnaba la reforma del hinduismo y que estaba liderado por Ram Mohan Roy, quien había perdido a una cuñada en una pira, redactó una contrapetición sosteniendo que las escrituras sagradas no imponían tal práctica. Para los británicos, que gobernaban con la pretensión de respetar las tradiciones locales, la cuestión era decisiva: si la sati constituía un mandato religioso auténtico, debían tolerarla; si no, podían prohibirla.

Improntas de manos
Improntas de manos de esposas de marajás de Jodhpur que murieron en la sati.Album

La controversia se transformó en una guerra de interpretaciones. En 1820, Ram Mohan Roy plasmó su oposición en un debate imaginario en el que un defensor de la práctica, al explicar cómo se propiciaba que las viudas aceptaran la muerte, dejaba al descubierto la violencia que sostenía la tradición:«Las instruimos desde temprana edad en la idea de la concremación, ofreciéndoles disfrutes celestiales […]. Pero para eliminar cualquier posibilidad de que intenten escapar del fuego, las atamos a la pira con cuerdas». 

La controversia fue mucho más allá de la legitimidad de la sati. Al decidir qué textos eran canónicos, las autoridades británicas no se limitaban a regular una costumbre: estaban fijando una interpretación oficial del hinduismo. Se tendió a otorgar mayor autoridad a las escrituras más antiguas, como si la antigüedad garantizara autenticidad, construyendo la imagen de un pasado hindú idealizado.

La prohibición

En este intercambio de interpretaciones, las mujeres apenas aparecían. Mientras los hombres deliberaban sobre manuscritos, la realidad de las mujeres que quedaban viudas estaba determinada por la pobreza, el aislamiento y la amenaza de la deshonra. Sus familiares tenían además una motivación material para empujarlas al suicidio. Según el derecho tradicional hindú, la viuda no era una heredera con plenos derechos, sino una propietaria vitalicia: mientras viviera, la familia debía mantenerla, pero no podía disponer libremente de los bienes del difunto. Su muerte, en cambio, los liberaba. La viuda no era solo una carga; era un obstáculo. 

Los familiares debían mantener a la viuda, por lo que la muerte de esta los liberaba de una carga 

Finalmente, el 4 de diciembre de 1829, lord William Bentinck promulgó el Reglamento XVII de la Presidencia de Bengala, en el que se declaraba la sati ilegal y punible. Quienes participaran en la quema de una viuda serían juzgados por homicidio. La medida se extendió a otros territorios de la India británica y en 1832 fue ratificada en Londres por el Consejo Privado, la institución que actuaba como tribunal supremo en los asuntos indios. 

La prohibición no se mantuvo siempre con firmeza, en particular tras la gran rebelión india de 1857. Aunque esta revuelta fue sofocada con extrema violencia, dejó una profunda huella en la administración colonial, que adoptó una actitud más cautelosa hacia la sensibilidad religiosa de las élites hindúes. 

Sati
Una sati recreada por James Atkinson, con la viuda junto al cadáver de su esposo.Album

Así, el nuevo Código Penal de la India, elaborado por Thomas Macaulay y promulgado en 1860, introdujo matices que, en la práctica, atenuaban la severidad inicial contra los implicados en una sati si podía alegarse consentimiento por parte de la viuda. La política imperial oscilaba entre la proclamación moral y el cálculo pragmático.

La hoguera quedó prohibida por decreto, pero la práctica no desapareció del todo. Aunque menos frecuentes, siguieron produciéndose satis de forma esporádica, especialmente entre las castas superiores del norte de la India. En 1913, en Uttar Pradesh, seis hombres fueron juzgados por un caso de sati; los defendía el abogado Motilal Nehru, y aunque alegaron que la pira se había encendido milagrosamente, el tribunal los condenó por instigación al suicidio.

Memorial
Memorial erigido en recuerdo de mujeres que habían practicado la sati en el estado indio de Rajastán.Album

Una amenaza actual

Casi siglo y medio después de la ley de Bentinck el debate volvió a encenderse con fuerza en septiembre de 1987, cuando Roop Kanwar, una joven de 18 años, fue inmolada en la pira de su esposo en Deorala, en el estado de Rajastán. Grupos nacionalistas hindúes glorificaron la muerte de la joven como un ejemplo sublime de «tradición». Sin embargo, esta vez las cámaras y la prensa internacional documentaron lo ocurrido. La conmoción fue tal que el Gobierno de Rajiv Gandhi –tataranieto de aquel Motilal Nehru que había defendido a los acusados en 1913– promulgó la Ley de Prevención de la Sati, que por fin penalizaba también la glorificación de la práctica

Sin embargo, en octubre de 2024, un tribunal de Jaipur absolvió a los últimos ocho acusados en aquel caso por falta de pruebas, demostrando que en la India actual la resolución de estos casos sigue siendo esquiva. La violencia que sostenía la tradición volvió a quedar, una vez más, atada al silencio. 

Para saber más

Ensayo

Historia de la India

Barbara y Thomas Metcalf.

Akal, 2014.

Ensayo

La sociedad de castas: religión y política en la India

Agustín Pániker.

Kairós, 2015.

Este artículo pertenece al número 272 de la revista Historia National Geographic.

Fuente: https://historia.nationalgeographic.com.es/edicion-impresa/articulos/viudas-hoguera-rito-controvertido_26384

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