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Satanás se mete en política | ideas

El trumpismo agita el espantajo del demonio para estigmatizar a sus oponentes. En España, Vox juega a vincular a Sánchez con el diablo. Los discursos apocalípticos ganan fuerza en el debate público

Una mujer, en una manifestación a favor de Donald Trump en Washington en 2020.Caroline Brehman ( CQ-Roll Call, Inc / Getty Images)

Ángel Munárriz / ideas

Sevilla

Mi oponente no solo está equivocado, ni es solo un enemigo. Ni siquiera es únicamente malo. Es algo más, algo peor. ¿Un traidor? Peor. Es un siervo del Anticristo, que lo guía desde las tinieblas. Lo anterior no es palabrería esotérica. Ni fanatismo religioso. Es la síntesis de una narración política en auge dentro del sector más exaltado del republicanismo trumpista que domina Estados Unidos y extiende su influencia por todo el mundo. También por España, donde el líder de Vox, Santiago Abascal, afirma que tendrá que hacer un “exorcismo” en La Moncloa.

Son ecos locales —aún lejanos— de una retórica del cristianismo ultraconservador norteamericano que vislumbra la presencia de Satanás en cada adversario. Y no de un Satán simbólico, sino de un Satán de carne roja y ardiente. “En EE UU, para millones de cristianos, el diablo no es una abstracción. Es un ser con rabo y cuernos, una amenaza real. Su uso para infundir miedo por parte del trumpismo, mezclado con teorías de la conspiración y alimentado por la polarización, está en auge”, señala Javier Cavanilles, autor de Satanismo. Historia del culto al mal(Almuzara, 2024).

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La asimilación del rival con el Mal infernal es un viejo recurso en la política estadounidense, con una historia reciente que abarca desde el macartismo hasta las teorías de la conspiración QAnon y Pizzagate, en las que la alianza del diablo con toda suerte de antipatriotas de oscuro pelaje desempeñan un papel crucial. “Los evangélicos conservadores llevan mucho tiempo hablando de la obra del diablo” para estigmatizar a sus oponentes, explica la historiadora estadounidense Kristin Du Mez, autora de Jesús y John Wayne(Capitán Swing, 2022). La diferencia ahora es que, con Donald Trump en el apogeo de su poder, el uso político del Anticristo se integra en un discurso más excluyente erigido en “corriente dominante” del republicanismo en el poder, que además de satanizar a los rivales endiosa a Trump. Coincide la experta en sociología religiosa Nancy T. Ammerman, también estadounidense, que destaca cómo el cristianismo “sectario” se ha instalado en los “despachos del Gobierno”. Ahí, en un creciente maniqueísmo que presenta la política como una prolongación de la lucha entre el bien y el mal, es donde hay que inscribir la obsesión trumpista por el diablo.

Contra el “partido de Satán”

Ya antes del regreso de Trump, distintas voces del variopinto movimiento MAGA habían mostrado su propensión a agitar el espantajo de Satanás, que lo mismo era citado como inspirador de un estrecho colaborador de Hillary Clinton que como aglutinador de las élites que compadrearon con el pederasta Jeffrey Epstein. Así que no es raro que, poco antes de la segunda victoria de Trump, una encuesta del Instituto de Investigación sobre Religión Pública detectara que casi una quinta parte de los estadounidenses pensaban que los adoradores de Satán controlan los gobiernos, los medios y la banca.

Es poco probable que creencias de este tipo hayan disminuido. Desde su vuelta a la Casa Blanca, Trump se ha dedicado a abonar esta fijación. Lo ha hecho en persona, refiriéndose a los demócratas como “el partido de Satán”. Pero también con el nombramiento de Paula White, que proclama que la misión de Trump es enfrentarse a toda una “confederación demoníaca”, como directora de su Oficina de la Fe.

White, la mujer de rojo en la icónica imagen de los pastores rezando en torno al presidente en el Despacho Oval, la misma que lo compara con Jesucristo, es solo una de las voces que salpican el discurso trumpista de referencias apocalípticas a la lucha entre la luz y la oscuridad, el cielo y el infierno. Si los medios y canales del movimiento MAGA han jugado a excitar las fantasías de sus seguidores con todo tipo de especulaciones sobre el llamado “portátil de infierno” de un hijo de Joe Biden, el asesinato de Charlie Kirk adquirió en el imaginario trumpista el carácter de obra diabólica.

En uno de los círculos más poderosos en torno a Trump, el de los tecnomillonarios, Peter Thiel también tiene la idea del diablo entre ceja y ceja. Mentor del vicepresidente, J. D. Vance, Thiel lleva tiempo haciendo hueco en su agenda de presidente de Palantir, una empresa de vigilancia esencial para la CIA y el Pentágono, para compartir con selectas audiencias sus profecías sobre el Anticristo. En su caso, habla de un demonio más conceptual, una especie de fuerza globalista y woke que empuja al mundo hacia un apocalipsis del que solo los cerebros visionarios —él y algún otro, por supuesto— pueden salvarlo. No va en broma. Tras San Francisco y Tokio, acaba de llevar sus filosofadas al filo de la herejía a la mismísima Roma. Du Mez no ve solo fanatismo en este empeño. Ve ambición: “Para Thiel, el Anticristo es cualquiera que interfiera en el creciente alcance de la tecnología”.

“Buenos y malos españoles”

Satán no solo pasea por la política estadounidense. En El Salvador, el presidente, Nayib Bukele, atribuye obediencia satánica a las pandillas . El bolsonarismo presenta a la izquierda brasileña como una fuerza infernal. En uno de sus arranques más disparatados, Javier Milei —antes de ser presidente— afirmó que el papa Francisco era “el representante del Maligno en la Tierra”.

¿Y en España? Empieza a no ser raro que Abascal meta al diablo en sus invectivas. Sin el dramatismo religioso yanqui, juega con la idea del exorcismo de La Moncloa y dice que habrá que echar “agua bendita” en el Palacio de Congresos de Plasencia tras un mitin de Pedro Sánchez, al que acusa de apoyar el “terrorismo satánico” en Oriente Próximo. El nombre del demonio también ha aparecido en las movilizaciones más extravagantes ante la sede del PSOE, en Ferraz, y se integra en las enrevesadas narraciones del submundo conspiranoico. “Vox es la punta de lanza en España de esa forma de hacer política demonizando al adversario —señala Cavanilles—. Pero es complicado que aquí penetre tanto como en EE UU, donde la lectura de la Biblia es más literalista, donde está arraigada la creencia en el Armagedón, el Apocalipsis y la segunda venida de Cristo para combatir al Anticristo”.

El historiador Alejandro Quiroga explica que en España la demonización del adversario no se sirve tanto de la figura de Satán como de la confrontación entre la “España verdadera” —la católica y conservadora— y la “anti-España”. Para el director del máster Nacionalismo e Identidades Nacionales de la Complutense, la idea de “las dos ciudades de San Agustín”, una de la luz, otra de la oscuridad, sigue en el sustrato discursivo de la derecha, por ejemplo, cuando Vox distingue entre “buenos y malos españoles”, pero también cuando Isabel Díaz Ayuso escribe en X “líbranos del mal” en referencia a Sánchez. “Quizás en España es más difícil convencer a alguien de que el diablo está detrás del adversario político, pero eso no significa que no sea posible deshumanizarlo usando recursos anclados en narraciones religiosas sobre el bien y el mal”.

Fuente: https://elpais.com/ideas/2026-05-08/satanas-se-mete-en-politica.html

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