Amenazado por la demencia, el escritor logra un raro milagro en ‘La pregunta 7’, un libro híbrido que se erige en una reflexión moral, política y existencial que trasciende la mera literatura

Andrés Seoane / La Lectura
A principios de 2022, al escritor Richard Flanagan (Longford, Australia, 1961) le diagnosticaron una demencia precoz durante una visita rutinaria al médico. Asustado e impotente, ese miedo a perder la cabeza no sólo cambió su vida, también su literatura. «Me dijeron que tenía unos 12 meses para poner mis asuntos en orden y luego, se acabó, mi cerebro iría desapareciendo», explica con cierta ironía desde la pantalla de su casa en Tasmania, donde comienza a caer la noche. «Cuando me senté a escribir, pensé que este sería mi último libro, así que me puse a hacerlo con prisa, porque necesitaba contar muchas cosas que siempre había querido narrar. Además, sabía que debía ser breve, por lo que tuve que confiar en el lector, en su capacidad para ir hilando las muchas historias que cuento. Pensé: ‘el lector verá las conexiones y llegará a una comprensión que hará que valga la pena leer’», recuerda.
En efecto, es complicado explicar un libro que incluye multitud de vivencias personales de su infancia y juventud en Australia, la cruda y destructiva colonización del país, la historia de su padre, cautivo en un campo de concentración japonés en la Segunda Guerra Mundial -que ya narró en El camino estrecho al norte profundo, ganadora del Premio Booker 2014-, su visita a alguno de sus captores y su reconstrucción del llamado «Tren de la Muerte», la historia de la bomba atómica, desde los lanzamientos de Hiroshima y Nagasaki hasta las teorías del físico Leó Szilárd, pasando por la tormentosa historia de amor entre los escritores Rebecca West y H. G. Wells, cuya novela El mundo liberado se supone que inspiró el uso bélico de la energía nuclear. Así, mezcla imposible de novela histórica, crónica bélica, memorias familiares y alegato ecologista, La pregunta 7 (Libros del Asteroide), mejor libro de no ficción extranjera para La Lectura, es un raro milagro. Un texto híbrido, de prosa tumultuosa y construido en capítulos que se suceden como explosiones de neutrones, que logra erigirse en una reflexión moral, política y existencial que trasciende la mera escritura y demuestra que aún cabe la experimentación justificada en la literatura y que es posible explorar, ir más allá.
«Cuando se lo envié a mi editora, con la que llevo trabajando 30 años, le pregunté si era legible o sólo el fruto de una mente ya decaída, corrompida y arruinada, un signo de colapso cognitivo. Ella simplemente empezó a reír y reír un buen rato, y fue entonces cuando empecé a sospechar que quizás el libro estaba bien«, rememora el escritor con sorna y cierta cara de alivio. «Unas semanas después, cuando volví al neurólogo para la revisión de los 12 meses, me dijeron que mi diagnóstico había sido erróneo, que no tenía demencia. Fue una compleja mezcla de emociones, alivio, ira, esperanza… Pero supongo que debo estar agradecido a esa experiencia que me permitió escribir sobre lo que había deseado escribir muchos años».
PREGUNTA: Su libro entrelaza muchas y muy dispares historias, ¿cuál fue la primera que surgió y cómo fue ir encajando las piezas en esa especie de reacción en cadena?
RESPUESTA: La idea primigenia fue ese pensamiento de que yo sólo existo gracias a la bomba atómica, así que durante años leí mucho sobre el tema, también textos literarios. Y llegué a comprender que siempre se nos cuenta la historia de la bomba atómica como una historia científica lógica: un avance lleva al siguiente, y éste al siguiente… Pero me di cuenta de que había una historia alternativa que comienza con un beso entre dos escritores londinenses en 1911. Y ese beso, como los neutrones que chocan en una cadena nuclear, desencadena un tumulto de acontecimientos que se van enlazando de mil maneras hasta el presente. Una de sus consecuencias es la destrucción de Gaza. Otro es la crisis en la que se encuentra Europa con la agresión rusa. Y una, completamente trivial, es que estemos aquí hablando esta noche. Al pensar en la bomba atómica de esa manera supe que tenía la estructura necesaria para contar la historia, que en ella podía abarcar todos los aspectos que quisiera, desde la historia de mi padre en la guerra hasta mi crecimiento en esta isla tan alejada de gran parte del mundo, con su extraña historia y su entorno singular. Descubrí que todo se comunica y se cuestiona entre sí constantemente.
P: ¿Y qué implicaciones tiene pensar de ese modo, creer que la historia, en general, y cada vida humana, son impredecibles, aleatorias y azarosas?
R: Es una pregunta muy amplia y yo sólo soy un novelista. Escribo porque aún no tengo respuestas. Seguro que hay gente mucho más inteligente que las tendría, pero no lo sé. Aunque sí puedo decirte que cada país tiene sus rarezas. Una de las grandes rarezas de Australia es que, en realidad, somos una civilización ancestral cuya cultura indígena se remonta a hace 60.000 años. Y, sin embargo, dado que el Estado australiano moderno surge de la invasión de los británicos a finales del siglo XVIII, y dado que los australianos no han asimilado en absoluto la violencia de esa invasión, existe una gran deshonestidad sobre nuestro pasado y una negativa a abrirnos a este legado único y extraordinario. He tenido la fortuna de pasar tiempo con pueblos indígenas, a menudo en zonas muy remotas de Australia, y poseen culturas, idiomas, filosofías y cosmologías completamente ajenas y diferentes a las de los europeos. Todo un universo lleno de maravillas.
P: «En Tasmania el tiempo, esa idea occidental de progreso, nunca fue la clave de la historia. El presente, el pasado y el futuro coexisten»
¿Como cuáles, por ejemplo?
R: Ahora llego al meollo del asunto [risas]. Lo que quiero decir es que la cultura de Tasmania no es puramente europea, sino que es algo más. Si bien hubo un violento proceso de colonización, también hubo un proceso de indigenización, y los europeos que vivieron aquí adoptaron muchos de los valores, ideas y mentalidad de los pueblos indígenas. Crecí en un mundo obrero lleno de ideas diferentes sobre la relación de las personas con la tierra, con la familia, entre sí y con el tiempo. Y la clave de esto es que el tiempo, esa idea occidental de progreso, nunca fue la clave de nuestra idea de la historia. Crecí en un mundo donde el tiempo era circular, las cosas regresaban sin cesar, y nada estaba exactamente en el pasado ni en el futuro, sino que entendemos que el pasado, el presente y el futuro existen simultáneamente. Es decir, si hablamos ahora, también hablamos hace mil años y seguiremos hablando de cosas similares dentro de mil más. Y me parece que eso propone una forma completamente diferente de pensar que genera cierta humildad ante un universo infinito pero también es reconfortante sentirse parte de algo tan enorme.
P: Su libro también explora muchas de las crueldades del siglo XX, no sólo la experiencia de su padre, sino el racismo, el colonialismo, el belicismo… Hoy seguimos en la era atómica y sigue habiendo atrocidades, ¿hemos cambiado algo los seres humanos en estos 80 años?
R: Siguiendo con esta idea que explicaba pienso que no, que cuando miras al pasado sólo ves tu propia imagen reflejada, porque no cambiamos. Creo que el problema nace de que muchos de nosotros vivimos una época corta y extraña de la historia en la que hubo paz y progreso material para mucha gente. Y creo que la verdadera crisis de nuestros tiempos no reside en su terrible estado actual, sino en que muchos de nosotros, en particular mi generación, crecimos con la suposición errónea de que este breve momento de paz y calma era inexorable e inevitable, de que duraría eternamente. Y, por supuesto, los asuntos humanos no progresan, al revés, con frecuencia retroceden. El mundo nunca tiene sentido y son el amor y la bondad los que nos permiten anclarnos en él y encontrarle sentido a la vida.
«La verdadera crisis actual viene de que mi generación pensó que la paz de las últimas décadas era inevitable y nunca terminaría»
P: Otro aspecto sobre el que reflexiona en el libro, al hablar, por ejemplo, del genocidio en Tasmania o de los campos de concentración japoneses, es sobre la capacidad de olvido del ser humano. ¿Es ese olvido la única forma de avanzar, como individuos y sociedad, o hay que recordar el pasado para que no se repita?
R: La pregunta es profunda y no es fácil responderla de forma sencilla. Una respuesta fácil es que es importante que no olvidemos el mal que se ha cometido, pero es más complejo. Por ejemplo, si nos dejamos llevar por la idea de victimización, lo que creamos entonces son monstruos. Creamos la idea de que somos más humanos que los agresores y ellos menos humanos que nosotros. Y una vez que tomas ese camino, terminas en lo que hemos visto en Gaza. Así que debemos recordar, pero debemos ser cautelosos con las trampas de la memoria, del culto a la memoria, que puede convertirse en vehículo de un mal tan grande como el que buscamos reconocer. Supongo que lo más importante, lo mejor que podemos hacer, es que cuando vemos el mal en el presente debemos identificarlo y reconocerlo para detenerlo antes de que se convierta en algo que envenene a toda nuestra sociedad. Es decir, debemos estar constantemente alerta ante los peligros del olvido, pero también ante la locura de la memoria.
P: En muchos momentos aparecen sus padres y recuerda muchas cosas de su infancia, ¿Cómo fue recordarlos para este libro y cómo fueron esos años de crecimiento?
R: Fue hermoso, porque al recordarlos me di cuenta de que aunque no eran personas perfectas, ellos serían los primeros en decir que eran normales, que lo eran, sus palabras y sus actos afirmaban constantemente una idea de bondad y amabilidad, una idea de amor. Cuando era más joven, pensaba que su visión del mundo era algo ingenua, pero ellos se negaron a renunciar a estas ideas. Lucharon por ellas y las practicaron. Y en un mundo hostil, el único aspecto de su alma que no renunciaron fue a esta idea del amor. Con el tiempo me di cuenta de que era una forma de magia y de que en realidad la ingenuidad había sido mía. La respuesta que dieron a todo el horror de la historia, a la pobreza, a la experiencia de mi padre en la guerra, fue amor, bondad y amabilidad. Mucha gente es así, pero como estos sentimientos no son la base de una política, una ideología o una religión no hablamos de ellos. Sin embargo, esas ideas son lo mejor de nosotros, y merecen reconocimiento.
Fuente: https://www.elmundo.es/la-lectura/2025/12/31/694a7611e4d4d8fa578b457d.html