Hace tiempo que me encuentro con tenderos rendidos a no ser más que el brazo mecánico que hace que el género y el dinero cambien de manos

Maria Nicolau / El País
Me ha llamado la atención la hogaza más oscura de la hilera de doce. “Pan de cereales”, reza el cartelito, escrito a mano en tiza sobre pizarra. “¿De qué cereales es?”, le pregunto a la dependienta. “De cereales”, me responde. “Ah, vale”, digo. “Y este otro de aquí, ¿de qué cereales es?”, pregunto ahora, señalando el pan redondo y dorado, espolvoreado de copos, de la otra punta. “Este no es de cereales. Es de trigo y espelta”.
Aquí, tengo que pararme a reconocer que me he goloseado. La pregunta de si “¿no son cereales, el trigo y la espelta?” no venía a cuento de nada que no fuese manifestar abiertamente mi estupefacción. “Sí”, ha respondido ella, “pero en el cartel no pone cereales. Si quieres, te dejo leer la etiqueta de la caja y así verás qué lleva”. “Usted no sabe de qué está hecho cada pan, qué llevan, ni en qué se diferencian el uno del otro, ¿no?”, pregunto, como para asegurarme. “No me lo han dicho, pero si quieres te dejo leer la etiqueta. ¿Quieres la etiqueta?”. No quiero la etiqueta. Me llevo el pan oscuro y me marcho.
¿Qué miedo puede darnos la inteligencia artificial?, mascullo para mis adentros, de camino a casa.
La semana pasada, Marido apareció triunfante al mediodía al grito de “¡he traído bistecs para todos!”. Sabe que no suelo comprar ternera, así que, cuando le apetece carne a la plancha, la compra él. “Trae”, dije, riéndome, desde la cocina. Saqué el paquete de carne de la bolsa. Al instante apareció el gato, que sabe que el frufrú del plástico suele anticipar la caída de algo suculento al suelo, para él. Desenvolví el fardo de bistecs. Ante mí, en el mármol, tenía tres retales de carne que, juntos, no daban para una ración escuálida.
— ¿Cuántos bistecs has pedido?
— Tres.
— ¿Y no te han preguntado cómo de grandes, ni para cuánta gente eran?
— No. Pero, ¿hay tres?
— Bueno. Sí.
Hasta el gato, que tiene unos estándares bastante flexibles, al ver el panorama, torció el gesto, visiblemente decepcionado.
Pidió tres bistecs. No carne suficiente como para llenar el plato de tres adultos funcionales. Y la dependienta operó ejecutando con fidelidad extrema el enunciado de alguien que, en este caso, no suele cocinar mucho ni ir a hacer la compra. Alguien que cree que cuando uno va por el mundo pidiendo un bistec recibe automáticamente un bistec de la forma, tamaño y calidad que tiene en mente.
Es probable que a mí no me hubiese pasado. Yo sé que pedir un bistec y recibir el bistec que uno espera es la culminación de un camino empedrado de multitud de pequeñas conversaciones previas al pacto entre un carnicero y su cliente. Una convención privada entre dos. Intransferible. “¿La carne es para hacer a la plancha o la quieres para guisar?”, “espera, no cojas de la pieza del mostrador. Te saco la que tengo en la cámara, que es la que te llevaste el otro día, y te saldrá igual de bien y mejor de precio”. “¿Cuántos sois a comer?”.
Hoy, en el mostrador del pan, me he encontrado con una vendedora que parece esperar ser tratada como a una estantería, un ente que no solo no sabe lo que vende, sino que propone activamente que sea uno mismo quien lo averigüe: “¿quieres leer la etiqueta?”.
En la carnicería, el problema de Marido fue no haber redactado con suficiente precisión su “prompt”, el enunciado de su petición, ante alguien que se limitó a ceñirse a la versión más simple posible de la acción de atender.
En ambos casos un profesional se ha rendido a no ser más que el brazo mecánico que hace que el género y el dinero cambien de manos.
Hace tiempo que ir a comprar se está transformando en jugar al frontón: disparar una pelota contra una pared que no interactúa, más allá de devolvértela tal y como se la has tirado. Va a llegar la IA y no encontrará, tras los mostradores, humanos a los que sustituir.