Mientras la monarquía hispánica alcanzaba la cúspide de su grandeza, en la literatura triunfaba un particular personaje de pillo que vivía de la mendicidad y de toda clase de engaños y artimañas

José Manuel Lucía Megías. Catedrático de Filología Románica. Universidad Complutense de Madrid
Por National Geographic España
Quién no ha utilizado alguna vez la palabra «pícaro» para aludir a una persona que usa el engaño, la astucia y el ingenio para sobrevivir? ¿Y quién no la ha usado otras veces para criticar a quien se aprovecha de estas mismas cualidades para engañar a su empresa, a sus amigos, familiares o a la propia sociedad? Siempre han existido pícaros que, desde su baja condición económica o moral, se salen con la suya utilizando medios al margen o en los límites de la ley, y siempre los habrá mientras haya desigualdades sociales y económicas. Bien podemos decir que los pícaros nacieron junto con el capitalismo y que en el capitalismo han encontrado un lugar propicio para sobrevivir.
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Sin embargo, el pícaro es también una figura específica de la historia de España en los siglos XVI y XVII, una figura que tomó forma en la literatura, como protagonista del género literario que denominamos literatura picaresca. En las muchas novelas del Siglo de Oro en las que aparece como protagonista, el pícaro se presenta casi siempre como un personaje de origen humilde, que vive en la pobreza, amenazado incluso por el hambre, y que emprende una existencia errante que lo lleva por múltiples ciudades en las que generalmente se pone al servicio de diversos amos, aunque también puede dedicarse a la mendicidad o a la pequeña delincuencia. Al término de sus peripecias, el pícaro cuenta su vida en primera persona, con un «yo» en apariencia autobiográfico que se convierte en marca literaria de la picaresca y constituye uno de sus grandes hallazgos.
Fachada imperial
La plaza Mayor de Madrid fue inaugurada por Felipe III en 1620 como nuevo escenario para las fiestas reales, las procesiones o los autos de fe de la Inquisición. Adobe Stock
El Buscón don Pablos, de Francisco de Quevedo (escrito en torno a 1605, aunque fue publicado en 1626), El guitón Honofre de Gregorio González (1604), Marcos de Obregón de Vicente Espinel (1618) o Estebanillo González, de un autor anónimo (1646), son algunas de las novelas en las que mejor se caracteriza la figura del pícaro. Sin embargo, las más emblemáticas son sin duda el Lazarillo de Tormes, de autor anónimo (1554), auténtico iniciador del género, y Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán (1599), la obra que popularizó realmente el término «pícaro» y que produjo numerosas imitaciones, entre las que destaca La pícara Justina de Francisco López de Úbeda (1605).
A mediados del siglo XVI apareció uno de los textos literarios más extraordinarios del Siglo de Oro: La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades. Aunque no hemos conservado ningún ejemplar de la primera edición, su éxito debió de ser inmediato, ya que se conservan ejemplares de cuatro ediciones impresas en 1554 en lugares de la Corona de Castilla tan diversos como Alcalá de Henares, Burgos y Medina del Campo, a las que hay que sumar una reedición en Amberes en un formato menor durante este mismo año.

Lazarillo de Tormes
Lo más curioso y sorprendente para un lector del siglo XVI debió de ser el comienzo del prólogo del Lazarillo, en el que el propio protagonista introducía en primera persona la historia que va a seguir: «Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura nunca oídas ni vistas, vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite». Frente a las aventuras de los caballeros andantes y de sus hermosas damas, que se habían multiplicado hasta la saciedad en miles de libros de caballerías, siempre leídos y copiados; frente a los héroes que llenaban de detalles los libros de historias y las épicas de todas las lenguas, frente a los santos y personas dignas de todo elogio y que han visto transformadas en palabras sus hazañas y los detalles más cotidianos de su vida, el narrador del Lazarillo anunciaba las historias «nunca vistas y oídas» de un simple mendigo y criado que vivió entre Salamanca y Toledo.
«Pues sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue en el río Tormes». De este modo se presenta al principio de la novela su narrador y protagonista, Lazarillo, que en su diminutivo muestra un elemento esencial de su naturaleza: su origen humilde y su pertenencia a los márgenes de la sociedad. Ya en la edad madura, cuando cree hallarse en lo más alto de su «fortuna», Lazarillo cuenta en primera persona sus orígenes y el devenir de su vida, una vida en la que ha necesitado del ingenio, la astucia y el engaño para sobrevivir.
Callejón de Toledo
Nacido «dentro del río Tormes» porque su madre dio a luz en el molino propiedad del padre, Lázaro pierde pronto a su progenitor y ve cómo su madre se amanceba con un «negro» llamado Zaide, probablemente un esclavo africano. La madre se pone luego a servir en un mesón, y es allí donde entrega a su hijo a un ciego para que le sirva de guía. Con él, Lázaro aprende lo que hay que hacer para sobrevivir: «me alumbró y adestró en la carrera de vivir», afirma. Ve cómo el ciego vive de engañar a las mujeres del pueblo, ofreciéndoles ensalmos para tener hijos o para reconciliarse con sus maridos, al tiempo que pide limosnas en las iglesias. Avaro y desconfiado, el ciego habría matado de hambre a Lazarillo si este no hubiera encontrado argucias para robarle comida aprovechándose de su ceguera.

Al final, Lázaro abandona al ciego para irse a Maqueda (no lejos de Toledo) y entrar al servicio de un clérigo que resulta ser tan avaro como el anterior amo. A continuación, se instala en Toledo, donde durante algunos días es criado de un hidalgo orgulloso pero que no tiene dinero ni para comer, hasta el punto de que es Lázaro el que comparte con él el pan y viandas que compra con lo que gana pidiendo limosna.
Lázaro tendrá en Toledo otros amos, como un fraile mercedario –que le da los primeros zapatos de su vida, aunque enseguida los rompe– y un «buldero» que va por los pueblos vendiendo bulas a los inocentes feligreses para la remisión de sus pecados. Luego un capellán lo pone a trabajar como aguador, oficio que, al cabo de cuatro años, le permite ahorrar lo bastante para comprarse un buen vestido y dejar a su amo. Al final. Lázaro se hace pregonero y se casa con la criada del arcipreste de una parroquia de Toledo, sin que le importen los rumores sobre la relación de su esposa con el clérigo. Se conforma con tener «paz en mi casa» y considera que se halla «en mi prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna».
Guzmán de Alfarache
El modelo de pícaro sería el personaje del escritor Mateo Alemán, que en 1599 publicó la primera parte de su obra más conocida: Vida del pícaro Guzmán de Alfarache. Bien se puede decir que el Pícaro, que es el modo como se conocía este texto en su tiempo, fue la obra más vendida (e imitada) por aquellos años. Decenas y decenas de ediciones, casi todas piratas, muestran el éxito de este nuevo personaje, de esta nueva propuesta literaria que fue continuada por el propio Mateo Alemán en 1604 en una segunda parte. A los pocos años ya se habían publicado traducciones al francés, alemán, inglés, italiano e incluso al latín.
En Guzmán de Alfarache de nuevo aparece el yo desde el principio: «El deseo que tenía, curioso lector, de contarte mi vida me daba tanta priesa para engolfarte en ella sin prevenir algunas cosas…». Pero ahora el estilo y la finalidad son otros. No es casual que estemos en la sociedad posterior al concilio de Trento, terminado en 1563.

Con unos orígenes más elevados que los de Lazarillo –su padre es un mercader genovés establecido en Sevilla–, Guzmán, con apenas 12 años, parte en busca de aventuras, adoptando un nuevo nombre como imagen del nuevo hombre en el que se irá convirtiendo a lo largo de las adversidades que sufrirá. «Para no ser conocido no me quise valer del apellido de mi padre; púseme el Guzmán de mi madre y Alfarache de la heredad adonde tuve mi principio. Con esto salí a ver mundo, peregrinando por él, encomendándome a Dios y buenas gentes, en quien hice confianza».
Sevilla, patria de pícaros
Guzmán de Alfarache aseguraba que no cambiaría su vida de pícaro por la mejor que tuvieron sus antepasados
En Madrid, con apenas 14 años y como no lo aceptan como criado, Guzmán decide hacerse pícaro, esto es, holgazanear e intentar ganar dinero con el juego. «Comencé a tratar el oficio de la florida picardía», dice el narrador, añadiendo que «no trocara esta vida de pícaro por la mejor que tuvieron mis pasados». Cuando la situación económica se vuelve muy apurada, Guzmán acepta ejercer humildes oficios, como el de esportillero (cargador) o el de pinche de cocina. De este último trabajo lo despiden cuando se descubre que también se dedica a robar.
Guzmán piensa entonces en hacerse soldado, pero no lo aceptan. En vez de ello marcha a Génova a reclamar la herencia de su padre, pero sus parientes no le hacen caso. Pasa cuatro años en Italia. Durante un tiempo vive como mendigo, para convertirse luego en paje de un cardenal y del embajador francés en Roma. Después viaja por otras ciudades italianas, donde, entre otras peripecias, sufre un robo, es encarcelado y gana un buen dinero haciendo trampas a las cartas. Vuelve así a España con un pequeño capital que le permite hacerse mercader en Madrid, pero enseguida sufre nuevos infortunios. De vuelta a Sevilla, su segunda esposa lo abandona por un capitán de galeras. Él roba a una dama y es arrestado y condenado a galeras. Es entonces cuando decide escribir su vida.

La clave del éxito de este nuevo pícaro es cómo Mateo Alemán, junto a las aventuras del joven que sale en busca de aventuras, inserta toda una serie de cuentos, de enseñanzas propias de la visión católica del mundo –consagrada por el concilio de Trento– para mostrar la corrupción, el engaño y los peligros del dinero en su tiempo. Una verdadera galería de engaños y de delitos que son criticados con todo tipo de argumentos. La visión de la época que se desprende de la obra muestra una sociedad en descomposición, donde se ha dejado atrás toda fraternidad y todo bien: «Todo anda revuelto, todo apriesa, todo marañado. No hallarás hombre con hombre; todos vivimos en asechanza los unos de los otros».

Mendigo, la mejor profesión de un pícaro
Guzmán de Alfarache, el protagonista de la novela de Mateo Alemán, se hace mendigo durante una época de su vida y pone en práctica diversas argucias para obtener limosnas. Pero en una ocasión sus tretas son descubiertas.
En Italia, después de que los parientes de su padre se nieguen a reconocerlo como heredero, Guzmán de Alfarache vaga por varias ciudades, cayendo en un total desvalimiento. En Florencia pasa una noche en el zaguán de la casa de un cardenal, resguardándose del frío con una tabla y «envuelto y revuelto en una gran capa parda, tan llena de remiendos, unos cosidos en otros, que tenía por donde menos tres telas, sin que se pudiera conocer de qué color había sido la primera». Un caballero que va por la mañana a visitar al cardenal se fija en él y le da una espléndida limosna de 13 reales y medio. «Quedé fuera de mí», dice Guzmán, que se da cuenta de lo provechosa que puede ser la vida de mendigo.

El médico descubre el engaño de Guzmán. «[El gobernador] mandó llamar un cirujano que me examinase. Vino y miróme de espacio. A los principios turbélo, que no sabía qué fuese; mas luego se desengañó y le dijo: «Señor, este mozo no tiene más en su pierna que yo en los ojos. Y para que se vea claramente, lo mostraré». Comenzó a desenfardelarme y, desenvolviendo adobos y trapos, me dejó la pierna tan sana, como era verdad que lo estaba».
Mateo Alemán, Guzmán de Alfarache, primera parte, libro II, capítulo 5.
Biblioteca Digital de Andalucía
El falso lisiado
Más tarde, en Gaeta (entre Nápoles y Roma), Guzmán se sienta a pedir limosna en la puerta de una iglesia. Para dar más imagen de pobre se cubre la cara de tiña, consiguiendo así que el gobernador de la ciudad, al ir a misa por la mañana, le dé limosna varios días. Azuzada su codicia, se le ocurre entonces «aderezar» una pierna, vendándola de modo que parezca que sufre una horrible llaga. La treta surte efecto y el gobernador, al reconocerlo, decide llevárselo a su posada para darle un vestido decente.
Sin embargo, Guzmán pronto ve que se ha metido en un lío, pues en la posada el gobernador le mira la cara y le dice: «Con esos colores y frescura de cuerpo, que estás gordo, recio y tieso, ¿cómo tienes así esa pierna? No acuden bien lo uno a lo otro». «No sé, señor, Dios ha sido servido dello», responde. El gobernador manda entonces llamar a un médico para que lo examine, y este enseguida se da cuenta del engaño y deshace las vendas de Guzmán para mostrarlo. El gobernador queda sorprendido, pero, apiadándose de la juventud de Guzmán, en lugar de meterlo en la cárcel hace que le den un jubón y le ordena abandonar la ciudad.

El ingenio del pícaro Guzmán
Durante su estancia en Italia, cuando tenía unos veinte años, Guzmán de Alfarache entró al servicio de un cardenal romano como paje. En una ocasión, tras ser descubierto robando comida a su amo, fue castigado con una docena de azotes que el secretario del cardenal, que le tenía inquina, le administró con particular saña. «En quince días no pude estar sentado», dice Guzmán, que pensó enseguida en una manera de vengarse. En Roma había muchos mosquitos y el secretario estaba harto de que lo picaran. Guzmán le habló entonces de «un remedio de que usábamos en España». Consistía en poner, a la cabecera de la cama, un manojo de perejil mojado en vinagre que atraería a todos los mosquitos y los mataría. El resultado fue que los mosquitos se ensañaron con el secretario: «le sacaban los ojos a tenazadas y le comían las narices. Dábase mil bofetadas para matarlos». La noche siguiente la plaga aumentó hasta desfigurarle el rostro. «El secretario me quiso matar», dice Guzmán, pero el cardenal se echó a reír por la burla.
Para saber más
Textos. Lazarillo de Tormes. Espasa-RAE, Madrid, 2011.
Textos. Guzmán de Alfarache. Mateo Alemán. Espasa-RAE, Madrid, 2012.