Los Periodistas

Opinión | Veinte cosas que a mi edad ya me importan un carajo

ENTREPANES

Hace unos días tuve el honor de ser invitada por alumnos de la Universidad Iberoamericana para conversar sobre una parte de mi vida que ocupó treinta años: dirigir un programa de defensa de los Derechos Humanos de personas dedicadas a la prostitución en Puebla, de 1987 a 2016.

Llegué con la intención de convidarles algunas de mis mejores perlas, esas que sólo se cultivan después de vivir lo suficiente. Y comencé diciéndoles algo que, a estas alturas, se ha convertido en una especie de brújula:

“En el mundo hay dos mundos: el de afuera y el de adentro. Y no hay que confundirlos.

“El mundo de afuera es todo aquello que sucede alrededor de nosotros: personas, noticias, circunstancias, conflictos, opiniones, pérdidas, injusticias, traiciones, rechazos. Cosas que no controlo.

“El mundo de adentro es otra cosa: mis pensamientos, mis emociones, mis interpretaciones, mis decisiones, mis palabras y mis acciones.

“Entre ambos mundos hay una puerta.

“Y esa puerta la gobierno yo.

“El problema comienza cuando dejo que todo lo que ocurre afuera entre directamente a mi mundo interior, sin pasar por esa puerta.

Porque una vez que algo entra, se vuelve mío:

Alguien me rechaza: me duele.

Alguien me miente: me ofende.

Alguien me agrede: me irrita.

Una mala noticia: me aterra.

La opinión negativa de alguien sobre mí: me lastima.

“Y así, sin darme cuenta, termino viviendo desde mí reaccionando a los demás.

Yo aprendí a cuidar esa puerta cuando no había demasiado tiempo para teorizar sobre la vida.

Durante aquellos años hubo ocasiones en que personas del grupo desaparecían. Sabíamos que las habían subido a un automóvil y se las habían llevado por la carretera federal.

Había que buscarlas.

Y algunas veces las encontrábamos.

En el fango.

En una fosa común.

Había que sacarlas de ahí y darles, al menos, un último gesto de dignidad: una sepultura, un nombre, un adiós.

¿Podía yo controlar lo que les había sucedido?

No.

¿Podía controlar la violencia, la injusticia, la crueldad?

No.

Pero podía decidir qué hacer frente a aquello.

Y esa diferencia, aparentemente pequeña, puede cambiar una vida.

Aprendí que cuidar la puerta no significa convertirla en un muro.

Hay momentos para abrirla y encontrarnos con alguien.

Hay momentos para cerrarla y protegernos.

Hay momentos para volver a abrirla y compartir.

Lo importante es recordar que: la llave la tengo yo.

Aquel día, los jóvenes comenzaron a hacer preguntas.

Y llegó una que me hizo reír:

—¿Y los demás?

Les contesté:

—Los demás no existen.

Se rieron.

Yo también.

Pero después les expliqué lo que quería decir.

Claro que los demás existen.

Lo que no existe es el poder que les concedemos para gobernar nuestro mundo interior.

No puedo decidir qué piensa alguien de mí.

Pero sí puedo decidir qué hago con eso.

No puedo impedir que alguien sea injusto.

Pero sí puedo decidir quién quiero ser frente a esa injusticia.

No puedo controlar lo que ocurre afuera.

Pero sí puedo trabajar en lo que ocurre después de que aquello toca mi puerta.

Y quizá por eso, después de tantos años, hay cosas que ya no me interesan.

No porque me haya vuelto indiferente.

Sino porque aprendí a distinguir.

Así que aquí van mis veinte:

A mi edad ya me importa un carajo…:

  1. Que alguien no me quiera.
  2. Que alguien tenga una opinión equivocada sobre mí.
  3. Caerle bien a todo el mundo.
  4. Explicar mis decisiones a quien no quiere entenderlas.
  5. Ganar discusiones que no cambian absolutamente nada.
  6. Demostrar que tengo razón.
  7. Que alguien se vaya de mi vida cuando ya no quiere estar.
  8. Las apariencias.
  9. Las conversaciones en las que sólo se habla de los demás.
  10. Fingir que algo me gusta para pertenecer.
  11. Pedir permiso para ser quien soy.
  12. Tener que encajar en lugares donde para entrar tengo que dejarme afuera.
  13. La necesidad de tener siempre una respuesta.
  14. Las mentiras que otros cuentan sobre mí.
  15. Lo que alguien piense de mi manera de vivir.
  16. El ruido de quienes necesitan que todos pensemos igual.
  17. La culpa por no poder salvar a todo el mundo.
  18. El pasado cuando ya no puedo hacer nada con él.
  19. El miedo a decepcionar a quien esperaba que yo fuera otra persona.
  20. Y, sobre todo, “me importa un carajo dejar de vivir la vida que otros quieren que yo viva, para vivir mi propia vida.”

No es que ya no me importe nada.

Al contrario.

Ahora sé mucho mejor qué sí me importa: mi paz, mi palabra, la gente que amo, lo que considero correcto, seguir aprendiendo, escribir, reírme.

Me importa poder mirar hacia adentro sin encontrar a una extraña.

Me importa Dios.

Me importa la vida.

Y me importa mucho esa puerta.

Porque ahora sé que no tengo que construir un muro entre el mundo y yo.

Porque ya aprendí a abrir y cerrar.

A observar sin absorber.

A escuchar sin obedecer.

A sentir sin entregarme por completo a lo que siento.

A mirar lo que ocurre afuera sin permitir que se convierta en mi mundo interior.

Quizá eso sea crecer: “Aprender a gobernar la puerta.”

Y a estas alturas de mi vida, si alguien se molesta porque decidí cerrarla…

Bueno.

¡Me importa un carajo!

alefonse@hotmail.com


+ OPINIÓN: Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor

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