
Por Alejandra Fonseca
Desde que tengo memoria, sensorial y racional, los animales han sido importantes compañeros de mi vida. Un evento que me pinta de cuerpo entero es cuando de niña, en una ocasión que fuimos en familia de viaje a Veracruz, me dediqué a recolectar en la playa, cangrejos pequeños de mar en una cubetita naranja que mi papá me compró.
A él le gustaba mucho caminar por la playa en traje de baño, descalzo y con gorra para proteger su pelona. Desde entonces fui su fiel compañera y confidente. En esa ocasión me compró esa cubetita naranja y, mientras caminábamos, yo, con cubetita en mano, me dediqué a perseguir los cangrejos que corrían con el ir y venir de las olas, los atrapaba y con cuidado los metía en la cubeta con arena y agua de mar.
Mi papá, siempre mi aliado, cuando le enseñaba uno de “mis animalitos” de concha llamativa, con dulzura, me decía: “¡Muy bonito!” Supongo que él supuso que a los cangrejos los liberaría al caer la noche. Pero no preguntó. Cuando llegó el momento de ir al hotel, yo iba con esos hermosos personajes corriendo de un lado a otro dentro de la cubeta, ¡mis más preciados tesoros! En mi cuarto vio que puse la cubetita en la tina de baño, supongo pensó que, temprano al día siguiente, los llevaría de regreso al mar, es decir, sólo quería que durmieran conmigo. Pero no preguntó. Quizá pensó que sería pasajero, sólo por vacaciones. Pero no preguntó.
Así pasaron tres días seguidos, entrando y saliendo del mar y del hotel con “mis animalitos” en mi cubetita, cambiándoles agua limpia de mar, poniéndoles arena nueva para que se enterraran y cuidando que tuvieran el alimento que me dijeron que comían.
Llegó el día y la hora de regresar a Puebla. Yo me senté muy quietecita en la parte de atrás de la camioneta abrazando mi cubetita, atenta a mis cangrejitos. Al mirarme mi padre, me preguntó por qué llevaba a esos animalitos para Puebla si ellos vivían en el mar y no los podíamos sacar de su hábitat porque morirían; que qué pensaba yo hacer con ellos. Fue entonces que le dije que mi proyecto era hacer un acuario de agua salada en la tina de mi baño, con arena de mar limpia para acondicionar su casa y cuidar que ahí vivieran con sus familias.
Imagino lo que pasó por su mente: “La estuve acompañando tres días completos, mañana, tarde y noche, ella coleccionando sus ‘animalitos’, yo ayudándola, ¡hasta le compré una cubetita! ¡Y nunca pregunté qué iba a hacer con ellos!” Traduzco lo que imagino se dijo a sí mismo después de ese momento: “¡Uta madre! Y ahora, ¿cómo se los quito?”
Nunca se me va a olvidar que, sentada yo fascinada viendo correr a mis cangrejitos, él se acercó. Murmurando me dijo que esos animalitos viven en el mar con agua salada; que les gusta el sol y las olas que van y vienen, que tienen sus familias por lo que, por más que “intentáramos” (se incluyó) hacerles un hábitat parecido, nunca lo podríamos replicar para ellos, sus familias, sus casas y sobre todo su libertad, por lo que no podrían sobrevivir en la tina de la casa por mucho que nos esforzáramos.
Ahí me pidió le diera mi cubetita para que los llevara de regreso al mar. ¡Fue un no rotundo! Entonces en secreto, me invitó a que fuéramos los dos juntos y los dejáramos libres para que yo viera cómo regresaban a sus casas, felices, con sus familias en su hábitat, y lo hicimos.
Mi padre tomó la cubetita naranja y, con la otra mano, a mí. Caminamos juntos hacia el mar. Yo iba feliz sabiendo que estaba entregando mis más preciados tesoros. Cuando inclinamos la cubeta y vi a mis pequeños cangrejos correr hacia la arena mojada y desaparecer entre las olas, sentí algo nuevo: ¡libertad!
Ahí aprendí que amar a un animal es procurar darle lo que necesita para que esté bien, incluso cuando eso implique dejarlo ir. Entendí que el amor consiste en devolverlos donde pertenecen, donde está su salud, su alimento y sobre todo, su libertad.
Algo más profundo: los animales no existen para llenar vacíos emocionales humanos. No son juguetes ni adornos ni caprichos. Mucho menos deben ser compañías de ¡awebo! Tienen su propio mundo, sus necesidades, sus lenguajes y sus familias, aunque no sepamos verlas.
Esta escena definió y dignificó mi vida. Desde entonces cada vez que rescato un animal, que curo un ojito infectado, que alimento un cuerpo abandonado o acompaño a uno en sus últimos días, recuerdo aquella cubetita naranja y la lección brutal y hermosa de mi padre.
Amar a los animales no es romantizar su existencia. Es responsabilizarse de ella porque nosotros, los humanos, podemos participar directamente, ellos solos no pueden. El verdadero amor a los animales en libertad, es: “Quiero que vivas bien, yo lo procuraré”. Y para los domesticados “Quiero que vivas bien, yo lo procuraré, y si me eliges, ofrezco ser tu territorio con presencia y cercanía, enlodarme los zapatos para transformarnos juntos, y abrazar este misterio que respira…”
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