
Por Luis Soriano Peregrina
Hay conceptos que nacen en un ámbito determinado y, con el tiempo, permiten comprender fenómenos que ocurren mucho más allá de su origen. Eso sucede con la expresión “mundanidad espiritual”, utilizada por el Papa Francisco para advertir sobre una desviación particularmente delicada: cuando aquello que debería estar orientado al servicio termina utilizándose para alcanzar poder, reconocimiento, privilegios o bienestar personal.
El Papa Francisco explicó en Evangelii Gaudium que la mundanidad espiritual puede esconderse detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, mientras en realidad se busca la gloria humana y el bienestar personal. La reflexión, aunque tiene un origen religioso, permite plantear una pregunta que también resulta pertinente en el campo de los derechos humanos: ¿qué ocurre cuando una causa legítima deja de estar al servicio de las personas y comienza a servir a quienes hablan en su nombre?
No se trata de cuestionar que una persona cambie de posición, reconozca errores, replantee sus convicciones o decida participar en una causa distinta. Las personas tienen derecho a cambiar y, también, a buscar nuevas oportunidades para contribuir a la vida pública. Lo importante es la honestidad con la que se hace.
Cuando existe una historia que explicar, lo correcto es hablarla con quienes corresponda, asumir las responsabilidades que sean necesarias y demostrar con hechos aquello que se pretende construir hacia adelante. Una nueva causa puede ser legítima, pero no debería convertirse en un escudo para evitar una conversación pendiente.
Esto adquiere especial relevancia cuando hablamos de derechos humanos. Las causas sociales no pertenecen a una persona, a una organización, a un partido ni a una corriente ideológica. Pertenecen, en primer lugar, a las personas que viven las circunstancias que dieron origen a esas causas.
Por eso existe una diferencia profunda entre defender una causa y utilizarla.
Defender los derechos humanos significa colocar en el centro a la persona y su dignidad y no a quien la representa. Una víctima no adquiere dignidad porque alguien la acompañe, la incorpore a un programa social o programa de radio, la lleve a un evento o la coloque frente a una cámara. Su dignidad existe antes de nuestra intervención y permanece después de que termina el discurso.
El problema comienza cuando la causa social se busca capitalizar en favor de un individuo para generar mayor poder político, económico, institucional o se utiliza para limpiarse su imagen. Puede suceder de manera evidente o mucho más sutil. Basta con que la preocupación por la causa termine subordinada a la necesidad de conservar una posición, obtener reconocimiento o construir una determinada imagen pública, o aspirar a un cargo público o privado.
Entonces ocurre algo que deberíamos evitar: la persona deja de ser el centro y se convierte en un medio para alcanzar el objetivo.
La política tampoco está fuera de esta reflexión. Las causas de izquierda, de derecha, progresistas, conservadoras o de cualquier otra corriente pueden defender principios legítimos y, al mismo tiempo, enfrentar la misma tentación de convertirlos en instrumentos de beneficio particular. Ninguna etiqueta ideológica garantiza por sí misma la congruencia entre el discurso y la conducta.
Una causa social conserva su valor cuando puede trascender a quienes temporalmente la representan, aunque existen casos donde las causas terminan secuestradas por liderazgos que ya no son vigentes en esas causas.
La historia de las luchas por la igualdad, la justicia, la libertad y la dignidad humana demuestra que muchas transformaciones importantes surgieron de personas y movimientos que decidieron poner en cuestión privilegios y estructuras que parecían permanentes. El sentido de esas luchas se pierde cuando la causa termina reducida a una identidad, una consigna o una plataforma personal.
Hablar de los pobres no modifica por sí mismo las condiciones de pobreza. Hablar de justicia no transforma automáticamente las instituciones. Hablar de derechos humanos no garantiza que una víctima obtenga justicia. Las palabras importan, pero adquieren verdadero significado cuando producen consecuencias en la vida de las personas.
Por eso, quienes participamos en la defensa de los derechos humanos también tenemos que mirarnos constantemente al espejo y mirarnos a nosotros mismos. No estamos inmunes a aquello que criticamos. También podemos caer en la tentación de preocuparnos más por la imagen de la defensa que por el resultado de la defensa.
Una fotografía puede mostrar acompañamiento y no necesariamente demuestra que una persona haya recuperado un derecho. Un discurso puede expresar solidaridad; no necesariamente resuelve una vulneración. Un cargo puede otorgar capacidad de decisión; no necesariamente implica que esa capacidad se utilice para servir.
La pregunta, entonces, no debería ser quién tiene la mejor bandera, el discurso más convincente o la mayor visibilidad. Debería ser qué sucede con las personas después de nuestra intervención.
Ahí encuentro el verdadero sentido de recuperar la reflexión del Papa Francisco sobre la mundanidad espiritual. No como una acusación dirigida a alguien en particular, sino como una advertencia que puede alcanzar a cualquiera que participe en una causa, especialmente cuando esa causa se relaciona con el poder, el reconocimiento o la representación pública.
Una causa puede comenzar siendo profundamente humana y terminar subordinada a intereses personales si perdemos de vista para qué nació.
En Voz Ciudadana por los Derechos Humanos hemos sostenido que la dignidad debe estar por encima de cualquier interés particular. Eso significa entender que los derechos humanos no son un instrumento para purificar pasados y tampoco son propiedad de quienes temporalmente los defienden.
Son derechos de las personas.
Por eso, si alguien cambia, que cambie. Si alguien reconoce errores, que los reconozca. Si alguien encuentra una nueva causa, que la defienda. Pero que lo haga con honestidad, sin esconder su interés detrás de esa causa y sin utilizar el dolor, las necesidades o la dignidad de otras personas como una forma de resolver asuntos propios.
La causa debe ser más importante que quien la encabeza.
Tal vez ahí se encuentre una de las diferencias fundamentales entre vivir una causa y utilizarla. Cuando la causa se vive, la persona permanece en el centro, incluso cuando nadie está mirando. Cuando la causa se utiliza, tarde o temprano el centro termina desplazándose hacia quien la representa.
Los derechos humanos no necesitan protagonistas. Necesitan personas dispuestas a defender la dignidad ajena, incluso cuando hacerlo no produzca reconocimiento alguno.
Y esa exigencia también empieza por nosotros mismos.
+ OPINIÓN: Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor