
Por Javier Cobos Fernández
Hay economías que se rompen con estruendo. Y hay economías que simplemente dejan de avanzar, casi en silencio, mientras todo parece seguir funcionando. México, en 2026, se parece cada vez más a las segundas.
No hay señales de crisis inmediata: el tipo de cambio no está bajo presión extrema, el sistema financiero no muestra síntomas de estrés severo y la inflación, aunque elevada, no se ha desbordado. Sin embargo, cuando se analizan de manera conjunta tres variables fundamentales —crecimiento económico, finanzas públicas y expectativas hacia adelante— emerge un patrón distinto: uno en el que la estabilidad depende cada vez más de equilibrios delicados.
Este análisis parte de una premisa sencilla: para entender la economía mexicana actual no es necesario observar todo al mismo tiempo, sino concentrarse en tres ejes estructurales y entender cómo el resto de las variables orbitan alrededor de ellos.
El primero es el crecimiento.
México no está en recesión, pero tampoco está creciendo con la fuerza suficiente para sostener su propia estabilidad de largo plazo. Las proyecciones para 2026 rondan entre 1.3% y 1.5%, niveles claramente por debajo de su potencial. Pero el dato relevante no es la cifra puntual, sino su persistencia.
Detrás de este crecimiento limitado se encuentra la variable más importante del sistema: la inversión. La formación bruta de capital fijo ha mostrado caídas relevantes, particularmente en maquinaria y equipo. Esta categoría no es menor: es la que define la capacidad productiva futura. Cuando ahí es donde se concentra la debilidad, el mensaje es claro: el problema no es de corto plazo.
Este punto ha sido objeto de debate público reciente. The Economist calificó a la economía mexicana como “rota”, sugiriendo que el bajo crecimiento es en buena medida consecuencia de factores internos: incertidumbre regulatoria, debilitamiento institucional y menor dinamismo de la inversión. La Secretaría de Hacienda respondió señalando que el análisis es incompleto y no reconoce la resiliencia del consumo ni la estabilidad macroeconómica.
Ambas posturas contienen elementos válidos. México no enfrenta un colapso. Pero tampoco está construyendo crecimiento estructural.
El segundo eje es el fiscal
Los Pre-Criterios de Política Económica 2027 proyectan una deuda pública cercana al 55% del PIB. Este nivel, por sí mismo, no es alarmante en comparación internacional. Sin embargo, su significado cambia completamente cuando se observa en conjunto con el bajo crecimiento.
La relación es directa: una economía que crece poco recauda menos; una recaudación limitada frente a un gasto elevado genera déficit; y el déficit, cuando es persistente, se convierte en deuda.
Lo relevante no es el número absoluto de deuda, sino su trayectoria. Cuando el crecimiento no acompaña, la deuda deja de ser una variable manejable y se convierte en una restricción progresiva.
El tercer eje es el futuro.
La inflación en México se mantiene por encima del objetivo, con una subyacente que no ha cedido completamente. A pesar de ello, el Banco de México ha comenzado a relajar la tasa de referencia, llevándola a 6.75%.
Esta decisión refleja un cambio en la función de la política monetaria. La tasa ya no responde exclusivamente a la inflación, sino al equilibrio general de la economía. En un entorno de bajo crecimiento, mantener una postura demasiado restrictiva implica costos.
Pero esta decisión también tiene implicaciones. Una tasa más baja suaviza el ciclo económico, pero no corrige la falta de inversión. Y en un contexto donde la inflación aún no está completamente controlada, reduce el margen de reacción ante futuros choques.
Cuando se integran estos tres elementos, la dinámica se vuelve evidente: El bajo crecimiento presiona a relajar la política monetaria. La relajación monetaria sostiene el consumo, pero no la inversión. La falta de inversión limita el crecimiento futuro. El crecimiento débil mantiene déficits fiscales, los déficits incrementan la deuda, y la deuda, en ausencia de crecimiento, se vuelve no solamente más pesada, sino prácticamente imposible de servir, lo que se comienza a convertir en un círculo vicioso que se auto alimenta. Y, ¿a dónde para? Creo que The Economist tiene un punto.
El resultado no es una crisis. Es un sistema que empieza a depender de que todo funcione lo suficientemente bien… durante el tiempo suficiente. Y ese tipo de equilibrios rara vez son permanentes.
México no enfrenta hoy un problema de colapso. Enfrenta algo más complejo: una acumulación gradual de tensiones estructurales.
La economía sigue funcionando. Pero cada vez con menos margen de error. Y en economía, cuando el margen se reduce, el tiempo deja de ser un aliado. Se convierte en una variable crítica.
Referencias
Banco de México (2026). Anuncio de política monetaria.
INEGI (2026). INPC marzo 2026.
INEGI (2026). Formación bruta de capital fijo.
SHCP (2026). Pre-Criterios 2027.
The Economist (2026). Mexico’s broken economy.
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