
Por Dr. Fidencio Aguilar Víquez
Quiero plantear de inicio mi tesis sobre el sentido religioso. Es la búsqueda de respuestas razonables a las preguntas fundamentales sobre la existencia de las cosas, de la realidad última, profunda, y de nuestra existencia personal en ese concierto de lo real. Y se va configurando con las respuestas que, a lo largo de la vida, vamos encontrando, asumiendo y viviendo. No sólo es la constatación de nuestra existencia consciente, sino la búsqueda de su significado. Todos poseemos el sentido religioso.
Ahora bien, tal sentido se hace visible en los espíritus inquietos, cuyas características principales son la búsqueda del significado de la realidad y el cuidado de sí en vistas de tal significado. Actualmente esos espíritus conllevan el descubrimiento de nuevas formas de religiosidad, a veces sin forma definida, pero que apuntan a la búsqueda del significado último de la existencia. Incluso, aunque la respuesta fuese negativa, como la que dice un personaje de A. Camus: “los hombres mueren y no son felices”, ahí hay una convicción profunda que implica el sentido religioso: la vida carece de sentido.
¿Quién soy? ¿Para qué soy? ¿Qué sentido tiene mi existencia personal? Son preguntas que interpelan a los hombres y mujeres de todos los tiempos. El primer dato es que me doy cuenta que soy, que tengo ser. Hay aquí dos constataciones: 1) Mi ser (soy, existo); 2) Me doy cuenta de ello. Mi ser me es presente a mí mismo, a mi conciencia. Hay otros seres que también están ahí, son, existen, pero su existencia no les es presente. En el caso de los seres humanos, su ser —al serles presente— adquiere “doble” existencia.
Doble en este sentido: si sólo existieran, como las demás cosas, como la piedra, el vegetal o el animal, su existencia se reduciría a estar ahí, ser parte del concierto de las cosas existentes en el orden natural. Esta sería una existencia no presente: ausente. Pero, al ser conscientes de su existencia, al serles ésta presente a su conciencia, tal presencia es una suerte de existencia auténtica, especial, peculiar: presente; por tanto, existencia verdadera, auténtica, real, en otra dimensión: existencia espiritual.
Se trata, por tanto, de un ser especial, este ser —el humano—, no sólo existe en el concierto de las demás cosas del universo, del mundo y de lo existente, sino que, la presencia de su ser a sí mismo, les impele a interrogarse más allá de su ser: Esta existencia que me es presente a mi conciencia, ¿tiene un sentido, una dirección, un significado? Ser conscientes de la existencia —de nuestro ser— nos lleva a preguntarnos: ¿Tiene sentido esta existencia, este ser que soy yo mismo?
Ahí pasamos del «¿Quién soy?» al «¿para qué soy?» Pasamos de nuestra vida al sentido de nuestra vida, del mero vivir al significado de nuestra existencia peculiar. Mejor dicho, pasamos de la vida ordinaria al significado de nuestra vida. Es cierto que podemos vivir sin plantearnos esas preguntas, a la manera de las cosas y de los demás seres vivos: sin existencia presente. Caminar así, con una existencia ausente, sería como no existir, como no existir realmente, sino a la manera de las cosas. Seríamos zombies.
El sentido religioso tiene que ver con esa conexión entre la existencia y su darse cuenta («¿quién soy?»), entre este darse cuenta con el significado tanto de la existencia como de la conciencia de esa existencia («¿para qué soy?»). En última instancia: «¿Qué significado tiene mi vida, mi existencia?» El sentido religioso es esa búsqueda del significado y la dirección de la existencia en general de todas las cosas, y de la existencia especial —consciente— del ser humano.
¿Tiene sentido la existencia? La vida, ¿tiene significado? Hay diversas respuestas. La búsqueda —podemos decir— está impulsada por el sentido religioso, más aun, ¡es el sentido religioso! Todos buscamos una respuesta; este deseo de conocer, de saber y de alcanzar la respuesta es una dimensión antropológica que todos compartimos. La inquietud por obtener esa respuesta es lo que llamamos «sentido religioso», independientemente de la respuesta. El sentido religioso es el deseo de respuesta(s).
En la historia de la humanidad ha habido cuatro grandes respuestas a la pregunta por el significado de la realidad y de la existencia. En la Antigüedad se tenía la visión de que dicho significado o sentido se encontraba en lo sagrado de las cosas, especialmente de la naturaleza. Ésta estaba llena de presencias —fastas o nefastas—. El mundo era sagrado, espacio y lugar de lo divino. “Todo está lleno de dioses”, exclamó Tales de Mileto. Era la visión de los griegos: el mundo es divino, está lleno de logos, de sentido.
En la tradición judeo-cristiana hay una desacralización del cosmos. El mundo no es divino, sino creación, es criatura. El único ser trascendente es Dios, todo lo demás es creado, contingente, histórico y finito. El ser humano, aunque es todo lo anterior, para el cristianismo, posee un alma inmortal, por lo tanto, trascendente; más aun, por ser imagen y semejanza de Dios, es criatura, sí, pero es hijo de Dios por la redención de Cristo. Dios, aunque es trascendente, está presente en la historia con su Providencia.
La visión moderna cambia enteramente los paradigmas. El mundo no es sagrado —como pensaban los antiguos— ni tampoco está regido por la Providencia divina —como sostenía el cristianismo—, sino funciona por las leyes del cosmos, del universo y de la historia. La ciencia —y la razón a través de ella— permite tanto su conocimiento como su control, no sólo del orden natural, sino del ser humano mismo, la sociedad y de la historia. El paraíso prometido no hay que buscarlo sino aquí y ahora, en la historia.
En ese horizonte abierto por el pensamiento moderno surgía una nueva providencia histórica con dos brazos poderosos, producto del pensamiento y la ciencia humanos: el Estado y el mercado. Ambas instancias le darían a los seres humanos el bienestar, la paz duradera y la felicidad. El progreso era el camino para tales logros. El cielo había caído y era preciso construir la tierra, la historia, al hombre nuevo, a la nueva humanidad. La razón finalmente vencería a la fe. Pero la razón fue vencida por el poder.
En efecto, la razón se sometió al poder, en eso consiste la crisis de la Modernidad y el fracaso de sus grandes ideales (libertad, igualdad y fraternidad). Hubo logros sobre la libertad y la igualdad, pero no sobre la fraternidad: los hombres han dejado de ser hermanos. Por el contrario, se impuso el espíritu de la discordia y de adoración del poder. En el fondo se colapsó la convicción central de la razón: la certeza de la verdad. Pero la verdad —para esta Modernidad— no es sino la dinámica del poder.
El colapso de la razón en el altar del poder dio las pautas para una nueva lectura. El sentido de las cosas no está en ellas mismas —como lo vieron los antiguos— ni en el más allá de la historia y la acción de la Providencia en la historia —como sostiene el cristianismo— ni mucho menos en el dominio de las leyes del cosmos. El individuo está solo ante el todo de la existencia. El cosmos no tiene respuesta a ninguna de sus inquietudes. No hay sentido de la vida sino el que cada quien quiera y pueda darle.
Frente a esa nada de las cosas (nihilismo llano), al ser humano no le queda más que construir sus propios valores; valores que no serán como los principios del pensamiento antiguo ni como los del pensamiento cristiano; ni siquiera como los del pensamiento moderno. Antigüedad, cristianismo y Modernidad no son sino metarrelatos, mitos, que han mostrado su fracaso. Los valores del nihilismo son ocasionales, efímeros, sustituibles. Hay que vivir sabiendo que la vida es fábula.
El sentido religioso es, insistamos, esa búsqueda por el sentido de la existencia. Es la búsqueda de la razón por encontrar significado a todas las cosas, a la realidad y a la propia existencia humana. Esa búsqueda racional es el impulso mismo del sentido religioso. El sentido religioso mueve a la historia y se expresa en la historia —como lo hemos visto en esas cuatro grandes lecturas—. Todos los seres humanos buscamos respuestas a nuestras preguntas. Esa búsqueda y su respuesta son el sentido religioso.
Las respuestas son variadas e incluso una de ellas niega que haya un sentido o significado de la vida y de la existencia. Se trata del nihilismo, esa visión que niega que la vida humana tenga significado y dirección. En tal perspectiva, un ateo o un agnóstico, al buscar respuestas racionales, busca ese re-ligare, esa conexión, esa respuesta a sus preguntas. Y, aunque termine negando que haya un sentido de la vida, expresa nítidamente el sentido religioso. El sentido religioso es universal.
Para los espíritus inquietos, es decir, para aquellos que no han apagado en su mente y en su corazón la llama de las preguntas fundamentales, saben que la respuesta a éstas tiene que existir. Si no hubiera respuesta estaríamos frente a una exigencia absurda de la razón: ¿Por qué hay pregunta y no hay respuesta? Eso sería absurdo. Por el contrario, si hay pregunta y ésta es razonable, debe haber respuesta. Podremos tener dudas de las respuestas, pero sin respuestas, insistimos, las preguntas serían absurdas.
Ahora bien, de las respuestas que hemos considerado, todas tienen su núcleo de verdad, de constatación y/o verificación, al menos en parte; si bien, al compararlas, podríamos señalar cuál es la que más responde a nuestras inquietudes profundas. La Antigüedad nos heredó la capacidad de encontrar huellas de misterio en las cosas mismas. El judeo-cristianismo nos abrió las puertas de la trascendencia espiritual. La Modernidad clarificó el sistema de leyes funcionales. Incluso el nihilismo dio el giro no al sentido sino hacia la vida misma. Sin caer en el sincretismo, hay que valorar.
Yo soy cristiano, pero también valoro el pensamiento antiguo; soy cristiano, pero también moderno (hay que construir la tierra sin dejar de mirar el cielo); soy cristiano y constato que en esta vida “los hombres mueren y no son felices”. Estoy convencido de que Dios mismo se ha hecho carne en Cristo, que es camino, verdad y vida. Incluso, como Dostoievski, “si alguien me demostrara y me convenciera de que Cristo no es la verdad, yo preferiría a Cristo que a la verdad.”
Soy cristiano no por ser perfecto ni por ser coherente —todo lo contrario—, sino porque necesito de esa persona que dijo de sí misma: “no he venido a sanar a los sanos, sino a los enfermos” (Mt 9, 12).
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