Los Periodistas

Opinión | El Farol

No todos los faroles iluminan caminos; algunos esperan, perennemente, a iluminar almas, pero solo a aquellas que se atreven a mirar la luz. —Carlos Álvarez


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Dicen que ese farol llegó cuando la ciudad todavía no sabía que iba a ser ciudad.

A finales del siglo XIX, cuando la electricidad comenzaba a abrirse paso poco a poco, con gran incertidumbre, alguien lo instaló ahí, en medio de un terreno que no era parque, ni fraccionamiento, ni siquiera calle. Era un punto casi rural, una extensión de tierra donde el viento pasaba sin obstáculos y la noche era verdaderamente oscura. El farol no iluminaba casas ni avenidas; iluminaba vacío, oscuridad.

En aquellos años su luz no era constante. Parpadeaba, fallaba, volvía. Era un experimento, un gesto adelantado a su tiempo. Algunos lo miraban con curiosidad; otros lo veían como un capricho innecesario. Muchos negaban aquella nueva invención y seguían confiando en las velas nocturnas. Nadie imaginó que seguiría ahí más de un siglo después.

Y el mundo empezó a moverse alrededor de él sin notarlo, siempre sereno, casi inmutable.

Primero llegaron los caminos de tierra. Luego los cables, las cercas, los árboles plantados con intención. Después las primeras casas, y más tarde las avenidas. El terreno se volvió parque; el parque se volvió parte de un fraccionamiento; el fraccionamiento terminó absorbido por la ciudad. Todo cambió de forma, de nombre, de ritmo, de esencia.

El farol no.

Se mantuvo perenne al tiempo, a la gente, a las noches gélidas y oscuras.

Lo actualizaron una vez, quizá dos. Le cambiaron el sistema eléctrico, reforzaron su base, limpiaron su estructura. Pero nunca lo retiraron. No por reverencia, sino por una mezcla de costumbre y descuido, como quien no cuestiona lo que siempre ha estado ahí. Era más fácil dejarlo que pensarlo. Y así, sin ceremonias, se convirtió en testigo silencioso de generaciones que jamás supieron que él estuvo ahí antes que todo lo demás.

Durante el día pasaba inadvertido.

De noche, su luz cálida contrastaba con los focos blancos modernos, como si perteneciera a otra época que no terminaba de irse.

Y entonces, una buena noche, Claudio se topó con él.

No fue un descubrimiento espectacular; fue un reconocimiento. Claudio no llegó buscando nada en particular. Caminaba como quien ordena pensamientos, con la mente aún haciendo ruido, pero el cuerpo pidiendo calma. Por aquella época atravesaba un periodo personal de incertidumbre, de falta de dirección y propósito. Y ahí estaba el farol, encendido con la misma serenidad con la que lo había hecho décadas atrás, ajeno a las prisas nuevas del mundo.

Claudio se detuvo.

No porque el farol brillara más que otros, sino porque su luz parecía no exigir nada. No iluminaba para mostrar un camino específico ni para deslumbrar; iluminaba para permitir ver sin urgencia. Era una luz que no empujaba hacia adelante ni retenía atrás. Simplemente estaba. Acompañaba.

En ese instante, Claudio entendió algo que no venía en palabras:

que hay presencias que no buscan protagonismo, pero sostienen silencios enteros;
que algunas cosas sobreviven no por resistencia, sino por coherencia;
y que el mundo puede crecer, modernizarse y llenarse de ruido sin lograr apagar del todo aquello que nació con intención sosegada y sin expectativas.

El farol no cambió después de esa noche.

No se volvió mágico, ni habló, ni reveló secretos antiguos. Siguió siendo lo que siempre fue: una estructura de hierro, cables y luz cálida.

Pero para Claudio dejó de ser un objeto.

Se volvió un punto fijo en un mundo que a veces se mueve demasiado rápido. Un recordatorio de que no todo lo que permanece lo hace por olvido; algunas cosas permanecen porque, sin saberlo, sostienen la calma de quienes todavía saben detenerse.

Y así, siempre que Claudio siente la necesidad de orientarse —no como quien busca un rumbo, sino como quien busca centro— vuelve a aquel viejo farol por la noche, cuando su luz cálida susurra mejor que en cualquier otro momento del día, solo a quien está dispuesto a escuchar y, sobre todo, a mirar la luz envuelta en las tinieblas, cara a cara…

Fuente: https://laplumadecharal.substack.com/p/el-farol?r=21dxs4&utm_medium=ios&shareImageVariant=title&triedRedirect=true

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