
Por Luis Soriano Peregrina / Voz Ciudadana
Este 18 de octubre de 2026 se cumplen 507 años de la Matanza de Cholula. Honrar la memoria de sus víctimas nos exige recordar la violencia, pero también mirar con respeto la historia del pueblo que la padeció: una historia antigua, viva y mucho más amplia que aquel episodio.
Cuando hablamos de Cholula, muchas personas piensan en la iglesia sobre la pirámide. Pocas conocen la dimensión de la matanza ocurrida en 1519. Es necesario contarla, pero también decirlo con claridad: Cholula no se define únicamente por la violencia que sufrió.
Los vestigios de ocupación humana en esta región se remontan a más de mil años antes de nuestra era, y el origen de la ciudad se sitúa aproximadamente hacia el año 500 antes de Cristo. Cuando Hernán Cortés llegó, en 1519, Cholula llevaba cerca de dos mil años de historia. Era un centro ceremonial y comercial de gran importancia, con organización, identidad y vida propias. La ciudad no necesitaba ser descubierta para existir: ya tenía raíces profundas y una cultura que había florecido durante siglos.
La matanza comenzó el 18 de octubre de 1519 y la violencia se prolongó varios días. Las crónicas hablan de miles de personas asesinadas, aunque discrepan en las cifras y en la explicación del ataque. Algunas versiones lo justificaron como respuesta a una supuesta emboscada; otras describen la muerte de gobernantes, sacerdotes, cargadores y habitantes, además de saqueos y destrucción de espacios sagrados. No contamos con una cifra definitiva, pero sí con testimonios suficientes para reconocer la magnitud de la tragedia.
La Conquista militar suele ubicarse entre 1519 y 1521. México-Tenochtitlan cayó el 13 de agosto de 1521, pero la imposición del orden colonial continuó después. Para Cholula, 1519 fue una ruptura dolorosa; no fue el principio de su historia. Recordar esta diferencia permite honrar a las víctimas sin reducir a su pueblo al momento en que fue atacado.
Me enorgullece estar vinculado a Cholula porque sus raíces son anteriores a la Conquista y porque su cultura sigue viva. Ese orgullo también nos compromete con su presente. La expansión urbana de Angelópolis y de nuevos fraccionamientos ha transformado el territorio y la vida de las comunidades. Investigaciones sobre San Andrés Cholula han documentado la presión inmobiliaria sobre las tierras, las formas de vida y la identidad comunitaria. Ante ese escenario debemos preguntarnos quién decide el futuro del territorio y cómo se garantiza que la voz de los pueblos originarios sea escuchada.
A veces se habla de una “nueva conquista” para advertir sobre la imposición, el desplazamiento y la idea de que el territorio está disponible para cualquier proyecto. La expresión debe usarse con cuidado: la expansión urbana actual no es equivalente a la matanza de 1519. La comparación señala el peligro de repetir una lógica de dominio cuando se toman decisiones sin escuchar a las comunidades o se debilita el arraigo de quienes han cuidado esta tierra durante generaciones.
Las personas que llegan a vivir a Angelópolis o a los nuevos fraccionamientos son bienvenidas. No se trata de expulsar a nadie ni de enfrentar a unos vecinos con otros. Se trata de reconocer que llegan a una tierra con mucha historia y una cultura que merece ser conocida y respetada. El arraigo también puede construirse: con participación, conocimiento y cuidado del lugar donde ahora se vive.
Por eso los Ayuntamientos de San Pedro y San Andrés Cholula, junto con sus juntas auxiliares y comunidades originarias, deben impulsar una política permanente de enseñanza y encuentro. Las obras de teatro, los libros ilustrados, los pódcast, los recorridos por los barrios y los talleres de memoria oral pueden acercar esa historia a las escuelas, los espacios públicos y los nuevos fraccionamientos. Las personas mayores, cronistas, jóvenes, artistas y habitantes recién llegados pueden participar; las comunidades originarias deben tener un papel central al decidir qué se cuenta y cómo.
La historia no debe aparecer solo en una ceremonia anual. Debe formar parte de la educación, de la vida cotidiana y de las decisiones sobre el futuro de Cholula. Quienes llegan pueden conocer sus raíces, incorporarse a la vida comunitaria y contribuir a cuidar esta tierra.
Este 507 aniversario luctuoso debe recordarnos que Cholula ya era grande antes de la matanza. Me enorgullece estar vinculado a este pueblo milenario. Honrarlo hoy significa recordar a sus víctimas, reconocer sus raíces y construir con quienes llegan una convivencia respetuosa, con cultura, arraigo y orgullo por la tierra cholulteca.
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