Los Periodistas

Opinión | 2025: Continuidad y cambio

Siempre es bueno y sano renovarse, fijarse metas, propósitos, alcanzar anhelos, deseos, sueños. Puede decirse que cada día tenemos esa oportunidad. Si ampliamos el periodo a un año, el cierre de éste y, sobre todo, la apertura del que viene, puede ser la ocasión para replantearse, reconsiderar y volver a comenzar nuestro esfuerzo por ser mejores personas. Deseamos serlo porque en nosotros mismos hay un afán fundamental por llegar a ser eso que somos ya de alguna manera, en potencia.

No es fácil lo anterior, incluso a veces llega a ser una búsqueda desesperada, ansiosa y tensa; o bien, dada la dificultad, también hay una suerte de abdicación que, por supuesto, tampoco es fácil; las dos actitudes las señala muy bien Helmut Thielicke: Por un lado, el desesperado querer ser uno mismo; por otro lado, el desesperado no querer ser uno mismo (1). En efecto, ese deseo fundamental por ser lo que somos es tan fuerte que nos acompaña toda la vida, pero también frecuentemente no nos gusta como somos, o lo que somos de hecho. Por ello, nos encanta volar imaginariamente.

En un breve artículo sobre la paciencia (2), he citado cómo Romano Guardini, plantea esa tensión realista entre lo que de hecho somos y lo que podemos y queremos ser. Para esto último habremos de comenzar una y otra vez nuestro intento por ser aquello que estamos llamados a ser, porque lo somos ya, pero hay que realizarlo en las circunstancias presentes, con realismo y en verdad. El Año Nuevo nos abre ese horizonte de probabilidad. Lo importante es avanzar poco a poco en esa vía.

Es válido, por lo anterior, decir que en buena medida somos lo que queremos ser, lo que deseamos y anhelamos. Por eso cada día nos levantamos —quiero decir, con ese ánimo—, porque soñamos. Pero, para no prescindir de realismo y partir de lo que ahora somos (nuestra circunstancia), es preciso ser conscientes también de lo que hasta el momento presente hemos sido. Somos lo que hemos sido, con todos y cada uno de sus momentos y detalles, desde que comenzamos a existir hasta ahora.

Somos, entonces, lo que deseamos ser y lo que hemos sido, perspectiva y pasado real, lo que aún no es y lo que ha dejado de ser. Es cierto, lo que deseamos ser, todavía no es, carece de realidad; lo que hemos sido ya no es, carece también de realidad. Sin embargo, no caemos en el mero no-ser, pues seguimos siendo, persistiendo, consistiendo. El pasado no deja de ser simplemente, sino que continúa siendo de algún modo, gravitando en el presente, no como fue en su momento, sino significando.

El pasado no puede modificarse, queda tal cual fue en los hechos: en tal sentido es el mundo de lo necesario. Pero la conciencia humana, al hacerlo presente, puede re-significarlo, re-leerlo, re-actualizarlo y darle una nueva dimensión, un nuevo lugar. La conciencia tiene esa capacidad: traer al presente lo que ha dejado de ser para que siga siendo de mejor manera, de mejor forma, más enriquecido. Es posible el engaño, pero vale la pena correr el riesgo si el fin es que permanezca lo valioso de lo acaecido.

Igualmente es posible la ilusión respecto del futuro; una falsa idea de nosotros mismos —que no corresponde a lo que en realidad somos o deseamos ser, o que está fuera del alcance de nuestras capacidades— no haría sino desgastarnos en empeños infructuosos y frustrantes. Es mejor surfear sobre nuestras posibilidades, circunstancias y situaciones. El reconocimiento de lo que somos siempre es una luz para abrir el horizonte de lo que queremos y deseamos ser. El ser siempre es realizable.

La historia —también la personal— siempre es continuidad y cambio. Somos los mismos desde niños hasta la vida adulta, con nuestro temperamento, nuestras tendencias o inclinaciones, nuestra herencia genética, familiar, social y cultural; ahí hay continuidad. Somos, al mismo tiempo, distintos; maduramos, crecemos, nos desarrollamos, cambiamos de mentalidad, de perspectiva, de ideas y de creencias. Afinamos la mirada sobre la vida, el mundo, las cosas y nosotros mismos.

Tanto en la mirada al pasado como en la mirada al futuro podemos seguir una ilusión, una falsa idea o imagen de nosotros mismos, vivir en el engaño, en la irrealidad; la vida, sin embargo, Dios mismo para los creyentes, siempre nos sale al encuentro para recordarnos quiénes somos y a qué estamos llamados. Lo hace a través de los papás y mamás, los hermanos, los amigos, los mentores y las circunstancias presentes. Este es el valor del presente: hacernos actual nuestro ser auténtico y su misión.

El Año Nuevo es la oportunidad y el motivo para vitalizar esa conciencia que actualiza nuestro pasado y nuestra mirada al futuro para situarnos en nuestro ser auténtico, presente, real. Es la ocasión también para agradecer por este tiempo vivido, con sus logros y sus desencantos; agradecer no al vacío ni a lo abstracto, sino al dador de la existencia: al Señor de la historia y de la eternidad que se hace presente en nuestro ser, en el ser de los demás, nuestros semejantes, nuestros hermanos y hermanas.

El Año Nuevo, como nos lo recuerda la historia y los saberes mítico-simbólicos, es también una buena circunstancia para abrir nuestro horizonte como personas en lo individual y colectivo. Podemos ser mejores en lo que somos y tenemos. Para ello acudo a un relato en que Dios le explica a un rabino la diferencia entre el infierno y el cielo:

En el infierno, Dios le muestra una habitación donde se encuentran alrededor de una mesa varias personas. Al centro de la mesa hay manjares exquisitos, las personas tienen sendas cucharas largas que alcanzan los recipientes de alimentos, pero no pueden llevarse éstos a la boca por la largura de los utensilios. Al no poderse alimentar, caen en el hambre y la desesperación. Luego, el Señor le muestra al rabino el cielo. Igual que en la habitación anterior, hay personas sentadas en torno a una mesa, hay manjares suculentos y las largas cucharas que cada una tiene. La diferencia es que aquí las personas se alimentan entre sí y nadie pretende alimentarse a sí misma (3).

Como se puede apreciar, la diferencia entre un lugar y otro no es sino la actitud y la mentalidad. Siendo lo que somos y teniendo lo que tenemos, podemos hacer de nuestras relaciones personales y sociales un infierno o un cielo ya en esta vida. Y vislumbrar a partir de ahí la dimensión trascendente de esas situaciones. El cambio de la mentalidad y actitud es lo que puede hacer la diferencia entre un tipo de relación y otro. Mi deseo, amable lector, lectora, es que podamos hacer de esta vida la antesala de la que vendrá después de nuestra existencia histórica. ¡Feliz Año 2025!

Referencias
1. H. Thielicke, Esencia del hombre. Ensayo de antropología cristiana, Herder, Madrid 1985, pp. 51ss. y 63ss.
2. F. Aguilar Víquez, “La paciencia como tensión entre ser y querer ser”, e-consulta, 05/dic/2024, https://acortar.link/k2uV7H.
3. Cf. I. D. Yalom, Memorias de un psiquiatra, Emecé/ Planeta, México 2020, pp. 215-216.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio