En su célebre ciclo narrativo «En busca del tiempo perdido», Proust evocó el refinado mundo de la alta sociedad francesa, desvanecido tras la primera guerra mundial

Pedro García Martín / Historia National Geographic
La saga En busca del tiempo perdido ha inmortalizado a Marcel Proust dentro de la historia de la literatura. Bajo ese título general, el autor reunió siete libros que constituyen un gran fresco histórico de la alta sociedad francesa entre la belle époque y la Gran Guerra, el mismo ambiente social en el que se desarrolló la vida del escritor.
Proust nació en 1871 en el seno de un matrimonio acomodado, pero desigual. La madre, Jeanne Weil, pertenecía a una rica familia judía, que transmitió a su hijo el amor por la literatura y el arte. El estrecho vínculo entre ambos duró toda
la vida, hasta el punto de que el escritor siempre recordaría «el beso de mamá» antes de dormir. En cambio, su padre, de orígenes campesinos pero que alcanzó en París cierto prestigio como doctor especializado en higiene pública, a los ojos de Marcel nunca pulió su tosquedad. El hijo no le perdonó que hubiese tratado de curar su homosexualidad obligándolo a ir a un prostíbulo.
Sin embargo, el futuro literato fue sobre todo hijo del asma. Esta afección lo mantuvo encarcelado durante largas temporadas en su casa, impidiéndole asistir a muchas clases cuando era un escolar. Marcel debió someterse a intervenciones dolorosas en la nariz y renunció a viajar tanto como le habría gustado. El temor a las crisis de asma hizo que de adulto solo saliera a pasear tras la puesta del sol, cuando no había tanto polvo en las calles.
Una salud frágil
Aquellas salidas nocturnas permitieron a Proust disfrutar de las tertulias, los cafés y los espectáculos. En esos círculos encontró a sus amantes. Los primeros escarceos gais los mantuvo con Jacques Bizet, el hijo del compositor, cuando iban juntos al liceo Condorcet, y después con compañeros de Derecho y Políticas de la Sorbona, en las «clases de baile» en casa de Madame Pauquet.
Proust mantuvo intensas relaciones de amistad con otros jóvenes, como el futuro embajador Robert de Billy o el hugonote Edgar Auber, del que admiraba su devoción religiosa cuando la sodomía era considerada un pecado. Frente a estos encaprichamientos, el escritor mantuvo un auténtico amorío con Lucien Daudet, hijo del escritor Alphonse Daudet. Cuando el escritor Jean Lorrain reveló en un artículo este idilio, Proust lo desafió a un duelo a pistola. Otro de sus amantes fue el taxista Alfred Agostinelli, que fue su secretario personal. Su relación más prolongada, en todo caso, fue la que mantuvo con el compositor francovenezolano Reynaldo Hahn.

Una de las hermanas de Hahn, María, estaba casada con el pintor Raimundo de Madrazo, quien reforzó el interés que Proust ya había manifestado por la pintura española, en particular las obras de El Greco y de Velázquez entre los artistas clásicos, y los diseños de Mariano Fortuny entre los pintores coetáneos.
Proust sentía una verdadera pasión por las bellas artes, que cultivaba visitando el Museo del Louvre. En sus escritos alude a más de doscientos pintores modernos (Rembrandt, Vermeer, Van Dyck…) y contemporáneos (Turner, Fantin Latour, Manet o Monet).
Su vocación íntima, sin embargo, era la literatura. Tras licenciarse en Derecho y Letras, Proust comunicó a sus padres que quería dedicarse la escritura. Sus primeros textos pasaron desapercibidos y le costaba perseverar en sus proyectos literarios; dejó sin terminar su primera novela, Jean Santeuil, que sería publicada tras su muerte.

Con el dinero de sus padres publicó Los placeres y los días, una miscelánea de poemas y relatos que no tuvo mayor repercusión. No fue hasta 1907 cuando, recluido en su apartamento del boulevard Haussmann, emprendió la llamada «novela catedral», En busca del tiempo perdido. El primer tomo apareció en 1913, en vísperas de la primera guerra mundial, lo que redujo el eco de la obra. De hecho, el público empezó a leerlo tan solo en vísperas de su muerte, en 1922.
En la gran novela de Proust aparecen los ambientes y hasta los personajes que frecuentaba el escritor en su vida real. Proust era un asiduo de los salones de la alta sociedad, como el de Madame Straus, en el boulevard Haussmann, que le inspiró la figura de la duquesa de Guermantes. Del de la princesa Mathilde, sobrina de Napoleón, frecuentado por bonapartistas, tomó los rasgos de la princesa de Parma. Y en las tertulias artísticas y literarias de Madame Lemaire concibió la figura de la señora Verdurin.

Del mismo modo, podemos seguir la geografía vital de Proust a través de sus novelas. En el primer volumen, Por el camino de Swann, se inspiró en las temporadas que pasaba de niño en Illiers, en la casa de su abuela paterna, para recrear el imaginario pueblo de Combray. En la siguiente entrega, A la sombra de las muchachas en flor, el narrador pasa el verano en el Gran Hotel de Balbec, reflejo del Gran Hotel de Cabourg, en Normandía, donde veraneaba. El París de los salones aristocráticos que tan bien conocía Proust es el protagonista de La parte de Guermantes. En Sodoma y Gomorra volvemos a paisajes marítimos como el puerto de Carquethuit y el acantilado de Les Creuniers, donde
visitamos villas de rancio abolengo. En Albertine desaparecida, el narrador viaja con su madre a Venecia, escenario ideal para reflexionar sobre el deterioro de la belleza. Y en El tiempo recobrado nos movemos en París durante los años de la Gran Guerra, donde las tertulias mundanas son una frivolidad ante la carnicería del frente.
Éxito y escándalo
La saga En busca del tiempo perdido se publicó entre 1913 y 1927. Los años felices que se habían sucedido desde la Exposición Universal de 1889 se desvanecieron ante el horror de las trincheras. El fresco que Proust pinta de aquel período, aún protagonizado por las clases acomodadas, muestra los cambios de ánimo de una sociedad que se precipitaba hacia los «años locos» de la década de 1920 sin haber aprendido la lección bélica.

En 1919, la Academia Goncourt concedió su premio a un desconocido Marcel Proust, quien ganó al escritor Roland Dorgelès, que partía como favorito por una novela sobre su experiencia en la guerra. Tras el fallo del jurado estalló el escándalo por haber preferido a un «burgués viejo y rico» por encima de un joven patriota. La figura de Proust fue objeto de discusión política. Y aunque parezca un contrasentido, mientras el conservador Le Figaro le atacaba,
la derechista L’Action française le ensalzaba, porque su líder, Léon Daudet, era hermano de un antiguo amante del escritor.
El caso es que el reconocimiento público le llegó cuando estaba muy enfermo. Para entonces se había creado en Londres el Club Marcel Proust, donde se daban conferencias y se discutía sobre su obra. Grupos de lectura similares surgieron hasta en China y Japón. Los franceses empezaron a valorarlo por la fama que había cobrado en el extranjero. Al final de sus días, encamado en su cuarto, Proust no pudo disfrutar de su éxito tardío y, como escribía en El tiempo recobrado, se conformaba con pensar que «la verdadera vida, la única vida plenamente vivida es la literatura».
Para saber más
Ensayo
Marcel Proust
Ghislain de Diesbach.
Anagrama, Barcelona, 2006.
Este artículo pertenece al número 267 de la revista Historia National Geographic.