El viaje de Trump a Windsor en busca de pompa y circunstancia fue el penúltimo paso antes de un acuerdo comercial de 35.000 millones de euros con la IA como protagonista. Una tecnología que incluso su mayor profeta, Sam Altman, empieza a sospechar que no es buena para la gente o los inversores.

Por JAVI SÁNCHEZ / Vanity Fair
Entre toda la pompa y circunstancia con la que la realeza inglesa sepultó a los Trump en su visita a Windsor –y sólo a Windsor, con Londres tomada por las protestas– hubo un aspecto que pasó un tanto desapercibido. Y no hablamos del despliegue de Kate Middleton o de la tiara de la princesa Ana de Inglaterra Sino de los invitados del sector tecnológico presentes en la noche de gala: un quién es quién de la inteligencia artificial (IA), que demuestra hasta qué punto el nuevo/viejo Silicon Valley está embebido en las estructuras de poder.
Allí estaba Jensen Huang, el CEO de Nvidia, que hoy es la mayor empresa del planeta con sus chips para IA. Satya Nadella, el responsable de una Microsoft que, además de haber sostenido a OpenAI y su ChatGPT, ha apostado todo al desarrollo (y empleo) de su propia IA. Tim Cook, Mr. Apple, que este verano prometía a inversores y analistas que su empresa tenía previstas importantes inversiones para “ganar” la carrera de la inteligencia artificial. Ruth Porat, presidenta de Alphabet, la matriz de Google, que ya no quiere ser un buscador de webs sino un motor de inteligencia artificial presente en cada aspecto de nuestras vidas, acompañada del principal encargado de realizar esa visión, Demis Hassabis, responsable de Google DeepMind.
Dicho de otro modo: los cuatro responsables de las cuatro mayores empresas del planeta, todas enfocadas hoy de un modo u otro a que la inteligencia artificial sea para el mundo lo que en sus respectivos días fueron los ordenadores personales, Internet y los móviles inteligentes. Junto a ellos, Sam Altman, el hombre que hace dos años ya tenía a cuatro millones de españoles trasteando con ChatGPT (los últimos datos del Gobierno estimaban que cerca del 42% de nuestra población ha usado alguna forma de IA) y que hoy anda asociado al hombre más rico del mundo, Larry Ellison, ausente en Windsor. O Marc Benioff, responsable de Salesforce, otro gigante entregado a la IA, que estaba en Inglaterra para firmar un contrato milmillonario. Todos bajo la atenta mirada del “criptozar” de Trump. Los reyes de Inglaterra, los príncipes de Gales, el despliegue de nobleza y boato, eran la guinda en uno de los mayores despliegues empresariales entre el Reino Unido y Estados Unidos, valorado en más de 35.000 millones de euros, y centrado en un único aspecto: la IA, sus infraestructuras y servicios.
Todos esos gigantes tecnológicos, además de otros como el fundador de Meta Mark Zuckerberg, el CEO de Amazon Andy Jassy y el propio Ellison habían estado en una cena en la Casa Blanca a principios de septiembre en una alianza que Katie Drummond, la directora global de Wired, ha denominado “el cortocircuito de la democracia”. Elon Musk, alejado hoy de su examigo Trump pero con grandes intereses propios en la IA desde su separación de Sam Altman, fue el único gran CEO ausente de la ceremonia.
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El resto de Europa, incluyendo España (que tiene comprometidos varios centros de datos e inversiones por valor de 2.000 millones de euros para el desarrollo de la tecnología) también están en la carrera para no quedar descolgados de una tecnología de la que todavía no están muy claros sus beneficios generales. Un reciente informe del MIT señalaba que el 95% de las empresas que estaban apostando por la IA no estaban obteniendo los retornos esperados. Los inversores muestran señales desde este verano de algo llamado “fatiga de IA” –producida al no cumplirse las promesas ni los beneficios esperados– y el mayor gurú del mundo de esta tecnología, Sam Altman, no ha contribuido precisamente a mantener la calma.
“Si te fijas en la mayor parte de las burbujas [económicas], como la tecnológica [la burbuja puntocom] siempre hay algo real ahí”, aseveraba Altman a The Verge a principios de agosto. “La tecnología era de verdad importante. Internet era algo muy importante. La gente se sobreexcitó”, explicaba el líder de OpenAI, reconociendo que lo que hay alrededor de la IA es, posiblemente, una burbuja. El 4 de septiembre, horas antes de la cena en la Casa Blanca, su empresa publicaba un estudio en el que reconocía que las “alucinaciones” –esas cosas que se inventan las inteligencias artificiales actuales, desde la búsqueda de Google hasta ChatGPT– no eran un fallo de diseño, sino “una inevitabilidad matemática”. El 14 de septiembre, Altman daba por buena en parte la teoría de «la Internet muerta», donde las inteligencias artificiales producen contenido incesante de calidad como mínimo cuestionable, sepultando la Internet humana en un vertido de basura binaria.
¿Los únicos beneficiados del estado actual de la IA? Los timadores, los desinformadores, los Gobiernos y actores que ven en la IA la herramienta perfecta de desinformación: barata, ubicua, cada vez más indistinguible de lo real. Uno de los últimos informes del verificador Iberifier señalaba estos y más problemas: «injerencias electorales», “falsas polémicas políticas”, y un largo etcétera donde el ciudadano es el menos beneficiado de este avance tecnológico. Cuando Trump promueve la inteligencia artificial y se rodea de los mandamases de una burbuja en ciernes, ha llevado a muchos observadores del panorama tecnológico a preguntarse lo mismo que Drummond: “¿Qué demonios ha pasado en Silicon Valley? (…) La única pregunta ahora es si esta apuesta [de los CEO] para apaciguar a Trump es sólo una táctica empresarial, o si implica un giro ideológico mucho más siniestro”. Iluminado, eso sí, por el brillo de las tiaras y las joyas en Windsor. Y en el resto de centros de poder, rendidos al hechizo de esa tecnología que supuestamente, algún día, mañana, en cinco años –el plazo favorito de los empresarios tecnológicos cuando hay dinero y promesas por cumplir en juego: cinco años. Como en la URSS– lo va a cambiar todo para bien. Pero para bien de quién.